miércoles, 16 de noviembre de 2016

Formas del agua







FORMAS DEL AGUA. LA POESÍA DE JOSEP M. RODRÍGUEZ

Despacharé enseguida el asunto inevitable de la intromisión personal, que tan parecido es al agua –un pintor de brocha gorda me decía la otra tarde que el agua no tiene huesos, para indicar que siempre se cuela por cualquier rendija–, y diré que cuando empezaba a preparar el lanzamiento de la revista Estación Poesía tuve muy claro desde el inicio que Josep (a quien desconocía en lo personal, aunque estaba familiarizado con su obra) tenía que aparecer en el primer número. Ello, por razones que trataré de exponer a continuación.
            Las características de su poesía podríamos fijarlas provisionalmente en hondura metafísica, cuidada factura y presencia de imágenes y metáforas muy certeras. De la tradición japonesa toma, además, la concisión (se trata en general de composiciones breves) y una estructura que a menudo, independientemente del número de sílabas, replica la del haiku. En muchos poemas suyos hay estrofas o partes de ellas que podrían funcionar aisladamente como haikus. Espigarlas no es difícil. Una muestra: “La nieve del tejado se deshace / poco a poco, / igual que la belleza de la mujer que amo.” (“Inicio”). Si el poema anterior abre su antología Ecosistema (Pre-Textos, 2015), el siguiente en esta ofrece también en “Extremos” lo que podría ser, rotas las amarras con el resto de la composición a la que pertenece, otro haiku espléndido: “Igual que los extremos de una cuerda, / la oscuridad / y el miedo a que despiertes.” Es una tendencia que persiste, porque en “Distancia” (Frío, 2002), poema que en Ecosistema sigue a los ya citados, “Miro mis pies / desnudos / y pienso en todo aquello / que lo pasos no abarcan.” Otro ejemplo serían estos tres versos de “Nocturno y mar”: “A lo lejos, / los peces trazan surcos en el agua. / Ágil caligrafía.” La plasticidad es buena y abundante, como sucede asimismo en “Las nubes”, cuyo principio es un poema imaginista que se podría codear con otros de H.D., Richard Aldington o Ezra Pound. Quizá le convenga esta calificación: mostración con elipsis, poesía imaginista con misterio. Así, el humo de una fábrica es un intestino que crece y “oscura imagen de la serenidad”. Otra joya:

                                    El sol es un faquir
que se ha tumbado
lento
                                    sobre pinos de aguja.

            Hay, como se ve arriba, un rasgo de esta poesía que se aviene mal a ser representado en un texto en prosa con el corte versal señalado por barras. Mejor reproducirlo como en las páginas de sus libros, a pie de verso:

                                    ¿Qué se extingue primero,
el fuego
             o la madera?

            Esos sangrados refrenan la dicción sin romper el ritmo, y resaltan, enfatizan. No rompen, dan alas. Y físicamente retardan la acción, hacen que cuaje lo físico, como en “Continuidad”, donde al hablar de los errores, “que están bajo la piel”:

                                    Fluyen
                                                lentos
                                    como un arroyo helado.

            No tiene miedo a reiterarse, porque en “El corazón del bosque” vuelve a emplear el mismo recurso, con la repetición de las palabras “fluyen” y “arroyo”. Pero ahora este fluir es en singular, “pesadamente, / como una babosa.” Lo más prosaico, una lata vacía de refresco, roja, se convierte por la transfiguración de la mirada poética en ese “corazón del bosque”. En otra página, “Todo es parte de todo, / un mismo árbol.” Rodríguez se ha impregnado de sustancia oriental y se diría que hay mucho de zen en su obra: se ve en ese buscar el reverso de las cosas, en potenciar la visión mágica, alternativa o paralela; en apreciar lo relativo de distancias, magnitudes, imposiciones naturales. En primavera, fueren a florecer los azulejos. El adentro y el afuera son el uno el correlato del otro, como en lo declarado por Hermes sobre el arriba y el abajo. En “No impreciso, incompleto”, el sujeto del poema parte el pan, y el mantel se llena de migajas; unos versos más allá, el mismo fenómeno ya no es doméstico sino de la fenomenología atmosférica: “Afuera / también se desmenuza el día: // cada copo de nieve es una tregua.” Esa permeabilidad de lo externo e interno reaparece en varios poemas suyos. En “Necesidad”, “las sensaciones nacen en la piel, // son una lluvia lenta, / hacia adentro.” Esta idea introspectiva está igualmente en el crecer hacia adentro del hormiguero en “También”.
            Uno de sus mejores poemas tal vez sea “Yo, o mi idea de yo”, donde el individuo se pone en contraste con la especie, y la creación con la destrucción, la muerte con el nacimiento. Hay mucho de poesía y vida cíclicas en Rodríguez, y de correspondencias. Sobre las personas del verbo y sobre ese ouroboros, el poema “Principio y fin”. Vuelve a hacerse precisa la presentación tipográfica que respete el sangrado:

                                    Y hablar de ti,
            en el fondo,
                                    también es una forma de egoísmo.


Esa circularidad reaparece de diversas maneras. En el mencionado “Continuidad”, la interlocutora dice: “Si tengo mariposas en mi estómago / es porque en otro tiempo / me tragué las orugas.” “Astilla” abunda en esto, en una suerte de canto a las reencarnaciones (no metempsicosis, sino transformación de la materia). Parece imposible arrancar de este poema unos versos a modo de ejemplo. Aquí va entero, un organismo vivo del que no se puede extirpar ninguno de sus órganos:

            ASTILLA

            Ha esperado
paciente
a clavarse en tu dedo.

La simiente creció
                              hasta ser árbol,
que más tarde fue mueble

y ahora germina en ti su podredumbre.

Dime entonces
   qué aguardas
para cerrar el ciclo,

para hundirte en la carne
de lo que llamas mundo.

Sería un error creer que como explícitamente en “Estancia japonesa” las influencias del poeta soplan todas del este, porque también en el oeste hay referencias, no solo mediante las presencias como epígrafes de Trakl, Rilke, Yeats o Breton, por ejemplo, sino en versos que son casi el cierre de un soneto de Shakespeare (de los primeros dedicados al Fair Lord): “No dejes que la rosa se marchite, // comienza a construir tu invernadero.”
El poeta baila al viento y no es que sortee los obstáculos, es que a veces se apoya en ellos, como para tomar impulso. Una comparación, un “esto parece aquello”, son por lo general maneras de abordar la analogía inferiores a la metáfora. Lo que comienza siendo un inicio débil, aunque bien presentado visualmente por la caída de “y profunda” por la demostrada capacidad del poeta, se convierte en palanca que levanta esa gran pregunta, deudora de lo anterior, a lo que completa y da sentido, rescatándolo de lo simple y casi inane:

De tan negra
y profunda
la tristeza parece un pozo de petróleo.

¿Se formará también de aquello que está muerto?


Cierro con el líquido que empecé; transparente en Josep y nunca insípido. Como el agua, también sin huesos, su poesía entra con facilidad en el lector, sin abandonar la niebla, el enigma. Cuidada, con mucha elaboración que no es contradictoria con el fogonazo, tienen una apariencia natural, accesible, que apela lo mismo a quien no acostumbra a leer poesía como al más exigente asiduo del género.

(Publicado en un monográfico de la revista Fragmenta dedicado a Josep M. Rodríguez)

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