domingo, 10 de diciembre de 2017

Flannery O'Connor y el humor









No sin razón, a la escritora nacida en 1925 en Savannah (Georgia) se la tiene por una de las voces más señeras de la narrativa estadounidense del pasado siglo. Su excelencia es indiscutible, pero la vindicación que hacen de ella los críticos y exégetas católicos, dada su confesionalidad y el toque religioso que aparece en muchas de sus obras (las novelas Sangre sabia y Los violentos lo arrebatan y las colecciones de relatos Un hombre bueno es difícil de encontrar junto con el póstumo Todo lo que asciende debe converger) podría sugerir una gravedad moral, una seriedad que en realidad no existe ni en su obra ni en lo que atisbamos de su comportamiento cotidiano gracias a epistolarios y testimonios. De hecho, ella misma, muy consciente de su obra y de su papel como autora, se dio cuenta de los peligros de los encasillamientos cuando escribió a John Lynch que “el silencio del crítico católico es muy a menudo preferible a su atención”, y que cuando buscaba en las revistas católicas que su madre recibía alguna reseña de Sangra sabia y no la encontraba se ponía tan contenta que ponía a rezar en acción de gracias.
Flannery O’Connor es tremendamente divertida, y el humor uno de los ejes principales de su obra. Ella misma fue consciente de que era un elemento que sabiamente administrado potenciaba lo trágico, y aseveró: “En mi propia experiencia, todo lo divertido que he escrito es más terrible que divertido, o solo divertido porque es terrible, o solo terrible porque es divertido”. Esa vis cómica está ya en los dibujos y caricaturas que cultivó en su juventud siendo estudiante y que publicó en periódicos escolares (la editorial Nórdica recuperó estas tiras cómicas hace pocos años). Algunas las envió a The New Yorker, pero fueron rechazadas (años después reconocería que no era una gran dibujante).
            El humor tiene diferentes manifestaciones en su obra escrita: la transcripción del acento sureño de muchos protagonistas (un acento que a veces a ella le hacía parecer paleta e incomprensible cuando hablaba en ciudades del Norte), la penetración psicológica del narrador omnisciente, que destapa los razonamientos pintorescos de los personajes, las descripciones deformantes a veces, primas del esperpento… Lo cómico es a menudo humor negro, como el final de ese cuento en el que un viejo general confederado que ha alcanzado los ciento cuatro años de edad tiene un comportamiento patoso, de viejo verde más que de adusto uniformado gris, siempre pendiente de las chicas (the guls), y estira la pata sin que su nieto boy scout que lo transporta en silla de ruedas se dé cuenta de que la ha espichado, atento como está a la cola que guarda para conseguir de una máquina expendedora una botella de Coca-Cola. También suele emplear el humor en nombres y apellidos, como cuando la sabihonda protagonista de “Buena gente del campo” abandona su nombre de pila, Joy (“alegría””) por otro extravagante solo para fastidiar a su madre. En “Un círculo de fuego”, la señora Cope teme que unos golfillos que se han presentado en su casa le prendan fuego a los campos de alrededor con una colilla mal apagada. Cuando ve que uno de estos chicos, apellidado Gawfield, lanza la colilla, ella le grita que por favor la recoja, pero su subconsciente la traiciona y lo llama Ashfield (“campo de cenizas”).
Otro de los ejes de la ficción o’connoriana es lo grotesco, sobre lo que ella misma se explayó en una conferencia. Allí teorizó de la manera más humorística cuando dijo que se había dado cuenta de que todo lo que procedía del Sur era calificado de grotesco por un lector del Norte, salvo que fuera grotesco, en cuyo caso era calificado de realista. Pero más que de lo grotesco, de lo que nos habla constantemente es de la gracia y mediante la gracia, en las acepciones de esta como “favor sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de la salvación” y “capacidad de alguien o de algo para hacer reír”. Ella padeció una grave dolencia y tuvo que someterse a transfusiones, inyecciones, cortisonas con importantes efectos secundarios, muletas, varias operaciones… todo para morir antes de los cuarenta. Pero aun así, no le parecía que la vida fuera una tragedia, y estuvo alerta para evitar que su dolor real se confundiera con la autocompasión, que le fue ajena. Cuando visitó el santuario de Lourdes para contentar a su madre y a una tía suya, se dio cuenta de que al menos ver a tantos tullidos y enfermos surtía un efecto: comprobar que había tantos que estaban mucho peor que ella. Con humor, otra vez, se lo contó en una carta a su amiga la poeta Elizabeth Bishop. Para O’Connor era mejor rezar que sufrir, más grande estar alegre que lamentarse.
Sobre Simone Weil anotó que lo que esta escribía le resultaba ridículo, y que su vida era “casi una mezcla perfecta de lo Cómico y lo Terrible, dos cosas que pueden ser las caras opuestas de la misma moneda”. Y poco después apostilló que al decir esto de Weil no pretendía en absoluto minusvalorarla, sino “rendirle el más alto homenaje del que era capaz”.
Los ejemplos del humor de O’Connor son muchos. En uno de sus cuentos más celebrados, “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, la abuela  que ya ha metido la pata en cuanto a la ruta de la excursión le dice al forajido que está segura de que es un buen hombre, que eso salta a la vista, poco antes de que este y sus esbirros se vayan cepillando a los miembros de su familia y finalmente a ella. “El negro artificial” ironiza sobre lo perdidos que están los habitantes de zonas rurales en la ciudad, y dejando el chiste en manos del señor Head (sobre la cocina del coche restaurante en el tren, que no le es permitida visitar a los viajeros, según él para que no vean las cucarachas) ella se queda con el humor, nada mostrenco, sutil, inteligente.
       En cierta ocasión escribió en una carta que de los autores extranjeros vivos uno de los que más le gustaban era el irlandés Frank O’Connor, y añadía: “Aún sigo aguardando que alguna señora de un club de lectura me pregunte si soy pariente de Frank O’Connor. A lo cual espero contestar: “Soy su madre”. Pero no ha habido ocasión de momento.” Teniendo en cuenta que el escritor había nacido en 1903, veintidós años antes que ella, la salida de la autora de Sangre sabia es aún más humorística. José María Conget la tiene entre sus escritoras preferidas. Se entiende: ajeno a las creencias de Flannery O’Connor, él es a su vez uno de nuestros autores de cuentos y novelas más divertidos.


(Publicado en Clarín)



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