Orillas del Guadiamar





Donde la charca busca, grave, el centro
de sí misma, las aves sumergían
sus zancas en el agua.
Chopos de la ribera las miraban
con sus patas también hundidas en la tierra.
En los carrizos,
aquella luz de otoño que pudiera
lucir primaveral.
            Hoy todo
nos condujo hasta aquí. Por el sendero,
los pasos se despiden de las piedras,
su ofrecida amistad; de alguna rama
que no quiere llorar por su orfandad
y ofrece desgajada su consuelo
para la nuestra.
Guijarros por el cauce desecado
recuerdan el reflejo de los juncos.
El mundo se repliega
como flor en la tarde
cuando oscurece.
Salir al campo es entrar en uno,
preso de libertad y vuelo alegre,
igual que un abejorro entra en un cáliz.


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