miércoles, 8 de febrero de 2017

José Infante de cuerpo entero





Publicada originalmente en 2008 y ahora aumentada con una selección de los libros posteriores y la inclusión íntegra de su último libro (La libertad del desengaño), Elegías y meditaciones (Vitruvio, 2016) es una amplia antología del poeta José Infante, premio Adonáis en 1971 con, precisamente, una obra titulada Elegía. Infante tuvo la amabilidad de regalarme un ejemplar de este extenso florilegio durante mi última visita a Málaga con motivo de la presentación del número 8 de Estación Poesía, el pasado otoño. He leído ahora el volumen, y la experiencia, para alguien que solo había leído poemas sueltos del autor y completa su entrega más reciente, ha sido mucho mejor de lo que, confieso, adivinaba. Lo cual siempre es un motivo de gozo.
     Lo que he descubierto es un poeta que tiene mucho de Cernuda y de Brines en el tono grave y reflexivo, realzado por una dicción casi siempre clásica, con predominio del verso más propio de esta vena, el endecasílabo blanco (aunque en sus inicios empleara profusamente versos más largos). Pero también un poco del lujo verbal de los poetas de Cántico, con Pablo García Baena a la cabeza. Menos me interesa la faceta gay de bares y discotecas, y la frecuentación de cuerpos más o menos mercenarios, o las noches de Cuba o Chueca, aunque este es un contexto muy capaz de subrayar lo vacuo, lo decadente, el declinar del cuerpo con lo que ello tiene de motivo de, una vez más, la elegía.
     Hay poemas muy valiosos en esta antología que cubre cincuenta años de creación. Por su contención, y por su sintonía con lo elegíaco, a lo Gray, destacaría los muy hermosos "Epitafios galeses" de El don de lo invisible. Constituye el conjunto unas como glosas o desarrollos de unos sucintos textos lapidarios en inglés leídos en un cementerio de Cardiff. El quinto de ellos reza:

Sólo confié en ti.
Me desnudé y estuve herido, solo, 
a la intemperie de tu voluntad.
Como en un sacrificio,
mi cuello fue tu arbitrio, tu palabra.
Siempre estuve pendiente del silencio.
De tus caminos mis pasos fueron huella.
En t me confundí. Ahora estoy solo.

Es el VII también muy hermoso, pero pocas composiciones en el volumen tan bellas y sobrecogedoras como el planto que Infante dedica a su madre en La arena rota: el extenso "El cántico de las ruinas". Las tiradas de versos sangrados son una punción, un contrapunto que realza la endecha, con la expresión recurrente, y con variantes: "¿Cómo hablar de la muerte, / si la vida eras tú?"