viernes, 15 de septiembre de 2017

Una voz entre el ruido





Ni siquiera figura el nombre del autor en la cubierta. Solo por la contracubierta y el lomo sabemos que se trata de Marcos Matacana Martín. Dejaré a un lado el asunto de la identidad del autor para centrarme en la voz de estos poemas, en el protagonista poemático de una de las colecciones más coherentes y desoladoras de las publicadas en lo que va de año, si no más, y que desde luego es muy superior a la mayoría de títulos que se han aúpado desde hace varias temporadas a las listas de más vendidos en poesía que publican los suplementos. 
     Con poemas en general de mediana extensión o incluso relativamente largos (varios superan los cien versos), sin signos de puntuación pero con solvente y hasta brillante prosodia de silva, de gran musicalidad, las páginas de este libro que rondará las doscientas páginas sin numerar, Polvo en el aire, dibujan un protagonista reiterativo, obsesionado, que siempre está escribiendo de unas pocas cosas: las relaciones fracasadas, las pensiones y hoteluchos, la bebida, las prostitutas, el tabaco, un nihilismo radical adornado de vómitos y fetideces. Pero es esta una obra de alguien que conoce la tradición (no solo Bukowski, no solo Carver, sino también Bécquer o Cirlot) y se convierte, beat español que no tiene nada que envidiar a muchos de los norteamericanos, en un aullido de dolor difícilmente aplacable que discurre entre Eros y Tánatos.
     Hay mucho lenguaje coloquial, pero también referencias cultas; numerosos momentos desagradables y otros de una vulnerabilidad y fragilidad máxima. Matacana es una mezcla de Wolfe, Iribarren, Ginsberg y muchos más, pero como también Ballerina Vargas Tinajero, la poeta que recientemente se ha dado a conocer y con quien tiene tanto en común, Matacana es él mismo sobre cualquier cosa, porque una fórmula no es solo los elementos que intervienen en ella, sino un ars combinatoria que tiene mucho de alquimia.
     Hay numerosas composiciones en las que impera lo sórdido y que acaso echen para atrás a lectores pudibundos. Esta elegía, sin embargo, es demoledora. La traigo aquí como invitación a la lectura de un libro casi secreto, demasiado secreto:

HERENCIA

                                                        y sin calor las manos regresan del poema
                                                         José Julio Cabanillas


en África mi abuelo fue
o eso decía siempre
el soldado de su batallón
con mejor puntería

con los años sin embargo
se fue quedando ciego y lo recuerdo
inclinado sobre la mesa
rozando con las gafas la rugosa
superficie del papel
de un libro abierto

en las últimas visitas que le hice
cuando todo en esa casa era penumbra
me pedía que le leyese él no podía
aquellos viejos libros de poemas
Rafael Laffón Foxá
Murube o Bécquer
velados de amarillo y manchas negras

para qué otra vez si ya
te los sabes de memoria
y él mirando
Dios sabe viendo qué
me sonreía

en la mili yo también
presumía de puntería y un brigada
de esos gordos con bastante mala leche
me gritaba joder macho deberías
dedicarte a esto y dejar ya
tanta mariconada
eso fue lo que me dijo
exactamente

                     y esta tarde
al guardar las gafas en su estuche
negro que parece un cargador
he visto los dedos
las mismas manos
borrosas y desenfocadas
de mi abuelo

y he cerrado los ojos
y he acariciado el lomo de los libros
soldados alineados ensayando ya
la despedida