miércoles, 7 de septiembre de 2016

El Shakespeare de Bryson





Va, aparentemente, en su contra el no venir firmada por un académico ilustre. Pero Bill Bryson es ameno, divertido cuando hay que serlo, y sagaz. De las biografías de Shakespeare publicadas en España es una de las más recomendables, aunque apareció hace ya algunos años y me temo que quizá esté agotada (pero esto es cosa de comprobarlo por el interesado, que igual se lleva una feliz sorpresa).
     A menudo semeja un gran reportaje periodístico, por el tratamiento ligero que no impide el rigor, y se beneficia de algunas entrevistas con expertos como Stanley Wells o las curadoras de la Biblioteca Folger, en Washington, que es donde se conservan más ejemplares del Primer Folio con las obras del Bardo que en ningún otro lugar del mundo. Y no cae en el sensacionalismo de arropar a ninguna de las teorías, algunas claramente lunáticas, que abogan por ese prurito de contradicción extremo: que Shakespeare no fue Shakespeare (o al menos, no el autor de las obras por las que lo conocemos).
     La extensa biografía de Peter Ackroyd es más detallada y quizá inigualable en lo que concierne a la historia de Londres; otros libros recientes son también buenas introducciones. Pero la virtud de esta de Bryson es paralela a la del público de las obras de Shakespeare en vida de este: una audiencia variada e incluso vulgar que no necesariamente ha de ser cortesana, vale decir universitaria. La traducción del argentino Andrés Ehrenhaus, quien también ha vertido la poesía de Shakespeare, es fluida y se lee con agrado; las citas en verso, sin embargo, son otro cantar: traducirlo con rima como él hace es un tour de force, del que no siempre se puede salir indemne.