domingo, 15 de octubre de 2017

Mundo y palabra






Lo dice muy bien Antonio Colinas en esta antología de Alejandro López Andrada que ha seleccionado y prologado para la editorial Hiperión: "Estamos, pues, ante un poeta que, por una parte, tiene un mundo y unas raíces en las que sustentar su canto, y por otro con un poeta que sabe iluminar su palabra". Efectivamente, El horizonte hundido manifiesta un ámbito propio que queda realzado, recuperado, reescrito mediante una magnífica capacidad lírica, con un lenguaje primoroso y con una de las dicciones más melodiosas de las que se pueden encontrar hoy en España.
     Se recogen aquí composiciones de El valle de los tristes (1985), Novilunio en Allozo (1988), Códice de la melancolía ((1989), La floresta de amianto (1992), Álbum de apátrida (1994), El rumor de los chopos (1996), El cazador de luciérnagas (1996), El humo de las viñas (1998), Los pájaros del frío (2000), Los árboles dormidos (2002), El vuelo de la bruma (2005), La tierra en sombra (2008), Las voces derrotadas (2011), La esquina del mundo (2012), La tumba del arco iris (2013) o Los ángulos del cielo (2014). Como se ve, una obra constante y ya dilatada. Además se ofrecen diecisiete poemas inéditos. Salvo estos, todos los textos se presentan sin solución de continuidad (solo con la apostilla menuda de su prodecencia), como afirmando la evolución concordada, sin saltos, de una poesía que crece sobre sí misma, en circunferencia cada vez más honda, sin alejarse de su centro.
     Poeta rural de la provincia de Córdoba, López Andrada me recuerda a otros poetas campesinos en los que la tierra y la naturaleza del campo son las protagonistas. Me hace pensar en cierto Miguel Hernández, entre huertas levantinas, y en el inglés John Clare y su entorno, que es a la vez su núcleo, agrícola. También en el Robert Frost granjero al norte de Boston. Es una delicia leer este léxico de López Andrada, con sus emociones y su ritmo:

Vienen los labradores del olvido:
la voz de surco,
el alma que envejece
(en las cañadas grises, 
bajo el vuelo 
del avefría, muere la simiente).

Sabe a la perfección el poeta construir el correlato entre el paisaje y su alma, como en "Indolencia", de tan hermoso arranque que tiene también prendido en el pico, como si de un ruiseñor se tratara, un dejo de Keats, de dos de sus mejores odas (si es que tal cosa hay en la uniforme belleza, si caídas, de las mismas): 

Hora pálida: en mi derredor
hay pájaros de mimbre, lluvia, lirios
ya deshojados, libélulas,
y el fin
del otoño fermenta ya en mi pecho.

Ya me referí arriba a la destreza de López Andrada con la música de los versos, polimétrica y elástica. Se ve en las líneas anteriores. Valga para demostrarlo igualmente el final de "DNI", donde los versos se contraen para tomar impulso:

Abro la mano
y brota de ella el tiempo,
el vértigo inocente de la luz,
la voz de un hombre muerto que se aleja
y se hace luna roja
en la colina,
adobe en las paredes del ayer.

Pero también es un maestro de la imagen, como cuando en "Nadie" brinda esta:

o el río
que, amaneciendo, pasa frente a mí
como un sereno y líquido pastor guiando la inocencia de dos nubes.

Hay muchos poemas que son absolutos logros, como "La tumba del arco iris" o "De otras primaveras", que acaba también con una imagen acuática que remonta el curso del tiempo:

Digo a mis hijas, también,
que fui en las ovas
del breve arroyo una trucha mansa,
y ellas quieren cogerme,
y mi niñez
se escurre azul, entre sus dedos de agua.

Ya anuncia el poeta la aparición próxima de un nuevo libro, Los cielos del Báltico. Será cosa de no perdérselo.




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