sábado, 30 de septiembre de 2017

Cataluña: la lección irlandesa




Escena de la Guerra Civil irlandesa en Cork


Si a un químico le trastocan la fórmula del agua y le dicen que ya no intervienen en ella hidrógeno y oxígeno, o que estos se combinan en otra proporción, lo más probable es que pida un vaso del “líquido elemento” para reponerse del susto. Así, aunque pocos se darían cuenta, cuando Junqueras dijo hace meses en televisión que Cataluña haría un referéndum sobre su independencia como los que habían hecho otros países. Y citó a Irlanda. Es decir, reformuló el H2O para llevarlo a las tesis del 1-O.
            En Irlanda no hubo tal referéndum, y el camino a su independencia fue bien distinto del que se ha emprendido aquí (con muchas razones por el lado irlandés, con pocas en el catalán). Someramente, la cuestión es como sigue: Irlanda, isla con una cultura y una lengua únicas, siguió a su aire cuando en Europa se extendió el Imperio Romano (Hibernia, a diferencia de Britania jamás fue provincia); luego, fue ajena a la invasión anglosajona que a partir del siglo VI cambió la fisonomía de la isla vecina, donde arraigó la nueva lengua germánica que se convertiría en el inglés; aunque sufrió ataques vikingos y se benefició de asentamientos escandinavos (lo es Dublín), fue predominantemente céltica hasta la llegada de los anglonormandos en el siglo XII, que tampoco barrieron lengua y costumbres, sino que se integraron. En definitiva, Irlanda (no pura sino como identidad en evolución) se mantuvo independiente en multitud de reinos y señoríos hasta el siglo XVI, cuando Inglaterra comenzó campañas para dominarla y aplastar, junto al catolicismo, lo que le era característico y propio. Fue cuando el envío de colonos protestantes a espuertas y, en el XVII, la sanguinaria represión de Cromwell. Contemporáneo de aquellas luchas fue, ya entonces, el deseo irlandés de sacudirse al invasor. Resumiendo mucho, la historia de Irlanda desde aquel momento ha sido la de la lucha por su independencia, con un momento álgido en 1798 y sucesivas revueltas que desembocaron en la más célebre de todas: el Levantamiento de Pascua de 1916.
            Hace poco más de cien años, un grupo de revolucionarios con poco apoyo popular se alzó por las armas contra Inglaterra; fue la ejecución de los cabecillas lo que hizo que la sensibilidad de los irlandeses cambiara y que, indignados, abrazaran la causa del independentismo. Conviene recordar que en aquel momento la isla no tenía autogobierno (el tan peleado y muchas veces prometido Home Rule), y que desde el Act of Union de 1800 Dublín carecía de Parlamento regional y los diputados tenían que trasladarse a Westminster. Además, en 1846 se produjo una Hambruna agudizada por una gestión pésima: ese año y los siguientes, cientos y cientos de miles de irlandeses de todas las edades murieron en su tierra o tuvieron que emigrar, dejando pueblos fantasmas. Hablada por los campesinos y el grueso de la población desfavorecida, la lengua irlandesa (el gaélico, para entendernos) sufrió un golpe mortal que vino a sumarse al no desdeñable de las leyes penales del siglo anterior, un rosario de trabas que procuró una limpieza, si no étnica, sí religiosa y lingüística.
Por su parte, Cataluña jamás ha sido colonia, su pueblo ha sido y es rico, no hay conflicto religioso, no se conoce más emigración que la de los años recientes a causa de la crisis general, ha padecido las mismas guerras que el resto de España y, si en tiempos de Franco sufrió claramente el hostigamiento y ostracismo de su lengua, hace décadas que el catalán es idioma oficial. Además, goza de una profunda autonomía, Parlament y Govern propios y una fuerza policial, los Mossos, desplegada en sus cuatro provincias con enormes competencias.
Hasta aquí, las muchas diferencias con Irlanda. Pero en manos de los independentistas, y en sus neuronas, está evitar complejas y espinosas similitudes. Tras el fracaso del Levantamiento de Pascua se produjo una guerra de independencia; y, tras esta, una guerra civil sobre la que conviene detenerse un instante: los enfrentados lo fueron por la postura de unos y otros ante la partición de la isla. Sucede que la mayoría de los habitantes de la provincia del Ulster eran protestantes y partidarios de permanecer en el Reino Unido. Estos llamados unionistas se salieron con la suya y crearon una entidad artificial, Irlanda del Norte, que no se correspondía con el mapa real de la provincia: seis condados se quedaron con Inglaterra y tres pasaron al nuevo Estado. Quiere esto decir, más allá de las heridas abiertas, que Irlanda ya no forma parte del Reino Unido, pero en realidad ni Éire representa hoy el sueño de una isla unida ni el Ulster, con independentistas a un lado y unionistas a otro, ha permanecido tampoco entero. ¿Es Cataluña, digamos, “una unidad de destino en lo universal” que una vez abierta la compuerta del referéndum y la autodeterminación vaya a permanecer inalterable? No se trata, claro, de que engulla el Rosellón, la Comunidad Valenciana y la Balear, sino, ojo, de que territorios no partidarios de la independencia (municipios importantes y alguna provincia) dejen de formar parte de la Cataluña segregada con la que no se ven identificados. Puestos a votar, y vinculante el resultado, que se respete la voluntad de todos. ¿O va a ser más irrompible Cataluña que España, el nuevo Estado que aquel del que este se quiere marchar?
Junqueras no dijo la verdad sobre el referéndum irlandés. En Irlanda no había desde 1800 autonomía, la independencia mutilada se obtuvo mediante las armas contra propios y extraños y solo a partir del Estado Libre de Irlanda, proclamado en el Sur por la práctica totalidad de representantes electos (no como ahora en Cataluña), existió algo parecido a lo que una parte del secesionismo hoy quiere ser. Referéndum de independencia como tal no hubo, solo el plebiscito de 1937 que tres lustros después de la sangría aprobó una Constitución que sucedió a la del Estado Libre y situó al país (pero solo a 26 de sus 32 condados) en un sistema autárquico, plegado sobre sí mismo y de nuevo con la gran hemorragia de la emigración.
En el debate del derecho a decidir hay que poner todas las cartas sobre la mesa. Por lo que hace a las ideas, el pueblo catalán no es más homogéneo que el irlandés hace cien años. ¿Se respetará entonces el derecho a que cada área elija de verdad dónde quiere estar, aun al precio de la partición? (Una partición que cerrada en falso, como suele ocurrir, generó allí la enorme turbulencia, el terrorismo y la guerra sucia de finales de los años sesenta y los dos decenios siguientes.)
¿Quieren los catalanes sacrificar su formidable autonomía y la integridad de su territorio para embarcarse en un proyecto plagado de zozobras cuya única consecuencia posible, si nos atenemos a lo democrático y participan de verdad todos, supone la fragmentación de la misma Cataluña? No se olvide el referéndum de Quebec, donde se preveía que las circunscripciones en que saliera no a la independencia quedarían al margen del nuevo ente. Ente es, por cierto, una buena palabra para un texto de ciencia ficción o de horror. Por el enfado de una coyuntura, por el berrinche contra un gobierno, ¿desean los independentistas perder zonas de su territorio, secciones de su pueblo, el comercio con su mercado natural, la pertenencia real, sin futuribles, a la Unión Europea? ¿Quieren que transcurra un siglo, como en Irlanda, sin que haya arreglo? ¿Es eso lo que quieren, lo que queremos? A veces, al agua, cuando hierve, hay que ponerle tila.

jueves, 28 de septiembre de 2017

En Nueva Revista



En busca de la Isla Esmeralda está teniendo muy buena acogida. Me entrevistó acerca del libro Anna Maria Iglesia para Nueva Revista. Se puede leer aquí.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Sobre un episodio de los Mabinogion








Se presentó ayer en Sevilla Pequeñas sediciones (Menos Cuarto), fino volumen de microrrelatos o textos breves, sin más encsaillamiento, de Javier Vela. La inteligencia y el rigor habituales del gaditano se aprecian en la colección, en la que se repite en varias ocasiones el tema de lo fatal, de las ironías del destino, de la exposición a riesgos imprevistos (como en "Amor" o "Las causas, los afectos"). La fotografía que ilustra la cubierta se ha elegido, se entiende, como ilustración de uno de estos breves relatos, precisamente el que da título al conjunto. Se trata, a su vez, de una glosa muy libre de "El sueño de Rhonabwy", uno de los cuentos de tradición galesa que integran los Mabinogion (aproximadamente, siglo XII)donde se recoge una partida de ajedrez entre Arthur, el famoso rey arturo en sus brumas britónicas, y Owein. Allí las piezas son de oro en un tablero de plata, y lo que se traduce como ajedrez es, en realidad, el viejo juego conocido como gwyddbwyll (equivalente del fidchell irlandés).
     Aquí, el estupendo relato breve de Vela:

     En los Mabinogion, un rey en jaque huye oblicuamente de sus perseguidores cuando se ve trabado ante un peón.
     -Aparta -dice el rey-. Déjame ir.
     -Yo no obedezco órdenes de un rey acobardado.
     -No somos tan distintos -dice el rey.
     -Soy blanco y tú eres negro. Tú eres un rey y yo, solo un peón.
     -Te nombraré caballo, torre, alfil.
     -Nanay, quiero ser rey.
     El peón duda un instante: es tarde ya para retroceder.



Javier Vela presentando su libro en la Biblioteca Pública de Sevilla en compañía de Fran G. Matute



martes, 26 de septiembre de 2017

A cara de perro





El pacense asentado en Sevilla José Antonio Ramírez Lozano es uno de los escritores que más premios ha cosechado en España, lo mismo en narrativa que en poesía, y también en literatura infantil, un género de engañosa facilidad. Ahora ha obtenido el XX Premio de Poesía Eladio Cabañero con su libro A cara de perro que publica la editorial Reino de Cordelia. Contiene singulares bienaventuranzas, algunas de ellas cercanas al chiste lingüístico, aunque otras vienen cargadas de inapelable y seria, aun irónica, verdad: "Bienaventurados los fotógrafos / porque sin ellos la familia / nunca hubiera permanecido unida."
     En algún poema ("Noticia de un naufragio") recicla y da nueva vida a materiales de textos suyos anteriores, pero sorprende casi siempre. Como en los movimientos bancarios de "Saldomasoquismos", en el derroche imaginativo de "La voz a ti debida" o en el brillante colofón "Piso tomado". Hay mucha presencia de la muerte en el poemario, piadosa atención a los objetos y juegos, numerosos juegos con las palabras. Destacaría el sencillo y bellísimo "Canelo" y, por su notable plasticidad tanto de imágenes como rítmica (qué bien suenan los poemas de Ramírez Lozano), el breve "Cebolla caramelizada", que si careciera de título podría ser un acertijo y que no me resisto a copiar entero:

Después de tantos siglos asistiendo
al pobre en su miseria,
me dejé seducir
por la dulce lascivia de los chef
y ahora sonrío rubia, como una de esas falsas
sortijas que abandonan los hombres en el plato,
después de haberle dado gusto al vino
y cumplir con la carne.

Desgraciada de mí, 
que he perdido la escarcha de mis lágrimas.



lunes, 25 de septiembre de 2017

Más sobre "En busca de la Isla Esmeralda"



Conversé con Alfredo Valenzuela, de la agencia EFE, sobre el diccionario sentimental de la cultura irlandesa. El resultado se puede leer en varios periódicos. Por ejemplo, aquí.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Dos poemas mexicanos



Estos dos poemas, escritos hace tiempo, los he publicado en mi cuenta de Facebook tras cada uno de los recientes terremotos que han asolado México. El segundo se refiere a la pirámide cubierta de Cholula en cuya cima hay un convento que ha sufrido importantes daños en cúpula y torres. Cuando estuve allí hace tres años vencí la claustrofobia de adentrarme por sus estrechas y oscuras galerías. No quiero ni pensar lo que habrán sentido los sepultados en los edificios derrumbados. Cuando esto escribo, aún hay alguna esperanza de rescatar a alquien más con vida.



TERREMOTO EN EL AIRE

Has embarcado en el avión,
dispones tus cuadernos y la manta,
la almohada que emerge de su bolsa
como el sueño del día y del cansancio.
Si ahora un terremoto desgajase
esta tierra feroz que te despide,
si justo cuando el ala, y su gemela,
al alzar el vuelo acuchillaran
la engañosa paz, y la pista
trozos se hiciera como seres que aman,
¿qué quedaría de esta semana,
de las horas de plática y tequila
y acentos cantarines, como un coro
de veintidós millones de habitantes?
Trizas sin trazas, un sueño
borrado al despertar, como la tierra
que abajo queda entre sus nubes
blancas sobre otras de escombros.



TLACHIHUALTÉPTL

Bajo el cerro y su verde,
somos los gusanos que perforan
la carne de la sólida placenta,
túneles, galerías
que llevan desde el dentro hasta el afuera,
a la luz desde lo oscuro,
minúsculas polillas que se afanan
por devorarla,
estelas que se borran en la noche de piedra.
La roca claustrofóbica se aparta
medrosa y nos contagia el miedo.
Marcas de agua ilegibles
de una página negra,
¿quién leerá el relato de nuestro terror?
Un lento calendario cosmológico
en donde el cielo fue decapitado,
tardamos en salir más que los siglos
en que se fue preñando la pirámide.
En un mundo sin sol, unos minutos
doblan en duración a las estrellas.




sábado, 23 de septiembre de 2017

Sobre Cataluña



Me voy a poner serio porque la ocasión lo exige. Se leen y oyen muchos pronunciamientos en el mejor de los casos irreflexivos e indocumentados. ¿Era fascista la Constitución de la Segunda República? En su artículo 8 proclamaba: "El estado español, dentro de los límites inquebrantables de su territorio actual, está integrado por Municipios mancomunados en provincias y por las regiones que se constituyan en régimen de autonomía". En esto, la actual no es novedosa. El derecho a decir está garantizado y sobreabunda, pero no es el derecho a decidir. Decidir tendrían que hacerlo todos los españoles derogando la Constitución y aprobando otra, totalmente o en parte de su articulado. Hasta entonces, si eso sucediera, hay que aplicar la ley, esté el Gobierno que esté en cada momento. Espero y pido que se aplique y que, llegado el caso, se actúe tanto con prudecia como con energía contra la sedición.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Ave Fénix



SOBRE EL ÚLTIMO DYLAN






Bob Dylan, como el muérdago con el roble, es un parásito. Un parásito de nuestra vida, a la que se adhirió hace ya muchos años y que ha decidido no soltarla, agarrado siempre a ella de una forma u otra, transformándose como los peores bichos que se adaptan para sobrevivir. Como el muérdago es una figura entrañable, cálida, un parásito bienvenido. De Dylan fue el primer disco que compré (un long play de vinilo que escuchaba en el tocadiscos en sonido mono, nada de stereo) cuando tenía quince años; sus canciones folk me prepararon para el descubrimiento de la música tradicional irlandesa y escocesa; sobre Dylan fue la primera columna que publiqué en un periódico cuando comencé una colaboración semanal que se llevó por delante la crisis hace ya bastantes meses. Una crisis que ni en lo económico ni en lo personal a parece haberle afectado a él, pues está mejor que hace quince o más años, en una excelente forma. Con la voz cascada, es cierto, pero con más vigor y un superior control de sus posibilidades; por decirlo así, con un dominio milimétrico de sus carencias.
Yo creía que me gustaba Dylan, que algo sabía de él. Naranjas de la China. Lo que he descubierto en los últimos tiempos me hace ser un analfabeto total en la dylanmanía; comparada con la pasión que he descubierto en otros, mi gusto y mi interés son nada o cotizan en negativo en la Bolsa de las devociones musicales. Estas páginas son mi confesión. Cantaré, cantaré La Traviata. Reconozco que soy un mindungui en el fervor que rodea al cantante, un miserable grano de arena ante las dunas de otros. En asuntos dylanianos soy, como decimos en Sevilla, un papafrita. Sí, lo reconozco. Dónde hay que firmar.
            Yo, que tanto amé su música, en esto del amor absoluto soy ahora consorte. A mi mujer le dio hace tres o cuatro años la ventolera –Blowing in the Wind– y ahora es más del bardo de Duluth que yo mismo, me ha superado como un disco doble aventaja a un single. Por ella, mi cicerone en estas locuras, he ido conociendo algo de los fans de Dylan y mucho más acerca de este. Así, hemos viajado a algunas ciudades en pos del cantante. Y, justo anoche, aunque esto se publique más adelante, hemos regresado de escucharlo en uno de sus mejores conciertos de los últimos tiempos (no es un capricho mío, lo afirman muchos), celebrado en el Palladium de Londres, que es una especie de Royal Albert Hall en pequeño a literalmente dos pasos de Oxford Circus.
            Dylan ha estado tocando una parte de su Never-Ending Tour, que anda ya por su cuarta década, en Gran Bretaña e Irlanda. Tenía programado un concierto en Wembley, pero entonces se sacó de la manga un trío de ases: tres fechas adicionales pero no en un estadio, sino en un teatro, un lugar amplio pero recoleto (si se me permite) y con excelente acústica, particularmente apto para el estilo de música que últimamente graba, en la línea de Sinatra y los crooners famosos. Ha servido sin duda como promoción de su nuevo disco triple, Triplicate, en el que vuelca su sabiduría y lo más que da de sí su voz en los standards de la tradición americana de mediados del siglo XX. Una tradición que no recupera por un afán arqueológico, sino porque dice que son canciones que le tocan de cerca, con las que le es posible emocionarse y no solo desenrollar maquinalmente su alfombra mágica como un lorito de repetición. Que el último Premio Nobel de Literatura cante ahora treinta letras de otros parece –treinta monedas de plata– el precio de la traición a la Academia Sueca, que lo ha galardonado precisamente por su escritura, por condición de cantautor. Desde luego, no puede parecer más humorada.
            A veces se mueve –no puedo, no puedor– como Chiquito de la Calzada por el escenario, con algún pasito atrás, con leves torsiones pintorescas. Se echa la mano a la cadera, agarra el micrófono y casi baila con él, se inclina sobre el piano como si fuera más alto de lo que representa. Y eso sí, nada más terminar cada canción se sume en la oscuridad, presumiblemente para no tener que saludar o que se le robe un gesto de agradecimiento, una rendija en su hieratismo. Su traje –la arruga es bella– semeja un cruce de Armani y de pordiosero al que han entregado unos trapos en la parroquia. Lleva el traje un bordado de flores y espadas carmesíes, apenas perceptible en la distancia como el desvaído bigote que tendré la delicadeza de no comparar con el de Aznar. Con el sombrero blanco parece un gaucho más de Bolaño que de Borges aunque, desde luego, sea ajeno al terciopelo de la voz de Gardel. Pero es de la América del Norte de lo que canta (aunque también ejecute, y no hay aquí doble sentido, la francesa The Fallen Leaves). La banda, comedida, profesional, es una de las más perfectas que hoy ruedan por las carreteras: Tony Garnier al bajo, Charlie Sexton a la guitarra, Donnie Herron a la steel guitar y el esporádico violín, Stu Kimball a la guitarra también y George Receli a la percusión.
            Frente a los almacenes textiles Liberty con su fachada de vigas de estilo Tudor que parece que parece que vaya pasar bajo ellas el mismo Shakespeare camino de otro teatro, el Globe, y al principio de la calle que prestó su nombre al poemario de Leopoldo María Panero Así se fundó Carnaby Street, hay aparcados un camión de gran tonelaje y dos autobuses de Beat the Street, la empresa austriaca que lleva de un lugar a otro a Dylan y a sus músicos. Cuando es la hora de la prueba de sonido, varios gorilas se apostan junto a la reja de la puerta de camerinos del teatro y dificultan cuanto pueden el acoso al astro. En otro momento del día vemos a un operario acarreando algo fuera del tráiler. Extrañamente, vemos en el interior de este muchas bombonas de gas ¿de oxígeno, para la estrella? ¿Será ese el secreto de su magnífica situación actual? Tendrán otra explicación, claro, pero uno se queda con la mosca detrás de la oreja y fantasea con una suerte de elixir mágico, bálsamo de Fierabrás para este resurgir, como de ave Fénix, de Dylan, que ha superado baches y ahora está estupendo, renacido.
            Uno de los amigos de mi mujer que no nada en la abundancia y quizá se ahogue a ratos cumple esta noche los ochenta conciertos, ochenta muescas en la carcasa de su avión dylaniano. Que serán algunas más cuando finalice la gira, tras las de Cardiff, Bournemouth, Nottingham, Glasgow, Liverpool, y Dublín, el broche de la misma. Hace dos noches eran 78, pues ha asistido a los tres conciertos seguidos que ha dado el de Minnesotta en Londres, la víspera y la noche anterior a esta. Pero S. (daré solo su inicial) no puede medirse con otro de los componentes o fratres de esta logia, que ha visto en directo a Dylan no 90 ni 100 veces, sino 350. Al final del concierto coincidiremos con otro de los fans, que tampoco se ha perdido ninguna de las actuaciones de este tour británico y que queda con S. para verse mañana en la capital de Gales (el Gales del que procedía el nombre Dylan, de Dylan Thomas, que el cantante y compositor ha transformado en apellido).
            Es un fenómeno del que todos hemos oído hablar, el de los fans pero que muy fans, quienes siguen a los solistas y grupos en sus periplos y que viven prácticamente como ellos on the road, liando el petate y yendo de una ciudad a otra pero sin la comodidad de esos autocares que llevan a las estrellas como naves oscuras de La Guerra de las Galaxias o corceles azabaches en algún romance artúrico (el mago Merlín se diría que ha tenido mano en este mantener con tanto brío a Dylan, que es, sacando a diario la espada de la piedra, el rex quondam rexque futurus, el rey que fue y que será, pues nadie se remonta a un pasado musical más mítico con tanta autoridad para perpetuarse). Hay alguna gorrona (y por su aspecto también un poco gorrina) que no compra maldita la entrada y se limita a apostarse como un avezado cazador a la puerta de los auditorios a ver a quién le saca un ticket gratis, huérfano a última hora y que la caridad pone en su mano para que lo cuide en el calor de la sala de conciertos. Me dicen que la tal fan desestima las localidades peores y aguanta estoica, avezada jugadora de póker cuyo comodín es siempre “Mr. Tambourine Man”, hasta que obtiene gratis et amore un buen asiento. El riesgo es que a veces la jugada le sale mal y se queda  sin entrada esa noche. ¿Pero qué es una noche comparada con la suma de muchas seguidas, en cifra que ronda las cien anuales en varios continentes?
El mismo día que llegamos a Londres se ponía a la venta 50 Years of Blonde on Blonde (no, naturalmente, el álbum de 1966, sino las versiones que de aquel ha grabado en directo un excelente grupo de música americana, Old Crow Medicine Show. El trato con Dylan de este grupo de bluegrass desenfadado y un poco punk como unos Pogues de Tennessee es ya prolongado: una composición olvidada del hoy Nobel les proporcionó su mayor éxito, “Wagon Wheel”. También les “dio” otra canción, gran éxito para el grupo: “Sweet Amarillo”. Pero son incontables quienes han hecho covers de Dylan, de su casi interminable discografía si se tienen en cuenta las grabaciones descartadas, clandestinas, secretas como pecios que afloran con las tormentas o a los que los buzos descienden para llevar arriba su oro.
Los fans han quedado tres horas antes del concierto en un pub cercano, el Phoenix, que se halla en la esquina más próxima de Cavendish Square. En su sótano está tocando los tres días londinenses un grupo de nombre tan sencillo como inequívoco, Simply Dylan, una tribute band que hace versiones muy ortodoxas del repertorio más conocido, las cuales chocan con la heterodoxia de las que ahora interpreta el propio músico, quien en un concurso de versiones dylanianas con jurado popular quedaría inmediatamente descalificado. Pese a lo que dije antes de su silencio lírico reciente, hay en la manera que tiene de modificar sus canciones como un prurito de dar la razón a los académicos escandinavos: sí, las letras son las mismas (aunque también se permite alguna modificación), constituyen lo sustantivo, porque les cambia la melodía, los arreglos, hasta hacerlas a duras penas reconocibles.
            Cuando comience el concierto le oiremos hacer un repaso por algunas de las canciones claves de su carrera, aunque son tantas las obras maestras que el grueso de las más conocidas queda necesariamente fuera, lujo que pueden permitirse muy pocos. Suele tener una lista bastante fija, pero acaso para satisfacer a los fans recalcitrantes ofrece algunas variaciones y sorpresas. Esta noche en concreto desgrana “Things Have Changed”, “To Ramona”, “Highway 61 Revisited”, “Beyond Here Lies Nothin’”, “I Could Have Told You”, “Pay In Blood”, “Melancholy Mood” “Duquesne Whistle”,
 “Stormy Weather”, “Tangled Up In Blue” “Early Roman Kings”, “Spirit On The Water”, “Love Sick” “All Or Nothing At All”, “Desolation Row” (que causa la locura del respetable), “Soon After Midnight”, “That Old Black Magic”, “Long And Wasted Years” y “Autumn Leaves”. Las propinas serán gloriosas: “Blowin’ In The Wind” y “Ballad Of A Thin Man”. Comenzará con casi obsesiva puntualidad a las ocho y antes de las diez habrá acabado, sin un descanso, sin dar tregua entre las canciones.
            El público tiene ya una edad, con pocas personas en la audiencia por debajo del medio siglo. Hay blancas melenas de caballeros sueltas y recogidas, damas que debieron de ser muy hermosas hace cuarenta años. Una de ellas sangra por la nariz. Ha tenido varias operaciones y de vez en cuando se resiente, tapizando con una bandera abstracta del Japón el pañuelo de papel que sostiene en la mano durante toda la actuación. Antes y al final de esta, casi todos los hombres van a aliviar la vejiga, con la próstata ya haciendo de las suyas. Hay bastantes jubilados en la sala, lo que les permitirá seguir el tour sin obligaciones laborales. Otros hay que no tienen oficio ni beneficio y que milagrosamente sacan el dinero para las entradas, las sucesivas entradas, a menudo en la reventa institucionalizada o por medios inusuales como clubs de fans o directamente invitados por alguno de los integrantes de la banda, con quienes ya tienen confianza después de tantas noches, ciudades y escenarios. Los hay muy pudientes para llevar este tren de vida, como X, que posee ya varios cuadros de Dylan y a quien esta tarde le han ofrecido, privadamente y con invitación a vino o café con pastas, algunos lienzos que no estaban expuestos en la galería que, simultáneamente a la gira, cuelga grabados y serigrafías del músico, del escritor, del artista.
No es Hockeny por más que este pintara Malibú en un lienzo que se halla expuesto en la retrospectiva de su obra en la Tate (no digo Britain porque para mí la Modern es como si no existiera). Pero Bob Dylan le da desde hace mucho a los pinceles y la Halcyon Gallery en el elegante barrio de Mayfair, en plena New Bond Street, exhibe seis muestras de The Beaten Path, una serie de serigrafías firmadas por el propio Nobel entre obras de Lorenzo Quinn o Andy Warhol: una gasolinera, una silueta de Nueva York (¿o es san Francisco?) bajo un cielo enrojecido, el puente de Brooklyn, un motel, un clásico diner con anuncios de batidos, burritos y hamburguesas de queso. Hay también a la venta maletas con viejas etiquetas que contienen el catálogo. El precio es estratosférico, pero muy inferior a las 9.550 libras que cuestan las serigrafías sin enmarcar y 12.000 enmarcadas. También, esculturas en metal que incorporan a los herrajes herramientas. El ambiente de la galería es chic y nada tiene que ver con el del Village neoyorquino que vio los primeros pasos de Dylan, que se reinventa y cuando parecía que se había quemado ha removido sus propias brasas y ha salido de sus cenizas aunque con la garganta algo chamuscada. Por ello y por sus inquietudes no solo musicales sino en otras disciplinas, cabría llamarlo “Fénix de los ingenios”, como a Lope. En su caso, además, más que ave es pez, pez que se escurre cuando se pretende pescarlo, ajeno a las redes y anzuelos, a las falsillas, a lo que se espera de él. Curiosamente, yendo a lo suyo va a lo nuestro, como demuestra que sus seguidores no lo hayan abandonado tras tantos vericuetos y –sorprendentes– cambios de dirección.
A la salida del concierto chispea, pero no se aguan los adjetivos que profieren los fans, ni desdibuja la lluvia lo exultante de sus sonrisas. Hacía años que Dylan no estaba tan bien. Podemos dar fe modestamente de ello, aunque las veces que lo hemos visto se pueden contar con los dedos de una mano. En alguna sala superior se está celebrando en este momento una fiesta con que se agasaja a los VIP. Vuelvo a ver a alguien que ya avisté a la entrada y para mí es muy importante aunque esté de nuevo a ras de calle: Sean Cannon de los Dubliners, superviviente del grupo y que también está en excelente forma y con envidiables reflejos: cuando antes de entrar me dirigí a él reconociéndolo pero con mala memoria le pregunté que si era Eamonn (por Eamonn Campbell, otro dublinés de pro) me dijo sonriendo maliciosamente que no. Tonto de mí por equivocarme no de rostro sino de nombre. Con Irlanda vuelvo al principio de este artículo y del comienzo del concierto: siempre bebiendo en lo tradicional y haciendo de su capa un sayo, como es ya norma desde hace tiempo Dylan hizo que la banda arrancara rasgueando las notas de ese clásico de la Isla Esmeralda y de mi corazón: “The Foggy Dew”. Me acordé como siempre del llorado Liam Clancy, otra leyenda con quien Dylan coincidía en los garitos de Manhattan hace casi sesenta años. Quiero decir, ayer.


(Publiqué este artículo en el penúltimo número de la revista Clarín)




jueves, 21 de septiembre de 2017

Traducir el futuro





El festival Bookstock vuelve este próximo fin de semana a la sede del CICUS. Son muchas, variadas e interesantes las actividades. El domingo modero y participo en una mesa redonda sobre la traducción literaria. Toda la programación, aquí.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

martes, 19 de septiembre de 2017

Torremolinos de pueblo a mito





Se presenta hoy en Torremolinos el libro que coordinado por Alfredo Taján y editado por Litoral recoge varias décadas del magnetismo que ha ejercido la localidad malagueña. Yo he colaborado con un artículo en que recuerdo la visita de Cernuda al Castillo del Inglés.

lunes, 18 de septiembre de 2017

domingo, 17 de septiembre de 2017

Diccionario para mitómanos



Así titula Luis Alemany la entrevista que me hizo y publicó ayer en El Mundo con motivo de la aparición de En busca de la Isla Esmeralda. Diccionario sentimental de la cultura irlandesa.



sábado, 16 de septiembre de 2017

Don Juan cabalga de nuevo





Rafael Marín agavilla en su persona diferentes saberes y quehaceres: profesor, traductor, experto en historietas y guionista de cómics, novelista... Había ido dejando durante meses y meses pistas de que estaba embarcado en una larga y ambiciosa obra, que por fin ha visto la luz hace algunas semanas. Cinco años ha estado dedicado a ella. Y no es en verdad moco de pavo lo que ha hecho con Don Juan (Dolmen Editorial), un volumen que frisa el millar de páginas. Le ha dado la palabra al Burlador de Sevilla, al protagonista de tantos relatos, poemas y hasta óperas. En este largo duelo singular ha salido airoso, lo mismo en la inventiva de la narración que en la recreación lingüística, que tiene sabor pero no suena a arcaíca, ejecutada con un envidiable pulso.
     Comienza la narración donde estas suelen: por el principio. Y se derrama sobre las páginas la Sevilla de principios del siglo XVI. Siguen Toledo, Roma, Viena, Cádiz, Londres, Venecia... Y enrola a secundarios que ya los quisieran para sí muchos libros como protagonistas: "-Ah, Don Juan -me decía Garcilaso mientras compartíamos una botella del clarete italiano y disfrutábamos del momento sin preocuparnos por el ayer ni interrogarnos por el futuro-, cuánto me habría gustado estar allí presente en el asedio de Viena." Pero también figuran aquí Catalina de Aragón, Enrique VIII, Tomás Moro, Ignacio de Loyola, y algunos personajes inventados como el magnífico Capitán Centellas. La acción no impide, porque la memoria y las memorias invitan a ello, la sentenciosidad y los acentos graves, particularmente notables cuando el libro va tocando a su fin. Ameno y vrosímil, un libro, pues, de los que se escriben pocos o muy pocos. Es decir, de los que hay que recomendar mucho.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Una voz entre el ruido





Ni siquiera figura el nombre del autor en la cubierta. Solo por la contracubierta y el lomo sabemos que se trata de Marcos Matacana Martín. Dejaré a un lado el asunto de la identidad del autor para centrarme en la voz de estos poemas, en el protagonista poemático de una de las colecciones más coherentes y desoladoras de las publicadas en lo que va de año, si no más, y que desde luego es muy superior a la mayoría de títulos que se han aúpado desde hace varias temporadas a las listas de más vendidos en poesía que publican los suplementos. 
     Con poemas en general de mediana extensión o incluso relativamente largos (varios superan los cien versos), sin signos de puntuación pero con solvente y hasta brillante prosodia de silva, de gran musicalidad, las páginas de este libro que rondará las doscientas páginas sin numerar, Polvo en el aire, dibujan un protagonista reiterativo, obsesionado, que siempre está escribiendo de unas pocas cosas: las relaciones fracasadas, las pensiones y hoteluchos, la bebida, las prostitutas, el tabaco, un nihilismo radical adornado de vómitos y fetideces. Pero es esta una obra de alguien que conoce la tradición (no solo Bukowski, no solo Carver, sino también Bécquer o Cirlot) y se convierte, beat español que no tiene nada que envidiar a muchos de los norteamericanos, en un aullido de dolor difícilmente aplacable que discurre entre Eros y Tánatos.
     Hay mucho lenguaje coloquial, pero también referencias cultas; numerosos momentos desagradables y otros de una vulnerabilidad y fragilidad máxima. Matacana es una mezcla de Wolfe, Iribarren, Ginsberg y muchos más, pero como también Ballerina Vargas Tinajero, la poeta que recientemente se ha dado a conocer y con quien tiene tanto en común, Matacana es él mismo sobre cualquier cosa, porque una fórmula no es solo los elementos que intervienen en ella, sino un ars combinatoria que tiene mucho de alquimia.
     Hay numerosas composiciones en las que impera lo sórdido y que acaso echen para atrás a lectores pudibundos. Esta elegía, sin embargo, es demoledora. La traigo aquí como invitación a la lectura de un libro casi secreto, demasiado secreto:

HERENCIA

                                                        y sin calor las manos regresan del poema
                                                         José Julio Cabanillas


en África mi abuelo fue
o eso decía siempre
el soldado de su batallón
con mejor puntería

con los años sin embargo
se fue quedando ciego y lo recuerdo
inclinado sobre la mesa
rozando con las gafas la rugosa
superficie del papel
de un libro abierto

en las últimas visitas que le hice
cuando todo en esa casa era penumbra
me pedía que le leyese él no podía
aquellos viejos libros de poemas
Rafael Laffón Foxá
Murube o Bécquer
velados de amarillo y manchas negras

para qué otra vez si ya
te los sabes de memoria
y él mirando
Dios sabe viendo qué
me sonreía

en la mili yo también
presumía de puntería y un brigada
de esos gordos con bastante mala leche
me gritaba joder macho deberías
dedicarte a esto y dejar ya
tanta mariconada
eso fue lo que me dijo
exactamente

                     y esta tarde
al guardar las gafas en su estuche
negro que parece un cargador
he visto los dedos
las mismas manos
borrosas y desenfocadas
de mi abuelo

y he cerrado los ojos
y he acariciado el lomo de los libros
soldados alineados ensayando ya
la despedida

jueves, 14 de septiembre de 2017

Homenaje al Mérito Editorial





La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más importante de lengua española, anunció ayer que este año Juan Casamayor recibirá el Homenaje al Mérito Editorial. Es una excelente noticia por cuanto que se reconoce a un magnífico profesional que lleva años luchando por la dignidad de un género, el cuento, desde Páginas de Espuma, también abierta al ensayo y a los clásicos. Juan y todo su equipo están de fiesta, pero lo deben estar también todos los lectores. En este enlace, una sabrosa entrevista con él que con tal motivo publica hoy Charo Ramos en Diario de Sevilla.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sólo hechos




Fue en 1990, hace veintisiete años, cuando leí un libro que aparecía recomendado, aquí y allá, por y para el discreto. Me llamó la atención y lo compré. Se llamaba El gato encerrado y su autor era Andrés Trapiello. Lo tomo ahora de la estantería y leo sus paratextos (perdón por el palabro), que incluyen con muy leves modificaciones el párrafo que desde hace tiempo se hace estampar en las sobrecubiertas de los volúmenes que han ido conformando un ciclo sin parangón en la literatura española: "En las viejas casas había siempre un Salón Chino, un Salón Pompeyano, un Salón de Baile, otro de retratos, cada uno empapelado o pintado de un color, con unos muebles apropiados y decoración idónea... En estos viejos palacios españoles había también un Salón que se llamaba el de los Pasos Perdidos. La casa que no lo tenía no era una buena casa. Era el salón donde nadie se detenía, pero por donde se pasaba siempre que se quería ir a algunos de los otros. A mí me gustaría que este libro se llamase Salón de los Pasos Perdidos. Un libro en el que sería absurdo quedarse, pero sin el cual no podríamos llegar a esos otros lugares donde nos espera el espejismo de que hemos encontrado algo."
     Absurdo o no, un buen número de lectores nos quedamos en el Salón, y hasta la fecha, en libros que van apareciendo varios años después de lo sucedido y sin ánimo de exactitud documental, no en vano Trapiello también gusta de llamarlos una novela en marcha. El más reciente, Sólo hechos, discurre por los caminos conocidos, que son siempre nuevos al mismo tiempo. Aquí, por lo que respecta a la literatura, que acaso sea el tema menos importante de los diarios, desfilan un declinante Julio Aumente o un nonagenario José Antonio Muñoz Rojas, entre otros, incluidos sus editores valencianos en su retiro vacacional de la costa almeriense. Pero hay sobre todo vida, la menuda vida diaria en Madrid o en el retiro extremeño de Las Viñas, los conocidos risibles y los familiares queridos, el destello de un aforismo y unas descripciones portentosas, más el humor, más la agudeza, más una capacidad verbal inusitada, más una lengua afilada que a veces parece cruel pero a la que atemperan tantas ocasiones en las que se manifiestan la piedad y un fondo humanísimo, que sabe sufrir con los indefensos.  
     De Trapiello se dicen muchas cosas. Lo importante, sin embargo, es lo que él escribe. Si se empieza uno de los tomos de este diario o Salón, difícil es que no se avance por lo menos cien páginas por jornada. No hay muchos autores de los que uno haya leído veinte o más libros, y esto sin contar con los de los otros géneros: la poesía, las colecciones de artículos, el ensayo, la novela... La siguiente entrega será Mundo es, con las entradas correspondientes a 2007. No sé en qué mes aparecerá, pero ya la aguardo como agua de mayo.

martes, 12 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (III)






Vienen al blog hoy tres novedades de poesía. De Luis Bagué Quílez, Clima mediterráneo (Visor), ganador del XXX Premio Tiflos, donde hay emigración, lecturas de lienzos o de pinturas rupestres, apariciones de Cervantes, haikus que trepidan con un tren de alta velocidad, inteligencia y tino al expresarla con una capacidad que no siempre está al alcande de todos: la de incomodar. También leí a principios de verano Testigos de la utopía (Pre-Textos), de Julio César Galán. Hay aquí en este libro singular, con tachones, composiciones hermanas del caligrama y notas a pie de página o al margen, también una presencia mediterránea, y la queja de los que tienen que abandonar su tierra. Tampoco es libro cómodo, ni siquiera en su presentación; lo cual, guste o no, no es demérito sino virtud. De Sonia Aldama, finalmente, he leído La piel melaza (Torremozas): amor y desamor, la presencia de la hija, un esbozado viaje a Dublín, flores que envejecen y el tono melancólico de la saudade: "Eres luciérnaga esquiva, / telar construido sobre éxodo de mirlos / que niegan su sed / sobre el aljibe de tu boca."

lunes, 11 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (II)





Continúo con el repaso de los últimos libros leídos. En poesía, Al umbral de las horas, de Mario Vega en Valparaíso, que no es en realidad novedad, pues salió el año pasado por estas fechas, pero se trata de un muy buen debut del poeta asturiano, que hasta ahora solo había publicado en revistas; también el primer libro de la cordobesa de Pozoblanco Ana Castro, El cuaderno del dolor (Renacimiento), que hace justicia a su título, sin sentido figurado, pues nace de un crónico dolor físico muy bien transfigurado en versos emocionantes, que extienden también sus alfileres sobre otros ámbitos; Juegos de misantropía, del poeta de Sanlúcar de Barrameda Juan José Vélez Otero (Anantes), libro, también duro, que canta la soledad y la derrota ("Bésame la boca / y ahuyenta mi tristeza de lata en la basura"); por último, dos obras del panameño Javier Alvarado, Carta natal al país de los locos y Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín, ganadores de sendos premios que confirman al autor, quien hace poco ha estado en España, como una voz ya imprescindible de la actual poesía hispanoamericana. En el terreno de la novela, y en estas fechas en que la estación toca a su fin, Hasta que sea verano, de Ignacio Barral (Anantes), retrato coral de un grupo de amigos con playas y pasiones juveniles, con transformaciones como las que refiere uno de los persoanjes: "El tiempo nos cambia y nos vuelve a todos desconocidos y extraños."

domingo, 10 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (I)



Jorge Ibargüengoitia


Le gustaría a uno dejar aquí constancia de todas sus lecturas, las completas y los picoteos. No siempre es posible. De las de estas semanas pasadas no querría dejar de mencionar algunas: en poesía, QWERTY (Isla de Siltolá), de Itziar Mínguez Arnáiz, con su inteligente y fresca disección de la escritura, aquí a partir del teclado de una máquina de escribir u ordenador, pero también de la creación poética; a caballo (o elefante, o camello) entre la poesía y el diario, La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004 de Jesús Aguado en la desaparecida DVD (el libro es de 2010), testimonio de muchos años de frecuentación de la India que solo había leído en parte al aparecer una primera entrega y ahor, claro está, me ha deslumbrado íntegro; también de tema indio, el largo ensayo de Roberto Calasso El ardor (Anagrama) sobre el mundo védico y sus sacrificios; en narrativa, el estreno de Sofía González Gómez con su colección de amores, encuentros e incomunicaciones que es Una playa de septiembre; en un formato que me resulta delicioso cuando el talento del autor acompaña, como es el caso, la recopilación de artículos, Misterios de la vida diaria (Booket) del tan a menudo desopilante Jorge Ibargüengoitia, que me recuerda cada vez más a Flann O'Brien cuando escribía para el Irish Times con el seudónimo de Myles na Gopaleen atizando a la idiosincrasia nacional.

(Continuará)

sábado, 9 de septiembre de 2017

Tiembla



El reciente seísmo que ha asolado el sur de México me ha hecho recordar este poema que escribí hace unos años cuando partía del aeropuerto Benito Juárez de la capital del país. Creo que permanecía inédito:



TERREMOTO EN EL AIRE

Has embarcado en el avión,
dispones tus cuadernos y la manta,
la almohada que emerge de su bolsa
como el sueño del día y del cansancio.

Si ahora un terremoto desgajase
esta tierra feroz que te despide,
si justo cuando el ala, y su gemela,
al alzar el vuelo acuchillaran
la engañosa paz, y la pista
trozos se hiciera como seres que aman,
¿qué quedaría de esta semana,
de las horas de plática y tequila
y acentos cantarines, como un coro
de veintidós millones de habitantes?

Trizas sin trazas, un sueño
borrado al despertar, como la tierra
que abajo queda entre sus nubes

blancas sobre otras de escombros.

viernes, 8 de septiembre de 2017

De fantasma a fantasma


Carlos Edmundo de Ory


El Ateneo Jaqués ha dedicado recientemente su revista al Postismo, en un número monográfico que ha resultado ser muy completo. Me pidieron un artículo. Es este:

DE FANTASMA A FANTASMA

Juan Eduardo Cirlot y Carlos Edmundo de Ory




La historia de las relaciones de Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) con el Postismo es también la del poeta barcelonés con otros grupos y movimientos. Ilustra muy bien su radical soledad aunque también su necesidad de amistad, reconocimiento, compañía, aunque únicamente fuera para anclarse a una realidad de la que como un globo aerostático su compleja alma se alejaba de continuo para surcar, acaso sin regreso, no se sabe bien qué cielos, qué tormentas estratosféricas o abisales, tanto da. Su contacto con el grupo compuesto por Carlos Edmundo de Ory, Chicharro hijo y Silvano Sernesi tiene, así pues, su correlato con su acercamiento a Dau al Set, al grupo surrealista parisino, a la Academia del Faro de San Cristóbal… En todos esos colectivos, el singular Cirlot es como agua entre el aceite. Siempre es periférico. Está pero no está, como asumiendo la máxima hamletiana, modificada, que al final de su carrera poética se convirtió en “ser y no ser”.
            A los postistas se acercó un Cirlot joven en sus primeros vagidos literarios queriendo impresionar –tenía motivos para hacerlo–, pero él, que aunque tenía un gran sentido del humor era un ser trágico, chocó con las chanzas y un punto de menosprecio del grupo madrileño, que prefirió de él las cartas enfebrecidas a los poemas, y publicó comentarios con su firma, mas no sus versos. A aquel “Amigos: leo vuestra revista, yo, un habitante de la sombra temporal” le sucedieron comentarios que lo mismo aportaban un lema que recriminaban y condescendían: “Es bello y surrealista escupir al padre, por eso os perdono que no queráis confesaros sola y simplemente: surrealistas.”
Cirlot no se integró en el grupo, pero si se me permite la boutade fue un sol que orbitó sobre aquella luna trastocando las leyes de la astrofísica, un satélite que más aún que satélite fue planeta, y estrella solitaria cuya rareza no consintió tener sistema solar. A Chicharro le escribió más adelante para pedirle documentación de cara a la redacción de la entrada dedicada al Postismo de su Diccionario de los Ismos. Con aquella petición, declaraba: “Amo la geología del postismo y si no me siento sumido en sus ammonites aestéticas no es por falta de adhesión, o mejor, de intrusión, sino porque ciertas razones geográficas […] me obligan  a mí a comerme mis venas en soledad y en retiro hecho de trabajo y de obscuridad; sin resonancias ni compañerismo alguno.”
De las cartas del año 1945, recién regresado el futuro autor de Bronwyn a Barcelona tras el cumplimiento del segundo servicio militar, ahora en Zaragoza, lo más interesante y valioso que quedó fue su relación epistolar con Carlos Edmundo de Ory. Esta se desarrolló muy intensamente en una primera etapa que abarca desde el citado año a 1952, y una más breve y de menor afinidad a principios de los años setenta, cuando Cirlot ya había alcanzado su cenit creativo y se despeñaba, en lo humano, por la enfermedad: un cáncer de páncreas que se lo llevó a los 57 años.
            El epistolario se conserva perfectamente ordenado en la fundación gaditana que lleva el apellido de Ory (este, pese a su aspecto y formas de cierto alocamiento despreocupado, juguetón, hizo siempre gala de una gran meticulosidad incluso en épocas en las que aún no era bibliotecario, como si pusiera en práctica aquel dicho de Nietzsche de que “la madurez del hombre es haber a vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba de niño). Allí, en esas cajas, hay también recortes, números de revistas, manuscritos, borradores, postales, cuadernos dedicados, fotografías, tarjetas, libros en ejemplar único de aquellos de los que confeccionaba Cirlot como si estuviera en un scriptorium medieval de la Irlanda de la que procedía una rama de sus antepasados, los Butler… Gracias al celo de Ory (Carlos, como lo llaman los más cercanos), se han podido salvar materiales que de otra manera no habrían llegado hasta nosotros. Entre ellos, el Libro de Cartago y la Suite atonal (Cirlot destruyó todas sus partituras cuando vio que no pasaría de epígono como compositor). También, un largo poema que alcanza casi la docena de cuartillas, “Diálogo infinito”, que era desconocido hasta que lo hallé cuando preparaba la biografía de Cirlot entre aquella correspondencia y que, puesto luego a disposición de su hija Victoria, ha sido incluido en la reciente antología de la poesía cirlotiana preparada por Elena Medel El peor de los dragones.
            Cirlot hizo con sus papeles personales borrón y cuenta nueva en varias ocasiones, pero Ory fue acopiando desde el principio documento tras documento, de manera que tenemos las muchas cartas cruzadas entre los dos, que hasta la fecha solo se han publicado parcialmente. En ellas hay confidencias, peticiones de favores, tanteos poéticos, la forja de lo que llamarían sus protagonistas una “amistad celeste”. Llegaron a escribirse con tanta frecuencia, y tanta familiaridad adquirieron, que en cierto momento de silencio el barcelonés insta al gaditano, al que otras veces llama su hermano o “querido hijo” (Cirlot era siete años mayor): “¡Perro! ¿Por qué no me escribes?”
            Ory le dedicó en 1946 su “Ante un retrato tristísimo de J.E.C.” (luego, en 1963, “Inspirado en un retrato de JEC”). Acierta originalmente de pleno en el adjetivo, incluso en el superlativo que lo acrece, pues la tristeza fue elemento consustancial de Cirlot, tanto que en el genial retrato otro, el autorretrato que tituló “Momento”, en 1971, el autor de Susan Lenox escribió que casi siempre estaba triste, y aclaraba: “Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila, / y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos románicos, / y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI, / regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca. / Pero pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando fui en Egipto un vendedor de caballos, / ya era un hombre conocido por “el triste”.” Además, de puño y letra de Cirlot, el Libro de Cartago lleva como subtítulo entre paréntesis: “diario de una tristeza irrazonable”.
            Luego, Ory le dedicaría algunas páginas más en las que evocaba la relación que los unió y cómo esta, a la postre, se enfrió. Solo se vieron dos veces: una en Madrid, la otra en Barcelona. Su amistad fue la de dos de los más grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, que en el caso de Cirlot fue una contingencia un tanto espectral, pues su mundo verdadero era el de la civilización sumeria, el de los cartagineses derrotados por Roma, el de la épica germánica, el de las pervivencias célticas en el cristianismo, el de la herejía al bigense.
            Lo que había de bromas en aquella primera etapa (como escribir Cirlot “Genio Nacional” tras el nombre del destinatario en un sobre dirigido a Ory a su pensión madrileña, entre otras expansiones festivas, asimismo en los remites, que alegrarían la mañana la cartero que hiciera el reparto) se convertirá en un tono lúgubre cuando en 1970 Cirlot ponga al corriente a su amigo de lo que ha publicado desde “entonces”. Y un buen número de líneas más abajo: “¡Cuánto hablo! ¿A quién? De fantasma a fantasma.” Ory mostró interés en publicar las viejas cartas. Cirlot lo desaprobó, más distante y desengañado, más nihilista. Dos cartas después, también en octubre de 1970: “En lo que se refiere a nuestra amistad, advierte (cosa extraña) que está hecha de adivinación más que de nada, pues apenas nos conocemos en realidad.” Les separan varias cosas, como la inclinación al budismo que siente Ory y el desprecio por esa corriente espiritual que tiene Cirlot, que como hombre occidental se siente muy lejos de la aniquilación del deseo.
            Ory se preocupó por la magia, por las posibilidades del lenguaje, entre las que intervienen las aliteraciones, tan cirlotianas. Pero uno fue alegre, infantil, lleno de asombro por todo; y el otro triste, muy viejo de reencarnaciones en las que en realidad (doble maldición) no creía, y horrorizado por nada y por lo nunca. El centenario de Cirlot ha pasado con menos ruido del que merece; ojalá el de Ory, dentro de pocos años, sirva para un mejor conocimiento del gran raro luminoso –como Cirlot fue el gran raro oscuro– de nuestra poesía reciente.
           




jueves, 7 de septiembre de 2017

El barbero de Sevilla




En la última visita a Dublín, hace pocos días, el taxista que nos llevó al hotel entabló conversación amable y parlanchina, no tanto por trabajarse una propina como por dar salida a esa facundia de los de su profesión cuando tienen alguien que los escucha y no amarra lengua y oídos con el cinturón de seguridad del silencio. Los veintitantos minutos que se tardan desde el aeropuerto a Stephen's Green dan para mucho, y cuando, pregunta habitual, respondimos a la interrogación sobre nuestra procedencia, el taxista, que era un calco del presidente de Sinn Féin hace cien años, Arthur Griffith, nos preguntó si conocíamos al "barbero de Sevilla". Resulta que una vez, estando de visita en la ciudad, se había cortado el pelo con Melado, el barbero que a mí mismo me atiende y que me había arreglado no hacía ni una semana. Melado es un gran profesional, autor de letras de sevillanas conocidísimas, y aparece en varias guías turísticas.





Arthur Griffith


Fue precisamente entonces cuando me dio Manuel Melado un ejemplar de su libro Cantares entre dos orillas, que reúne soleares, sevillanas, villancicos, seguidillas, coplas, junto a otros poemas también de corte popular de su amigo trianero Ángel Vela. Es un tipo de poesía esta que juega en una liga diferente de la que leemos y escribimos la mayoría, lo cual no es un juicio de valor, porque virtud de aquella es su honradez y su hondura difícilmente superable cuando da en la diana, ese blanco favorecido por la brevedad y la concentración. Nostalgia, ironía, gracia, son elementos que abundan aquí. Una muestra:

Que me costó un dinerá
el espejo que yo tengo
y la imagen que me da.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Dos versos de Hamlet





Cada vez es más cansado hablar de política. No lo haré y me limitaré a copiar aquí dos versos de "Hamlet" (3.3.1-2) que se pueden aplicar perfectamente al honorable presidente de la Dinamarca del Sur: “I like him not, nor stands it safe with us / To let his madness range. Therefore prepare you.” (“No me gusta, ni es seguro para nosotros / que esa locura suya campe a sus anchas. Preparaos entonces.”)    

martes, 5 de septiembre de 2017

Una botella






Se publicó antes del verano Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (201-2016). Es el hermano mayor de una antología más sucinta, esta en tamaño bolsillo, también seleccionada por León Molina y publicada igualmente por La Isla de Siltolá dedicada al género. Realmente, el caudal de agudezas que discurre por el libro es enorme, y entre sus virtudes se encuentra la de aunar a nombres suficientemente conocidos otros que muchos descubrirán en estas páginas. Personalmente, habría agrupado los aforismos por temas o habría tratado de colocarlos en perchas diferentes, con algún tipo de criterio más allá del de estos capítulos abiertos con números romanos. Ello tiene sin embargo la consecuencia de que hay que espaciar la lectura para no fatigarse, lo cual es en realidad el mejor modo de leer estos y otros aforismos, que como tiros de precisión que son pierden definición y puntería en la humareda de toda una canana disparada sin interrupción. Hay decenas que podrían escribirse en mármol. Uno que también, pero que se escurre, por lo efímero de su objeto, es este de José Ángel Cilleruelo: "El tiempo es una bebida que se consume creyendo que la botella sigue llena en la nevera."