sábado, 18 de junio de 2016

Luis Cernuda, traductor





Son numerosos los poetas que como vía paralela a la creación de su obra propia traducen poemas ajenos, casi siempre por afinidad, por gusto, por hallar una cierta forma de completarse en una alteridad que hacen propia al tiempo que se enajenan convirtiéndose en voz de otros. No era tan frecuente esto, sin embargo, hace seis o siete décadas. El caso de Luis Cernuda es especial porque destaca entre los miembros de su generación, la del 27, como un poeta que traduce, al igual que también fue un poeta que hizo crítica (por crítica me refiero al juicio sosegado, no al presuroso despacho de recensiones de compromiso o faenas para ganarse unas perras en algún periódico o suplemento), pero no fue un caso aislado. Fueron varios los compañeros suyos que vertieron a otros poetas, es cierto; señaladamente, Manuel Altolaguirre, quien junto con su mujer Concha Méndez llegó a fundar la espléndida revista 1616 (fasto fúnebre de Shakespeare y Cervantes, como este año vamos a oír hasta la saciedad), que unía lo mejor de la poesía inglesa y la española; pero también Jorge Guillén, por ejemplo, fue reuniendo versiones de poetas universales en Homenaje. Alonso, Alberti, Prados, también vertieron a otros poetas. Una amplia muestra de las traducciones del 27 fue publicada por la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia a cargo de Francisco Javier Díaz de Revenga.
            Con todo, Cernuda es relevante porque él fue quizá el mejor poeta romántico español, con todos los matices que se quiera, más de un siglo después del apogeo del romanticismo, como supo ver Philip Silver. Y porque podemos rastrear la huella de los autores traducidos en su propia obra poética, que, no es ningún secreto, acaso sea la más alta de su generación y, desde luego –en esto no cabe discusión– la más vigente.
De familia francesa por parte de madre, Cernuda leyó en la lengua de esa parte de sus antepasados, los Bidou –o Bidón, como se naturalizó el apellido en España–, y cuando terminó sus estudios y abandonó Sevilla fue lector de Español en Toulouse. Pese a ello, y al margen de seis poemas de Paul Éluard aparecidos en la revista malagueña Litoral en 1929 (encargo de ese casi borrado José María Hinojosa), su primera tentativa como traductor fue de una lengua de la que apenas tenía conocimiento: el alemán. En colaboración con Hans Gebser, con quien tomó clases, emprendió la traducción de una selección de poemas de Hölderlin. Y esta fue la puerta por la que entró en el mejor romanticismo europeo, luego acrecentado con su lectura de Leopardi y el trato y la traducción, con y de, algunos románticos ingleses.
Publicado en Cruz y Raya, su Hölderlin es de 1935, el año en que Cernuda, tras ser más o menos neoclásico y simbolista en Perfil del aire y  Égloga, Elegía y Oda, tras recalar en el surrealismo de Los placeres prohibidos y el romanticismo en ciernes de Donde habite el olvido (título que coloca al amparo de Bécquer), compone Invocaciones, que será su último libro escrito íntegramente en España antes de los dos primeros de su período británico, cumbre de su poesía: Las nubes y Como quien espera el alba. En “Canción al destino de Hiperión” hallamos alguna torpeza expresiva, como “Mas no es dado a nosotros” (en vez de “Mas no nos es dado”), pero los aciertos son notables (sin duda, Gebser proporcionaba una primera traducción más o menos literal y Cernuda le daba el toque poético, el acabado).
“Mi conocimiento de la lengua alemana era menos que elemental”, confiesa, y lo da a entender una vez más cuando dice en el mismo Historial de un libro: “Al ir descubriendo, palabra por palabra, el texto de Hölderlin, la hondura y hermosura poética del mismo parecían levantarse hasta lo más alto que pueda ofrecernos la poesía.” Hay además, poemas de Hölderlin que se vinculan a otros suyos. “Tierra Nativa” es como presentimiento de su propio destino de exiliado, y exactamente el título del cernudiano “Tierra nativa” (escrito en 1941 e incluido en Como quien espera el alba). Pero es más, su eco alcanza a esa composición acerbísima, “A sus paisanos”. Invierto aquí el orden; primero, la estrofa con el final del poema de Cernuda, luego la del comienzo del de Hölderlin en traducción de aquel:

Si queréis

Que ame todavía, devolvedme

Al tiempo del amor. ¿Os es posible?

Imposible como aplacar ese fantasma que de mí evocasteis.


Benignas riberas, vosotras por quienes fui formado,
¿podéis calmar las penas del amor? ¡Ay!
¿O devolverme vosotros, bosques de mi infancia
cuando retorne, mi tranquilidad nuevamente?


“Aplauso de los hombres”, del de Tubinga, es prácticamente el mismo título de su “Aplauso humano” (del mismo libro y fechado en 1942). En ambos poemas se trata del poeta enfrentado al mundo, que es uno de los temas recurrentes del sevillano. Estas palabras del traducido  suenan con un dejo personal de labios del traductor: “Gusta la multitud lo que el mercado precia / Y sólo al violento honra el criado”, y particularmente anuncian la tercera estrofa del poema de Cernuda: “La consideración humana tú nunca la buscaste, / Aún menos cuando fuera su precio una mentira, / como bufón sombrío traicionando tu alma / A cambio de un cumplido con oficial benevolencia.” Por su parte, “Fantasía del atardecer” recuerda poderosamente a “Primavera vieja”. Las estrofas 4 y 5 concuerdan particularmente con el poema de Cernuda:

Por el cielo crepuscular la primavera abre;
Rosas innúmeras florecen; quieto semeja
El mundo áureo. Oh, llevadme hacia allá
Púrpuras nubes, y que allá arriba

En aire y luz se aneguen mi amor y sufrimiento.
Pero como ahuyentado por inútil pregunta
El encanto se va. La noche cae. Y solitario
Bajo el cielo, como siempre, estoy yo.

Finalmente, “El cementerio” tiene su correlato en sendos poemas de Las nubes y de Como quien espera el alba: respectivamente, “Cementerio en la ciudad” y el bellísimo “Elegía anticipada”. Por otra parte, entre las traducciones  de Hölderlin que Cernuda dejó inconclusas, está “El Águila”, título que se corresponde con el poema de Cernuda que abre Como quien espera el alba. Ambos textos tienen como referente la Grecia clásica, con su mitología, sus dioses. El de Cernuda trata del amor de Zeus por Ganimedes (sobre le cual Hölderlin escribió –una coincidencia más– otro poema).
Luego, al comienzo de su estanca en Gran Bretaña, Cernuda elige traducir con su amigo Stanley Richardson dos sonetos de William Wordsworth, que entre la gran obra del coautor de Baladas líricas son elegidos porque tienen algo que ver con España, que en esos momentos está ya en su tercer año de Guerra Civil: “El roble de Guernica” y “Cólera de un español altanero” (Hora de España, 1938). También traducirá poemas de William Blake (“El niño negro”), John Keats (“Oda al otoño”) y William Butler Yeats (“Ephemera”) en la revista mexicana Romance (1940). Igualmente traducirá a Andrew Marvell (“La definición de amor”), Robert Browning (“Una Toccata de Galuppi”) y, también Yeats, (“Bizancio”), que incluirá en Poesía y Literatura. Inéditas en vida de Cernuda, son traducciones de Gérard de Nerval, Hölderlin, William Blake, y un poema anónimo inglés del siglo XVI. Entre los poemas blakeanos, hay uno que guarda un verso con el que sin duda se sintió identificado, dado su carácter que muchos hemos calificado de difícil: “Si altanero me envidian; si débil, me desprecian.” Hizo también algunas otras traducciones de las que tal vez no quedara satisfecho, porque no han llegado hasta nosotros. Así, en 1940 escribe desde Glasgow a Concha Méndez y Manuel Altolaguirre que tiene traducida la Defensa de la poesía, de Shelley, y El matrimonio del cielo y el infierno, de Blake. También les decía a sus amigos en esa carta que había pensado traducir algunas de las hermosas cartas de Keats, aunque aún no lo había hecho. Algunos párrafos los vertió, no obstante, en Pensamiento poético en la lírica inglesa. Siglo XIX. Defensa de la poesía se lo ofreció a Bergamín, quien aceptó publicarla en su editorial Séneca, pero nunca más se supo. Por cierto, que Bergamín sí recuperó en su editorial las traducciones de Hölderlin en 1942, para indignación de Cernuda, que se las tuvo que ver con los hechos consumados sin posibilidad de corregir algunos fallos que había detectado.
Luego en la segunda mitad de 1946 traduce Troilo y Crésida, de Shakespeare. Al hispanista Edward M. Wilson le hizo numerosas consultas. En reconocimiento a Wilson, Cernuda le dedicó la publicación malograda del primer acto en la revista mexicana El Hijo Pródigo, dirigida por Octavio Paz. Pero la revista dejó de publicarse, y la traducción no apareció hasta ver la luz, completa (pues Cernuda siguió trabajando en ella durante su estancia norteamericana), en Ínsula, en 1953. En Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda “inglés”, escribí: "No podemos sino especular por qué eligió esta obra, pues el poeta no declara en parte alguna los motivos, pero el caso es que efectivamente la obra es amarga en lo amoroso y tiene como telón de fondo una guerra interminable en la que pueden verse concomitancias con la civil española o la recién terminada contienda mundial, o la suma de ambas, que Cernuda padeció primero en España y luego en el Reino Unido bajo los raids de la aviación alemana". 
En el prólogo a su traducción, Cernuda expresó cuál había sido su voluntad: “En la traducción he pretendido, ante todo, fidelidad al texto original, combinadas literalidad y equivalencia, tratando de que el lenguaje no choque al lector o auditor por una modernidad extemporánea.” También manifestó que “pocas veces, excepto en mi traducción de Troilus and Cressida, de Shakespeare, he trabajado con fervor y placer igual”.
Un día otro hispanista, Charles David Ley habló en la BBC sobre poesía española, y se ocupó de Cernuda, Panero, Ridruejo, Montesinos y otros, y al poco recibió sendas cartas de un poeta que escribía en español y deseaba publicar en alguna revista española y de un conocido poeta inglés que había estrenado un poema dramático en Londres y París (confieso que no he podido averiguar quién era) y deseaba verlo representado en nuestra lengua. Habiendo preguntado Ley a Cernuda si estaría dispuesto a hacer la traducción, el sevillano contestó con suficiencia característica que él sólo traducía a Hölderlin y a Shakespeare, y añadió: “Además estas dos cartas que recibe usted son típicas de la gente de este país; no le importa nada las cosas interesantes que usted dice de la poesía española, pero en cambio, un don nadie quiere verse traducido en español.”
También tradujo Cernuda el primer acto de Romeo y Julieta. Lo comenzó en 1948, pero quedó inédito. Lo que nos ha llegado es muy buen trabajo, cosa que él no siempre pudo o quiso decir del de otros. En algunas ocasiones Cernuda emitió opiniones sobre otras traducciones de Shakespeare. Así tilda de ridícula la versión de Hamlet a cargo de Salvador de Madariaga (con quien tuvo buena relación y mantuvo una valiosa correspondencia), o con gran expresividad censura a León Felipe: “extraña que eligiese a Shakespeare, el máximo artífice del lenguaje, que haya probablemente existido en cualquiera de las lenguas modernas, para traducirlo o adaptarlo. Al leer las traducciones o adaptaciones que de Shakespeare hace León Felipe, nuestra sorpresa dolorosa acaso sea igual a la de Don Quijote al ver transformada a Dulcinea en labradora manchega”.           
Entre los papeles póstumos de Cernuda se encontró un texto introductorio que explica su labor al traducir Troilo y Crésida: “El diálogo alterna prosa y verso, éste sin rima excepto al final de algunos parlamentos, donde aparecen uno o más pareados, cuyo consonante he sustituido por asonante. La ausencia casi general de la rima ha permitido mayor fidelidad a la expresión original, que en una traducción poética estimo como más importante.” En cuanto al tipo de verso, a su métrica: “He usado un verso de medida variable, por lo general entre el endecasílabo y el alejandrino, que trata de sustituir a su manera el tono y el acento dominantes del verso original. Es más que probable que no lo haya conseguido. Pero sí creo evidente en mi traducción el amor y la reverencia que me animaron y sostuvieron para llevarla a cabo.” También entre los papeles póstumos había una nota introductoria de Romeo y Julieta: “El verso se ha traducido como verso y la prosa como prosa; cada verso dice, o trata de decir, lo mismo que el verso correspondiente de Shakespeare. Para eso el traductor ha creído necesario adoptar un verso de arte mayor de medida variable, y no exclusivamente el endecasílabo que correspondería en la métrica castellana al “blank verse” inglés.”
Y un poco más adelante: “Los juegos de palabras se han traducido tratando de buscarles equivalentes en castellano, sin pretender explicarlos por medio de notas, en las cuales el lector, a menos que conozca el inglés (en cuyo caso no necesita que le ofrezca traducción), no halla, ni comprende, el rasgo de ingenio o de humor original.”
No siempre in embargo empleó ese verso flexible, que suele oscilar entre endecasílabos y alejandrinos y que permite no dejar fuera contenido léxico del original. Al traducir los tetrámetros yámbicos de Marvell emplea uniformemente el eneasílabo.
Pero sería faltar a la verdad ocultar que Cernuda hizo también traducciones para hacerse con algo de dinero. No ganó mucho ni se sintió a gusto realizando este trabajo. En una carta a Derek Harris, fechada justamente la víspera de su muerte, escribió: “Yo no acepto y reconozco como traducciones hechas por mí sino las dos que menciono, que el amor y la admiración me llevaron a realizar. Esas otras traducciones las llevé a cabo por necesidad de ganarme algún dinero (poco, dadas las costumbres groseras y salvajes de los editores españoles), sin que yo eligiese obras ni autores a traducir, sino la estupidez ignorante de los editores. Por eso no quiero que se mencionen."
Fueron estos libros alimentarios, Molière, de Ramón Fernández (Madrid, La Nave, 1932), Teatro de Clara Gazul y La familia de Carvajal, 3 tomos, de Próspero Mérimée (Madrid, Espasa Calpe, 1933), Pablo y Virginia, de Bernardino de Saint-Pierre (Madrid, Espasa-Calpe, 1933), La prodigiosa vida de Honorato de Balzac, de René Benjamin (Madrid, La Nave, 1934), y Goethe y Beethoven, de Romain Rolland (Madrid, La Nave, 1934). Es probable que también le disgustara que saliera a la luz, en particular la de Benjamin, que apoyó al bando nacional en la Guerra Civil y que, miembro de L’Action Française, más tarde fue acusado de colaboracionismo en la Francia que emergió de la II Guerra Mundial, por lo que fue obligado a abandonar la Academia Goncourt. Aunque Benjamin no aparece mencionado en ningún momento de la obra de Cernuda, suponemos que este estaría al tanto de sus vicisitudes. Fue también autor de un libro, Gaspar. Los soldados de la guerra, con el que obtuvo el Goncourt en 1915 y que tradujo nada menos que otro insigne, Manuel Azaña (Calpe, 1921).
Ya antes, en carta de 31 de octubre de 1928 había hablado Cernuda de unas traducciones que iba a hacer y cuyo cobro le permitirían a la vuelta de Toulouse no tocar el dinero que tenía ahorrado. No sabemos cuáles serían estas traducciones. Sí sabemos por otra parte que en 1936 tradujo el Ubu Rey de Jarry para su representación a cargo de María Teresa León (no se conserva el texto de la traducción y la obra no llegó a montarse), y que en 1926 había pensado hacer lo propio con Une saison en enfer, de Rimbaud, así como que cinco años después tradujo La historia del soldado, de Stravinski, para una representación con muñecos que montó la Sociedad de Cursos y Conferencias de la Residencia de Estudiantes bajo la dirección de Daniel Vázquez Díaz y con la participación de Rivas Cheriff y José Caballero, pero estas traducciones hay que enmarcarlas en el grupo de las hechas por motivos literarios y no para ganarse la vida o vivir más holgadamente.
Pero volvamos, para acabar, a esas traducciones que hizo por gusto. Por ejemplo, la “Oda al otoño”, de Keats, en general traducida en alejandrinos salvo dos versos de la segunda estrofa: “Aquel que en torno mira hallarte suele / Sentado con descuido en los graneros.” Keats murió el 23 de febrero de 1821. El último verso de la oda dice “o trinan por el cielo bandos de golondrinas”.  Esos bandos (“and gathering swallows twitter in the skies”) van a posarse a “Primavera vieja”. Cernuda retuitea el verso de Keats y lo hace gorjeo propio, más que como gorrión como urraca que hurta, como cuco que se apodera del nido. “El cielo harán más vasto con su queja / bandos de golondrinas”, escribe en uno de sus más bellos poemas. Un poeta que siempre ha sentido admiración por Keats y por Cernuda, Andrés Trapiello, acoge en un poema de El mismo libro a esas aves con los que se va este artículo de versos migratorios, es decir traducidos de la latitud de una lengua a la de otra.:

De agitación y sombras
llenaron el crepúsculo los grandes
bandos de golondrinas
que ensayan la partida.




(Publicado en el nº 122 de Clarín)




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