miércoles, 5 de abril de 2017

Coincidencia con Juan Malpartida



Fórcola ha publicado estos días Margen interno. Ensayos y semblanzas de Juan Malpartida. Hay ahí páginas sobre su maestro Paz, sobre Gil-Albert, sobre Borges, sobre Eliade, sobre Gómez Dávila. Encuentra uno algún juicio osado ("Hay poesía en las otras artes, porque la poesía no es privativa de la palabra, pero sospecho que sin las palabras no habría existido ni la música ni la pintura") y observaciones que, creo, dan en la diana ("Un adolescente es alguien que ha dejado de jugar y que necesita hacerlo, de otra manera"). Pero me ha llamado particularmente la atención un párrafo en que hallo una gran coincidencia con algo que expuse en una reciente conferencia sobre Juan Ramón Jiménez y que se publicará en un volumen colectico a la vuelta del verano. Yo fui ligeramente más tardío, y un año mayor que él atravesé la misma experiencia con otro poema del moguereño, curiosamente, también, con el protagonismo de los pájaros (ese "Cantan. Cantan. ¿Dónde cantan los pájaros que cantan?"). En la página 16 de Margen Interno, Malpartida evoca:

Yo escribí mi primer poema a los dieciséis años porque había leído otro, y no fue casualidad, sino azar necesario que fuera de Juan Ramóm Jiménez. Fue una tarde de mayo, y llevaba un rato leyendo algunos poemas en una antología (...) Creo que no todo me gustaba, que a veces me sobraban palabras en lo que leía, pero de pronto el tiempo se detuvo, la tarde giró sobre sí misma y entre mi nombre y mi vida, entre las palabras y las cosas, oí: "...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y quedará mi huerto, con su verde árbol, / y con su pozo blanco." (...) Todavía puedo oír en el barrido de mis emociones poéticas la huella de este poema. Pero lo más determinante para mí fue que, inmediatamente, y por primera vez, escribí un poema, una imitación burda de "El viaje definitivo" de Juan Ramón Jiménez. Ese primer poema lo podía recordar hasta entrada la veintena, pero el olvido vino a hacer justicia y a aliviarme de su memoria.





En mi propio caso se trataba de un poema que me pareció una simpleza y que quise emular para demostrar, ignorante, que eso también lo sabía hacer yo. A ese atrevimiento le debo mucho, muchísimo.


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