viernes, 22 de septiembre de 2017

Ave Fénix



SOBRE EL ÚLTIMO DYLAN






Bob Dylan, como el muérdago con el roble, es un parásito. Un parásito de nuestra vida, a la que se adhirió hace ya muchos años y que ha decidido no soltarla, agarrado siempre a ella de una forma u otra, transformándose como los peores bichos que se adaptan para sobrevivir. Como el muérdago es una figura entrañable, cálida, un parásito bienvenido. De Dylan fue el primer disco que compré (un long play de vinilo que escuchaba en el tocadiscos en sonido mono, nada de stereo) cuando tenía quince años; sus canciones folk me prepararon para el descubrimiento de la música tradicional irlandesa y escocesa; sobre Dylan fue la primera columna que publiqué en un periódico cuando comencé una colaboración semanal que se llevó por delante la crisis hace ya bastantes meses. Una crisis que ni en lo económico ni en lo personal a parece haberle afectado a él, pues está mejor que hace quince o más años, en una excelente forma. Con la voz cascada, es cierto, pero con más vigor y un superior control de sus posibilidades; por decirlo así, con un dominio milimétrico de sus carencias.
Yo creía que me gustaba Dylan, que algo sabía de él. Naranjas de la China. Lo que he descubierto en los últimos tiempos me hace ser un analfabeto total en la dylanmanía; comparada con la pasión que he descubierto en otros, mi gusto y mi interés son nada o cotizan en negativo en la Bolsa de las devociones musicales. Estas páginas son mi confesión. Cantaré, cantaré La Traviata. Reconozco que soy un mindungui en el fervor que rodea al cantante, un miserable grano de arena ante las dunas de otros. En asuntos dylanianos soy, como decimos en Sevilla, un papafrita. Sí, lo reconozco. Dónde hay que firmar.
            Yo, que tanto amé su música, en esto del amor absoluto soy ahora consorte. A mi mujer le dio hace tres o cuatro años la ventolera –Blowing in the Wind– y ahora es más del bardo de Duluth que yo mismo, me ha superado como un disco doble aventaja a un single. Por ella, mi cicerone en estas locuras, he ido conociendo algo de los fans de Dylan y mucho más acerca de este. Así, hemos viajado a algunas ciudades en pos del cantante. Y, justo anoche, aunque esto se publique más adelante, hemos regresado de escucharlo en uno de sus mejores conciertos de los últimos tiempos (no es un capricho mío, lo afirman muchos), celebrado en el Palladium de Londres, que es una especie de Royal Albert Hall en pequeño a literalmente dos pasos de Oxford Circus.
            Dylan ha estado tocando una parte de su Never-Ending Tour, que anda ya por su cuarta década, en Gran Bretaña e Irlanda. Tenía programado un concierto en Wembley, pero entonces se sacó de la manga un trío de ases: tres fechas adicionales pero no en un estadio, sino en un teatro, un lugar amplio pero recoleto (si se me permite) y con excelente acústica, particularmente apto para el estilo de música que últimamente graba, en la línea de Sinatra y los crooners famosos. Ha servido sin duda como promoción de su nuevo disco triple, Triplicate, en el que vuelca su sabiduría y lo más que da de sí su voz en los standards de la tradición americana de mediados del siglo XX. Una tradición que no recupera por un afán arqueológico, sino porque dice que son canciones que le tocan de cerca, con las que le es posible emocionarse y no solo desenrollar maquinalmente su alfombra mágica como un lorito de repetición. Que el último Premio Nobel de Literatura cante ahora treinta letras de otros parece –treinta monedas de plata– el precio de la traición a la Academia Sueca, que lo ha galardonado precisamente por su escritura, por condición de cantautor. Desde luego, no puede parecer más humorada.
            A veces se mueve –no puedo, no puedor– como Chiquito de la Calzada por el escenario, con algún pasito atrás, con leves torsiones pintorescas. Se echa la mano a la cadera, agarra el micrófono y casi baila con él, se inclina sobre el piano como si fuera más alto de lo que representa. Y eso sí, nada más terminar cada canción se sume en la oscuridad, presumiblemente para no tener que saludar o que se le robe un gesto de agradecimiento, una rendija en su hieratismo. Su traje –la arruga es bella– semeja un cruce de Armani y de pordiosero al que han entregado unos trapos en la parroquia. Lleva el traje un bordado de flores y espadas carmesíes, apenas perceptible en la distancia como el desvaído bigote que tendré la delicadeza de no comparar con el de Aznar. Con el sombrero blanco parece un gaucho más de Bolaño que de Borges aunque, desde luego, sea ajeno al terciopelo de la voz de Gardel. Pero es de la América del Norte de lo que canta (aunque también ejecute, y no hay aquí doble sentido, la francesa The Fallen Leaves). La banda, comedida, profesional, es una de las más perfectas que hoy ruedan por las carreteras: Tony Garnier al bajo, Charlie Sexton a la guitarra, Donnie Herron a la steel guitar y el esporádico violín, Stu Kimball a la guitarra también y George Receli a la percusión.
            Frente a los almacenes textiles Liberty con su fachada de vigas de estilo Tudor que parece que parece que vaya pasar bajo ellas el mismo Shakespeare camino de otro teatro, el Globe, y al principio de la calle que prestó su nombre al poemario de Leopoldo María Panero Así se fundó Carnaby Street, hay aparcados un camión de gran tonelaje y dos autobuses de Beat the Street, la empresa austriaca que lleva de un lugar a otro a Dylan y a sus músicos. Cuando es la hora de la prueba de sonido, varios gorilas se apostan junto a la reja de la puerta de camerinos del teatro y dificultan cuanto pueden el acoso al astro. En otro momento del día vemos a un operario acarreando algo fuera del tráiler. Extrañamente, vemos en el interior de este muchas bombonas de gas ¿de oxígeno, para la estrella? ¿Será ese el secreto de su magnífica situación actual? Tendrán otra explicación, claro, pero uno se queda con la mosca detrás de la oreja y fantasea con una suerte de elixir mágico, bálsamo de Fierabrás para este resurgir, como de ave Fénix, de Dylan, que ha superado baches y ahora está estupendo, renacido.
            Uno de los amigos de mi mujer que no nada en la abundancia y quizá se ahogue a ratos cumple esta noche los ochenta conciertos, ochenta muescas en la carcasa de su avión dylaniano. Que serán algunas más cuando finalice la gira, tras las de Cardiff, Bournemouth, Nottingham, Glasgow, Liverpool, y Dublín, el broche de la misma. Hace dos noches eran 78, pues ha asistido a los tres conciertos seguidos que ha dado el de Minnesotta en Londres, la víspera y la noche anterior a esta. Pero S. (daré solo su inicial) no puede medirse con otro de los componentes o fratres de esta logia, que ha visto en directo a Dylan no 90 ni 100 veces, sino 350. Al final del concierto coincidiremos con otro de los fans, que tampoco se ha perdido ninguna de las actuaciones de este tour británico y que queda con S. para verse mañana en la capital de Gales (el Gales del que procedía el nombre Dylan, de Dylan Thomas, que el cantante y compositor ha transformado en apellido).
            Es un fenómeno del que todos hemos oído hablar, el de los fans pero que muy fans, quienes siguen a los solistas y grupos en sus periplos y que viven prácticamente como ellos on the road, liando el petate y yendo de una ciudad a otra pero sin la comodidad de esos autocares que llevan a las estrellas como naves oscuras de La Guerra de las Galaxias o corceles azabaches en algún romance artúrico (el mago Merlín se diría que ha tenido mano en este mantener con tanto brío a Dylan, que es, sacando a diario la espada de la piedra, el rex quondam rexque futurus, el rey que fue y que será, pues nadie se remonta a un pasado musical más mítico con tanta autoridad para perpetuarse). Hay alguna gorrona (y por su aspecto también un poco gorrina) que no compra maldita la entrada y se limita a apostarse como un avezado cazador a la puerta de los auditorios a ver a quién le saca un ticket gratis, huérfano a última hora y que la caridad pone en su mano para que lo cuide en el calor de la sala de conciertos. Me dicen que la tal fan desestima las localidades peores y aguanta estoica, avezada jugadora de póker cuyo comodín es siempre “Mr. Tambourine Man”, hasta que obtiene gratis et amore un buen asiento. El riesgo es que a veces la jugada le sale mal y se queda  sin entrada esa noche. ¿Pero qué es una noche comparada con la suma de muchas seguidas, en cifra que ronda las cien anuales en varios continentes?
El mismo día que llegamos a Londres se ponía a la venta 50 Years of Blonde on Blonde (no, naturalmente, el álbum de 1966, sino las versiones que de aquel ha grabado en directo un excelente grupo de música americana, Old Crow Medicine Show. El trato con Dylan de este grupo de bluegrass desenfadado y un poco punk como unos Pogues de Tennessee es ya prolongado: una composición olvidada del hoy Nobel les proporcionó su mayor éxito, “Wagon Wheel”. También les “dio” otra canción, gran éxito para el grupo: “Sweet Amarillo”. Pero son incontables quienes han hecho covers de Dylan, de su casi interminable discografía si se tienen en cuenta las grabaciones descartadas, clandestinas, secretas como pecios que afloran con las tormentas o a los que los buzos descienden para llevar arriba su oro.
Los fans han quedado tres horas antes del concierto en un pub cercano, el Phoenix, que se halla en la esquina más próxima de Cavendish Square. En su sótano está tocando los tres días londinenses un grupo de nombre tan sencillo como inequívoco, Simply Dylan, una tribute band que hace versiones muy ortodoxas del repertorio más conocido, las cuales chocan con la heterodoxia de las que ahora interpreta el propio músico, quien en un concurso de versiones dylanianas con jurado popular quedaría inmediatamente descalificado. Pese a lo que dije antes de su silencio lírico reciente, hay en la manera que tiene de modificar sus canciones como un prurito de dar la razón a los académicos escandinavos: sí, las letras son las mismas (aunque también se permite alguna modificación), constituyen lo sustantivo, porque les cambia la melodía, los arreglos, hasta hacerlas a duras penas reconocibles.
            Cuando comience el concierto le oiremos hacer un repaso por algunas de las canciones claves de su carrera, aunque son tantas las obras maestras que el grueso de las más conocidas queda necesariamente fuera, lujo que pueden permitirse muy pocos. Suele tener una lista bastante fija, pero acaso para satisfacer a los fans recalcitrantes ofrece algunas variaciones y sorpresas. Esta noche en concreto desgrana “Things Have Changed”, “To Ramona”, “Highway 61 Revisited”, “Beyond Here Lies Nothin’”, “I Could Have Told You”, “Pay In Blood”, “Melancholy Mood” “Duquesne Whistle”,
 “Stormy Weather”, “Tangled Up In Blue” “Early Roman Kings”, “Spirit On The Water”, “Love Sick” “All Or Nothing At All”, “Desolation Row” (que causa la locura del respetable), “Soon After Midnight”, “That Old Black Magic”, “Long And Wasted Years” y “Autumn Leaves”. Las propinas serán gloriosas: “Blowin’ In The Wind” y “Ballad Of A Thin Man”. Comenzará con casi obsesiva puntualidad a las ocho y antes de las diez habrá acabado, sin un descanso, sin dar tregua entre las canciones.
            El público tiene ya una edad, con pocas personas en la audiencia por debajo del medio siglo. Hay blancas melenas de caballeros sueltas y recogidas, damas que debieron de ser muy hermosas hace cuarenta años. Una de ellas sangra por la nariz. Ha tenido varias operaciones y de vez en cuando se resiente, tapizando con una bandera abstracta del Japón el pañuelo de papel que sostiene en la mano durante toda la actuación. Antes y al final de esta, casi todos los hombres van a aliviar la vejiga, con la próstata ya haciendo de las suyas. Hay bastantes jubilados en la sala, lo que les permitirá seguir el tour sin obligaciones laborales. Otros hay que no tienen oficio ni beneficio y que milagrosamente sacan el dinero para las entradas, las sucesivas entradas, a menudo en la reventa institucionalizada o por medios inusuales como clubs de fans o directamente invitados por alguno de los integrantes de la banda, con quienes ya tienen confianza después de tantas noches, ciudades y escenarios. Los hay muy pudientes para llevar este tren de vida, como X, que posee ya varios cuadros de Dylan y a quien esta tarde le han ofrecido, privadamente y con invitación a vino o café con pastas, algunos lienzos que no estaban expuestos en la galería que, simultáneamente a la gira, cuelga grabados y serigrafías del músico, del escritor, del artista.
No es Hockeny por más que este pintara Malibú en un lienzo que se halla expuesto en la retrospectiva de su obra en la Tate (no digo Britain porque para mí la Modern es como si no existiera). Pero Bob Dylan le da desde hace mucho a los pinceles y la Halcyon Gallery en el elegante barrio de Mayfair, en plena New Bond Street, exhibe seis muestras de The Beaten Path, una serie de serigrafías firmadas por el propio Nobel entre obras de Lorenzo Quinn o Andy Warhol: una gasolinera, una silueta de Nueva York (¿o es san Francisco?) bajo un cielo enrojecido, el puente de Brooklyn, un motel, un clásico diner con anuncios de batidos, burritos y hamburguesas de queso. Hay también a la venta maletas con viejas etiquetas que contienen el catálogo. El precio es estratosférico, pero muy inferior a las 9.550 libras que cuestan las serigrafías sin enmarcar y 12.000 enmarcadas. También, esculturas en metal que incorporan a los herrajes herramientas. El ambiente de la galería es chic y nada tiene que ver con el del Village neoyorquino que vio los primeros pasos de Dylan, que se reinventa y cuando parecía que se había quemado ha removido sus propias brasas y ha salido de sus cenizas aunque con la garganta algo chamuscada. Por ello y por sus inquietudes no solo musicales sino en otras disciplinas, cabría llamarlo “Fénix de los ingenios”, como a Lope. En su caso, además, más que ave es pez, pez que se escurre cuando se pretende pescarlo, ajeno a las redes y anzuelos, a las falsillas, a lo que se espera de él. Curiosamente, yendo a lo suyo va a lo nuestro, como demuestra que sus seguidores no lo hayan abandonado tras tantos vericuetos y –sorprendentes– cambios de dirección.
A la salida del concierto chispea, pero no se aguan los adjetivos que profieren los fans, ni desdibuja la lluvia lo exultante de sus sonrisas. Hacía años que Dylan no estaba tan bien. Podemos dar fe modestamente de ello, aunque las veces que lo hemos visto se pueden contar con los dedos de una mano. En alguna sala superior se está celebrando en este momento una fiesta con que se agasaja a los VIP. Vuelvo a ver a alguien que ya avisté a la entrada y para mí es muy importante aunque esté de nuevo a ras de calle: Sean Cannon de los Dubliners, superviviente del grupo y que también está en excelente forma y con envidiables reflejos: cuando antes de entrar me dirigí a él reconociéndolo pero con mala memoria le pregunté que si era Eamonn (por Eamonn Campbell, otro dublinés de pro) me dijo sonriendo maliciosamente que no. Tonto de mí por equivocarme no de rostro sino de nombre. Con Irlanda vuelvo al principio de este artículo y del comienzo del concierto: siempre bebiendo en lo tradicional y haciendo de su capa un sayo, como es ya norma desde hace tiempo Dylan hizo que la banda arrancara rasgueando las notas de ese clásico de la Isla Esmeralda y de mi corazón: “The Foggy Dew”. Me acordé como siempre del llorado Liam Clancy, otra leyenda con quien Dylan coincidía en los garitos de Manhattan hace casi sesenta años. Quiero decir, ayer.


(Publiqué este artículo en el penúltimo número de la revista Clarín)




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