martes, 4 de octubre de 2016

El club de los poetas vivos



La revista LaMuy, la estupenda y nueva publicación sevillana, me pidió para su anterior número un panorama de la poesía hispanese actual. Salió esto:


EL CLUB DE LOS POETAS VIVOS


El género lírico se asocia en música a lo operístico, y Sevilla ha sido declarada, como recuerdan unas placas conmemorativas, Ciudad de Ópera, pues son muchas las que aquí se ambientan. Pero en otras obras, opera en latín, también destaca la capital hispalense, y aún su provincia, sin tener que salir del género lírico: en la poesía. Generaciones sucesivas de poetas se han ido pasando el testigo de una tradición muy rica que, por resumir en tres hitos, habría que ejemplificar en la época de Herrera, la de Bécquer y la de la generación del 27, con el precedente del ultraísmo. No agotan esos momentos cumbre el esplendor poético de la ciudad a la que Juan Ramón Jiménez llamó “capital de la poesía”: aunque la abandonaran, ahí están Manuel y Antonio Machado. Y aún brillan, constelación dispersa, los componentes del club de los poetas vivos; más que club, legión.
            A finales del pasado mes de mayo, Julia Uceda recibía la medalla de la ciudad en una ceremonia organizada con motivo de la festividad de san Fernando, ese rey padre del poeta Alfonso X el Sabio que reconquistó Sevilla para las letras occidentales y a partir del cual aquí la poesía ya no se conduce del revés, como en Inglaterra el coche, pasadas las glorias de Almutamid. Premio Nacional de Poesía por En el viento, hacia el mar, Uceda (1925) es la decana de la lírica sevillana y como otros dos veteranos, Manuel Mantero (1930) y Aquilino Duque (1931), también premios nacionales, ha conocido las universidades norteamericanas (los dos primeros como docentes, el segundo como alumno). Hoy reside en El Ferrol. Del Caudillo, se apresuraría a añadir Duque, que lo hace en Bormujos entre volúmenes de los que de vez en cuando asoma una carta de Aleixandre o de Guillén. En ese otro Sur transoceánico y antaño confederado vive Mantero en Georgia, más Dixieland que solar del flamenco. A su amiga Julia le dedicó estos versos evocativos de aquellos años de la emigración: “Usábamos un mismo / pañuelo, / lo compartíamos / y nos servía de bandera en la batalla, / de venda en las heridas y los ojos, / de aljofifa en los sueños escupidos.”
            Nuevayorqueando estuvo, de estudiante de posgrado, Juan Carlos Marset, que está a punto de sacar libro y junto al hospital de los Venerables dirige la exquisita revista Sibila, con un guiño a todo color en la cubierta y en papel amalfitano en la tripa al nombre de la ciudad. Fue en su etapa de delegado de Cultura cuando se impulsó el proyecto de la Casa de los Poetas, que estuvo a punto de malograrse por los desvaríos políticos aunque, bajo la entusiasta dirección inversamente espectral (poeta vivo en una casa fantasma) de Francisco José Cruz, agavilló en su comité asesor lo mejor de la poesía hispanoamericana. Cruz, también poeta, pilota desde hace treinta años en Carmona un buque que surca anualmente el Atlántico: Palimpsesto. Bronxeándose al sol de la Gran Manzana estuvo también un año el editor, librero y poeta Abelardo Linares, que adquirió la librería de Eliseo Torres y se trajo al Viejo Mundo, a Hispalis, el simbólico millón de libros que ha ido vendiendo desde unas naves industriales, que no galeones de Indias, muy cerca del Guadalquivir, en Valencina de la Concepción. Si todo culmina como es debido, su extraordinaria biblioteca personal cuajada de primeras ediciones y ejemplares dedicados por los mejores se incorporará, acuerdo con el Ayuntamiento mediante, a la Casa de los Poetas (ahora con el estrambote “y las Letras”), dirigida actualmente por José Daniel M. Serrallé, raro y cordial poeta que ha domado a su ego y no se apresura a publicar y prefiere vivir. No es mal sitio el Espacio Santa Clara, con oficina a pie de claustro y el vuelo circular de las golondrinas como una rima inacabable sobre los peatones mirlos y su otro idioma o uso prosódico. Aquellas cantan en octosílabos de romance; estos, en endecasílabo que a veces se alarga –oídlo– hasta el alejandrino.
            De Linares, los letraheridos aún echan de menos su establecimiento de Mateos Gago antes de que, como el Perú, la calle se jodiera por la mala masa del turismo, esa pandemia con cuyas migajas parece conformarse una urbe que no termina de encontrar otro motor económico en la que, como en su “Postal” fechada en 1972, todo se adultera para adular al visitante “por callejones en los que hasta los gatos / simulan ser de los tiempos del rey Pedro.” En Valencina, y antiguo empleado de Linares, labora Abel Feu, que se quitó de la poesía pero sigue editando en Los Papeles del Sitio libros exquisitos. A su cuidado tipográfico comenzó La Isla de Siltolá, la pujantísima editorial que está publicando a muchos de los poetas jóvenes. Javier Sánchez Menéndez, su responsable, usa tanto la metáfora como la metralleta, pues el tableteo de sílabas no cesa y la colección más nutrida está a punto de alcanzar, canana cantarina, los cien títulos. Además, ha abierto librería especializada en el barrio de San Bernardo, del que es vate natal Víctor Jiménez, quien ha dedicado versos sentidos a esas calles. Jiménez dirige la colección Ángaro, de tanta solera como el aún activo grupo Noches del Baratillo, y suele publicar en Renacimiento, donde también lo hace otro miembro de su generación, Juan Lamillar, quien ofrecía hace poco una selección de su obra en la antología Entretiempo.
            Lamillar forma parte del consejo asesor de una colección que mantiene un excelente nivel, Vandalia, de la Fundación José Manuel Lara. Dirigida por Jacobo Cortines (quien esta primavera ha reunido en ella su poesía hasta la fecha) es sello que presta atención especial a los poetas andaluces y que desde hace más de un lustro convoca unos Encuentros en Vandalia en donde comparecen las principales voces no solo de la región sino también del resto de España. El último encuentro estuvo dedicado a la poesía escrita por mujeres, y ahí que se llegó cruzando desde Triana Carmen Camacho, una de las jóvenes que empieza a adquirir mayor proyección. En Vandalia, además, ven la luz los libros ganadores del Premio Hermanos Machado. Lo han ganado María Sanz, el cubano asentado entre nosotros José Pérez Olivares y un puro oxímoron de apellido común y nombre de pila inusual: el docto doctor Lutgardo García. Este ha sabido como un diestro capear el riesgo de encasillarse, pues ha sido pregonero de la Semana Santa pero avanza con pulso seguro en el camino de una poesía cada vez mejor. No podría aquí, citando al toro de la tauromaquia, con el peligro que esto tiene, olvidar en este paseíllo a otro de los más destacados poetas de la hora, José María Jurado, autor de Plaza de Toros pero también de bestias más delicadas y suaves como Gusanos de seda, donde aparece una de las mejores composiciones recientes sobre la ciudad, “Águilas, 14”, otro pregón íntimo y cernudiano a la urbe antigua: “Este solar, / que alguna vez fue huerta, cuadra, / horno de pan, taller de alfarería, / vio desfilar las águilas de Roma / y ya llevaba mil años habitado.”
            El caserío viejo alberga al maestro de promesas cumplidas Miguel Florián, al arquitecto de estrofas Francisco Barrionuevo, al extravagante e injustamente olvidado Julio Caro Romero, al desengañado y últimamente aforista Javier Salvago, o a Emilio Durán, sobrevenido compañero de invidencias de Homero y Borges con un bastón blanco como un renglón mudo que quizá sea una forma de coquetería, pues milagrosamente no deja de distinguir la belleza de las mujeres con las que se tropieza. Pero no se agota en el centro el verso: anáforas o epíforas, hay muchos que habitan en barrios del extrarradio: José Julio Cabanillas y José Antonio Ramírez Lozano en Los Remedios, Rosa Díaz por donde ejerce su imperio El Altozano, José Antonio Moreno Jurado en Montequinto. Ni en la capital acaba la poesía sevillana: en Alcalá de Guadaira reside Enrique Baltanás; en Cañada del Rosal, Rafael Adolfo Téllez; en Coria del Río, Víctor Domínguez Calvo; en Mairena del Aljarafe, intermitentemente, Juan Bonilla y su compañera, mujer o whatever Yolanda Morató (que ha dejado de ser poeta inédita hace unos meses).
            Como Bonilla, son varios los poetas que compaginan diversos géneros: Braulio Ortiz Poole, Jesús Cotta, Eduardo Jordá… Y algunos comparten el lazo conyugal, esa otra expresión de la sinalefa: Daniel García Florindo y Rocío Hernández Triano. Pareja solamente literaria es la de Agustín María García López y David González Lobo, editores de la revista digital Tinta China. Vínculos con lo trascendente tienen los poetas salidos del entorno de la revista Númenor, como Jesús Beades y Pablo Moreno Prieto. Con lo más vanguardista, los que han ido publicando en El Cangrejo Pistolero, creado por Antonio García Villarán, ideador asimismo del festival ya desaparecido Perfopoesía. Otras colecciones de poesía son la esmeradísima Point de Lunettes, regida por Manuel García, o la de textos griegos vinculada a ella Romiosyne, cuyo Odiseo es el traductor Juan José Tejero. Iván Vergara, que vivía a pocas cuadras del Estadio Azteca, es el alma del Festival Chilango Andaluz, que tiene un hemistiquio en Sevilla y en otro en México.
            La poesía, rama imaginativa de la óptica, tiene más que ver con una manera de mirar que con la mera acumulación, como cascotes, de palabras. El tópico quiere que Sevilla, ciudad de luz y escenarios maravillosos, propicie la escritura. Pero también la introspección constituye otra forma de observar, y en esa intimidad se puede adentrar el poeta en un ámbito sombrío o desabrido. Que se lo digan, si no, al autor de La realidad y el deseo (ya de baja en este club, aunque socio de honor sin duda). Afortunadamente, la poesía que se escribe por los sevillanos de nación o los que han hecho propia la ciudad es varia y –porque el poeta es un menesteroso, no un hacendado– ajena a los monocultivos latifundistas. Como en toda España, la poesía es plural y está muy viva, con el único problema de que el número de lectores es inferior al de quienes la practican.
            Versificadores o destructores del verso, hay más. En cuanto a los poetas sería imposible, y puede que injusto, nombrar hasta el último céntimo con la exhaustividad de los contables. Pero, uf, hay que tener nervios de acero o alma de acerico para levantar un inventario como este, pues son inevitables las ausencias y en las papelerías donde compran los poetas enrabietados no venden estilográficas, sino agujas de vudú. Pero esto es ya cosa de zombis, y habíamos quedado en retratar no un friso de muertos vivientes sino, aquí está, el club de los poetas vivos.











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