sábado, 30 de septiembre de 2017

Cataluña: la lección irlandesa




Escena de la Guerra Civil irlandesa en Cork


Si a un químico le trastocan la fórmula del agua y le dicen que ya no intervienen en ella hidrógeno y oxígeno, o que estos se combinan en otra proporción, lo más probable es que pida un vaso del “líquido elemento” para reponerse del susto. Así, aunque pocos se darían cuenta, cuando Junqueras dijo hace meses en televisión que Cataluña haría un referéndum sobre su independencia como los que habían hecho otros países. Y citó a Irlanda. Es decir, reformuló el H2O para llevarlo a las tesis del 1-O.
            En Irlanda no hubo tal referéndum, y el camino a su independencia fue bien distinto del que se ha emprendido aquí (con muchas razones por el lado irlandés, con pocas en el catalán). Someramente, la cuestión es como sigue: Irlanda, isla con una cultura y una lengua únicas, siguió a su aire cuando en Europa se extendió el Imperio Romano (Hibernia, a diferencia de Britania jamás fue provincia); luego, fue ajena a la invasión anglosajona que a partir del siglo VI cambió la fisonomía de la isla vecina, donde arraigó la nueva lengua germánica que se convertiría en el inglés; aunque sufrió ataques vikingos y se benefició de asentamientos escandinavos (lo es Dublín), fue predominantemente céltica hasta la llegada de los anglonormandos en el siglo XII, que tampoco barrieron lengua y costumbres, sino que se integraron. En definitiva, Irlanda (no pura sino como identidad en evolución) se mantuvo independiente en multitud de reinos y señoríos hasta el siglo XVI, cuando Inglaterra comenzó campañas para dominarla y aplastar, junto al catolicismo, lo que le era característico y propio. Fue cuando el envío de colonos protestantes a espuertas y, en el XVII, la sanguinaria represión de Cromwell. Contemporáneo de aquellas luchas fue, ya entonces, el deseo irlandés de sacudirse al invasor. Resumiendo mucho, la historia de Irlanda desde aquel momento ha sido la de la lucha por su independencia, con un momento álgido en 1798 y sucesivas revueltas que desembocaron en la más célebre de todas: el Levantamiento de Pascua de 1916.
            Hace poco más de cien años, un grupo de revolucionarios con poco apoyo popular se alzó por las armas contra Inglaterra; fue la ejecución de los cabecillas lo que hizo que la sensibilidad de los irlandeses cambiara y que, indignados, abrazaran la causa del independentismo. Conviene recordar que en aquel momento la isla no tenía autogobierno (el tan peleado y muchas veces prometido Home Rule), y que desde el Act of Union de 1800 Dublín carecía de Parlamento regional y los diputados tenían que trasladarse a Westminster. Además, en 1846 se produjo una Hambruna agudizada por una gestión pésima: ese año y los siguientes, cientos y cientos de miles de irlandeses de todas las edades murieron en su tierra o tuvieron que emigrar, dejando pueblos fantasmas. Hablada por los campesinos y el grueso de la población desfavorecida, la lengua irlandesa (el gaélico, para entendernos) sufrió un golpe mortal que vino a sumarse al no desdeñable de las leyes penales del siglo anterior, un rosario de trabas que procuró una limpieza, si no étnica, sí religiosa y lingüística.
Por su parte, Cataluña jamás ha sido colonia, su pueblo ha sido y es rico, no hay conflicto religioso, no se conoce más emigración que la de los años recientes a causa de la crisis general, ha padecido las mismas guerras que el resto de España y, si en tiempos de Franco sufrió claramente el hostigamiento y ostracismo de su lengua, hace décadas que el catalán es idioma oficial. Además, goza de una profunda autonomía, Parlament y Govern propios y una fuerza policial, los Mossos, desplegada en sus cuatro provincias con enormes competencias.
Hasta aquí, las muchas diferencias con Irlanda. Pero en manos de los independentistas, y en sus neuronas, está evitar complejas y espinosas similitudes. Tras el fracaso del Levantamiento de Pascua se produjo una guerra de independencia; y, tras esta, una guerra civil sobre la que conviene detenerse un instante: los enfrentados lo fueron por la postura de unos y otros ante la partición de la isla. Sucede que la mayoría de los habitantes de la provincia del Ulster eran protestantes y partidarios de permanecer en el Reino Unido. Estos llamados unionistas se salieron con la suya y crearon una entidad artificial, Irlanda del Norte, que no se correspondía con el mapa real de la provincia: seis condados se quedaron con Inglaterra y tres pasaron al nuevo Estado. Quiere esto decir, más allá de las heridas abiertas, que Irlanda ya no forma parte del Reino Unido, pero en realidad ni Éire representa hoy el sueño de una isla unida ni el Ulster, con independentistas a un lado y unionistas a otro, ha permanecido tampoco entero. ¿Es Cataluña, digamos, “una unidad de destino en lo universal” que una vez abierta la compuerta del referéndum y la autodeterminación vaya a permanecer inalterable? No se trata, claro, de que engulla el Rosellón, la Comunidad Valenciana y la Balear, sino, ojo, de que territorios no partidarios de la independencia (municipios importantes y alguna provincia) dejen de formar parte de la Cataluña segregada con la que no se ven identificados. Puestos a votar, y vinculante el resultado, que se respete la voluntad de todos. ¿O va a ser más irrompible Cataluña que España, el nuevo Estado que aquel del que este se quiere marchar?
Junqueras no dijo la verdad sobre el referéndum irlandés. En Irlanda no había desde 1800 autonomía, la independencia mutilada se obtuvo mediante las armas contra propios y extraños y solo a partir del Estado Libre de Irlanda, proclamado en el Sur por la práctica totalidad de representantes electos (no como ahora en Cataluña), existió algo parecido a lo que una parte del secesionismo hoy quiere ser. Referéndum de independencia como tal no hubo, solo el plebiscito de 1937 que tres lustros después de la sangría aprobó una Constitución que sucedió a la del Estado Libre y situó al país (pero solo a 26 de sus 32 condados) en un sistema autárquico, plegado sobre sí mismo y de nuevo con la gran hemorragia de la emigración.
En el debate del derecho a decidir hay que poner todas las cartas sobre la mesa. Por lo que hace a las ideas, el pueblo catalán no es más homogéneo que el irlandés hace cien años. ¿Se respetará entonces el derecho a que cada área elija de verdad dónde quiere estar, aun al precio de la partición? (Una partición que cerrada en falso, como suele ocurrir, generó allí la enorme turbulencia, el terrorismo y la guerra sucia de finales de los años sesenta y los dos decenios siguientes.)
¿Quieren los catalanes sacrificar su formidable autonomía y la integridad de su territorio para embarcarse en un proyecto plagado de zozobras cuya única consecuencia posible, si nos atenemos a lo democrático y participan de verdad todos, supone la fragmentación de la misma Cataluña? No se olvide el referéndum de Quebec, donde se preveía que las circunscripciones en que saliera no a la independencia quedarían al margen del nuevo ente. Ente es, por cierto, una buena palabra para un texto de ciencia ficción o de horror. Por el enfado de una coyuntura, por el berrinche contra un gobierno, ¿desean los independentistas perder zonas de su territorio, secciones de su pueblo, el comercio con su mercado natural, la pertenencia real, sin futuribles, a la Unión Europea? ¿Quieren que transcurra un siglo, como en Irlanda, sin que haya arreglo? ¿Es eso lo que quieren, lo que queremos? A veces, al agua, cuando hierve, hay que ponerle tila.

1 comentario:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Cataluña puede exhibir y presumir de su muy respetado idioma, de su cultura, de sus intelectuales (Dalí, Tàpies, Miró, Cavallé, Carreras, Espriù...) presentes y pasados sin ningún problema. Algunos casi aprendimos catalán para entender a Lluis Llach (y hoy nos sentimos defraudados por él). Cataluña es admirada en todo el mundo como nación cultural. Y España y lo español no son para ello ninguna rémora. No se entiende pues que hablen de sumisión en lo cultural, y mucho menos en lo político. En España todos, al margen del territorio, tenemos los mismos derechos y eso es incompatible con el colonialismo. Basta ya de cinismos y de monsergas.