De haijin a haijin





El escritor de haikus recibe el nombre de haijin. Julien Vocance fue un temprano cultivador del haiku en Occidente. Escribió una serie de ellos en torno de la Primera Guerra Mundial, a la que acaso convenga que le repongamos el nombre que perdió cuando le salió una hermana: Gran Guerra. Cien años después de aquella catástrofe, la principal haijin española, Susana Benet, publica su versión -excelente- de aquellas visiones bélicas, que vieron por primera vez la luz en la Grand Revue en 1916. Lo hace en la colección de traducciones, popularmente llamada "de los rombos" de Renacimiento.
     El poeta francés (1878-1954) no murió en la contienda. Sus haikus, o como quiera llamárselos, pues no son ortodoxos como no lo fueron los de José Juan Tablada o los de Alejandro MacKinley entre nosotros, tampoco han muerto en la traducción: Benet los recrea con inteligencia y sensibilidad; cierto que con una flexibilidad métrica que se sale del 5/7/5 canónico (como ya lo hacía el original), pero el resultado es más que solvente. Entre aviones y ametralladoras, trincheras y balazos se filtra, incluso con humor a veces, la mirada, la voz del poeta:

Quince días a ras de suelo,
mi ojo conoce los más leves montículos,
las mínimas hierbas.


En otro de estos haï-kaï (así se escribía en francés), la inmediatez del terreno y la ausencia de elementos modernos hace que podamos estar leyendo un texto de hace mil años:


En las vértebras
del caballo mal enterrado
mi pie hace: chof…



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