sábado, 29 de octubre de 2016

Habla, memoria





La historia no es solo la que puebla con fechas y fichas bibliográficas los manuales, las enciclopedias, los salones de las Academias con su venerable mobiliario. Hay otra también, la de las gentes corrientes (que suelen ser las molientes), la de la vida diaria y sus afanes, la que se confunde no con batallas y derrocamientos, sino con programas de la televisión seguidos por la infancia, con los tebeos, con la canción y las coplas, con un golazo que se queda para siempre en la red de la memoria, con la llegada de la Luna al hombre. De todo eso habla Alberto de Frutos en Historia a pie de calle, fijándose en episodios (algunos de los cuales duran varios años) que están ya ligados a nuestras vidas, a nuestros recuerdos. Y lo hace como un joven e insolente Joyce le dijo a Yeats que hay que escribir: no con generalidades, que es la materia prima del hombre de letras, sino con detalles, que es con lo que trabaja el poeta. Frutos lo es (ganó el Premio Blas de Otero), y se nota. El libro está excelentemente escrito, y derrocha aun en los asuntos más graves sentido del humor, como cuando en el pie de foto de una imagen de niños menesterosos en los años del hambre apunta: "El círculo vicioso del hambre: los mostradores de Auxilio Social eran tan altos, que había que ser un gigante para poder llevarse un bocado a la boca; pero para crecer era necesario comer más, mucho más, y eso era imposible."