miércoles, 1 de marzo de 2017

Ensayos después de los ochenta







Donald Hall semeja un mendigo mugriento y greñoso, se adivina que maloliente, acarreador de bolsas por alguna calle destartalada en la que imprime su decrepitud aparente y avasalladora como un elemento más del deprimente paisaje, un homeless. En realidad no es un pordiosero, sino un gran poeta vivo norteamericano, que alcanzó el honor de Poeta Laureado del Congreso de los Estados Unidos en 2006. El último de sus libros que se ha traducido en España no es de poesía sino de prosa: Ensayos después de los ochenta. Lo ha vertido para Valparaíso Juan José Vélez Otero y es uno de los más interesantes volúmenes que han pasado recientemente por mis manos.
      Hall, que tocó certeramente la tecla de la elegía tras la muerte de su mujer, la también poeta Jane Kenyon, se desnuda aquí y habla sin aspavientos de la vejez, de la vida de un solitario que, no obstante, sigue ligando, disfrutando de algunos placeres como las exposiciones de pintura y, sobre todo, la observación de la naturaleza que rodea su granja perdida de New Hampshire, próxima a una laguna a la que da nombre un águila.
     Estos catorce ensayos sortean el patetismo y -Hall es un reconocido escritor sobre béisbol- ganan el partido de la literatura siguiendo la táctica de Juan de Valdés cuando declaraba: "El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación."
     En el prefacio, Hall advierte que dejó de escribir poesía hacia 2010, y que sintió alivio al hacerlo. Parece como si fuera la poesía ese coche del que se desprendió también cuando vio que era un peligro público. Es esta una obra que habla de despojarse. Así acaba el prefacio: "En cierto sentido este libro sigue en la misma dirección que durante años llevó mi poesía. Mi literatura, cuando era joven, se vestía con abrigo, camisa, pantalones, corbata, zapatos a medida, trajes de lana y de franela, de algodón, de cuadros y de rayas, y colores lisos... A lo largo de mi vida de escritor me he ido quitando ropa, quedándome cada vez más y más desnudo. ¿Por qué habría de contenerse un nonagenario? A medida que me vaya acercando a los noventa tal vez me desprenda de la piel."
     La palabra lucidez suele asomar cuando uno se refiere a personas de edad avanzada, la jubilosa sorpresa de que mantengan tan clara la cabeza. En el caso de Hall está más que justificada, como cuando bromea sobre la condición de alienígenas de los ancianos: "Cuando cumplimos los ochenta nos damos cuenta de que somos extraterrestres. Si por un momento se nos olvida que somos viejos, lo volveremos a recordar cuando intentamos ponernos de pie, o cuando nos tropezamos con alguien más joven que parece examinar nuestra piel verde y nuestras dos cabezas con protuberancias."
     Desgrana anécdotas, lanza reflexiones, habla de animales salvajes o mascotas, sobre la escritura o el mundo literario. Siempre está agudo e inteligente, y natural, sin imposturas, ajeno al patetismo que rozaba casi alguno de los poemas sobre el hospital y la agonía de su esposa. 
     

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