lunes, 26 de diciembre de 2016

Dióxido de carbono







Juan José Vélez Otero registra en los últimos años una notable actividad como poeta y traductor de poesía. La calidad de esa segunda faceta sería imposible sin la primera, y en este nuevo libro, Dióxido de carbono (Valparaíso, 2016) el autor de Sanlúcar de Barrameda vuelve a ofrecer un ramillete de muy buenas composiciones. Se trata de una colección sin subdivisiones en la que hay mucho de recapitulación. Abundan en ella los recuerdos, como en "Ubi sunt", del que son estos versos:

En esta ciudad se ha parado el tiempo,
       se ha parado la luz
como quedó parado el color en las fotos antiguas,
como se paró el silencio en el primer reloj
que tuvimos de niños y que ahora guardamos
en el mismo cajón donde escondemos los objetos
varados del fracaso, las momias dormidas
de nuestros recuerdos fríos.     (...)


Enlaza este poema con otro que se halla a principios del libro, también con título en latín, que se cierra con un verso rotundo y desamparado donde los haya: "Qué solos los columpios de mi infancia." De esta, de la edad de la niñez, junto con la adolescencia, hay figuras amigas, conocidas, que los poemas rescatan, como el de una chica que se dejaba tocar los pechos reencontrada en la inmisericorde edad adulta. También escenarios, como un cine de barrio o la casa de una amiga de la madre del poeta. Y lugares que no se limitan a quellos años, como Sarajevo, Leningrado, Atenas... En el dedicado a esta (aunque también corre por el poema el Guadalquivir), tres versos cortos y cortantes que parecen dar la extremaunción al poema:

Después llegó la soledad
y se quedó a vivir
conmigo.


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