viernes, 13 de mayo de 2016

Tres estampas del barrio (con una coda)




Vas a la frutería a aprovisionarte de naranjas para los próximos días. Y te encuentras con un río de carretas, ya presagiado por los cánticos escuchados nada más pisar el patio, camino del zaguán. Vas a por fruta para mañana y te encuentras estos restos de ayer, o de hace siglos, mondas del tiempo. El buey que mete la testuz bajo los ejes, ¿es de hoy o de otro mayo, de 1654 por ejemplo? No les dejan pasar este año el Quema, desbordado por las lluvias. Tú tienes que vadear como puedes esta corriente de sombreros de ala ancha y zahones, de vestidos de flamenca. Aún no se ve el simpecado.

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En la frutería, la que despacha saluda a una que llega tras de mí. Parece que la visitante está al tanto de la vida y milagros de la que ralentiza mi atención y tarda más por kilo, más segundos por naranja. Le muestra los zapatos de deporte que se compró ayer, no sin advertirle que ya les ha cambiado los cordones. La otra, para no quedar atrás como presumida se saca el teléfono móvil y le enseña, no sé a cuenta de qué, una de las fotografías almacenadas y, gorda por lo ufana más que por el peso, le dice mira la cinturita que yo tenía. Me fijo en el calibre de las alcachofas, estupendas. En los esbeltos espárragos que  a su vez miran, con ligera torsión de la cabeza, el techo del establecimiento. Cuando salgo con mis bolsas, aún están ponderando lo juncal de la oronda, y no responden a mi hasta luego. El viejo que pasa las mañanas sentado en el banco dando cuenta de los periódicos deportivos del hermano de la frutera, solidarizándose conmigo, profiere con la boca desdentada adió, sin levantar la vista de la crónica de un entrenamiento y sin saber que he dejado con toda su orfandad en el quiosco el diario balompédico que acompañaba al que he comprado.

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Volviendo a casa, al alcanzar el Postigo, me doy cuenta de que hay más clientes de lo habitual ante la churrería. Estas cosas ocurren: se anuncia que va a echar el cierre y la gente viene a llevarse los últimos churros, como tras un naufragio la playa se llena de buscadores de despojos. A unos metros, lo que fue restaurante francés, que traía borgoña y burdeos, abre ahora como abstemio restaurante halal, según anuncian la caligrafía árabe y el alfabeto latino. Insensible al curso de las cosas y los rostros de la decadencia, la pared que cierra el establecimiento, en su fondo, tal vez se alegre, como resto de la muralla almohade que es.

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(Al regresar a casa, la calle que recorrieron los romeros se ha adelantado a la descarga de la borrasca: está mojada antes de que las nubes se abran en chaparrón –¡ahora empieza!–, con un baldeo que se ha llevado, siguiendo a Heráclito, los orines y los excrementos de las bestias)

3 comentarios:

Ignacio Martinez Rojas dijo...

No suelo hacer comentarios sobre el blog pero el de hoy está tan bien escrito que solo puedo quitarme el sombrero ante su autort. ¡Enhorabuena!

Ignacio Martinez Rojas dijo...

Me quito el sombrero figurado ante la maestría narrativa y la fina ironía cernudiana del señor bloguero.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Ignacio. La realidad, que se me pone por delante.