martes, 3 de enero de 2017

PESEBRE



Este belén comprado en una plaza
no de Judea, de San Ángel,
parece una brillante pitillera
que no huele a tabaco: a incienso y mirra
soñados y por ello más intensos.

Se abre: es como una caja de música,
villancicos que canta la memoria
con un coro de voces espectrales.
Con bisagras que giran, se levantan
el buey, José, la Virgen, un rey mago.

De la misma hojalata que un juguete,
el Niño tiene el frío de un metálico
robot que reencarna en huesos leves
bajo la piel pintada y yerta.

La estrella ha contagiado a las figuras
su demorada plata que deslumbra
y no guía, equivoca la senda
y trae a la familia a nuestra casa.

El artesano anónimo previó,
soldando mal el pie de Baltasar,
dejar en él la imagen del que cae
y lleva nuestros rasgos en el rostro.

También este portal refleja bien
lo breve de su estancia iluminada:
en dos semanas vuelve a su cajón
lo mismo que nosotros, fugazmente,
al nuestro regresamos, rotos, ciegos,

pasada ya la luz del nacimiento
tras una Navidad que es siempre última.
Tiene mucho de espejo de bolsillo
que copia tu camino hacia su Gólgota.



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