miércoles, 27 de diciembre de 2017

Lectura de Elsa Cross





Entre los libros que me apetecía comprar en México estaba la Poesía completa de Elsa Cross, publicada por Fondo de Cultura Económica en 2012. Y me hice con él en el amplio módulo de la editorial en la FIL de Guadalajara, donde habría que entrar con una carretilla sino con un camión con tráiler. Ya en casa lo he leído con interés, placer y en algunos momentos deslumbramiento. Tiene una obra extensa Cross (el volumen roza las 800 páginas, con veintinueve títulos, y después ha publicado algo más en la editorial Era). Me temo que en España, aunque el pasado otoño fuera invitada a Cosmopoética, es poco o nada conocida. Y e una lástima que así sea.
     Elsa Cross (Ciudad de México, 1946, residente en Cuernavaca) es una autora que se preocupa por la materialidad del poema (mima el ritmo, cuida los cortes versales, organiza con mano firme su arquitectura en diferentes secciones o cantos). Pero también atiende como pocos a las cuestiones metafísicas: ejemplo de ello son las numerosas composiciones que tienen inspiración en la India, sin que allí se agoten sus escenarios, pues también Grecia deja su huella, como la Provenza de los trovadores, al comienzo de su carrera, con un excelente poema dirigido a Arnaut Daniel. En la breve presentación a esta Poesía completa, Cross escribe (con palabras que una atenta lectura refrenda): "La poesía ha sido muchas cosas para mí: el registro de una experiencia del mundo y una forma de conocimiento, ha sido búsqueda y encuentro, una contemplación, un juego, un diario de viaje. Aunque siento que la poesía es intemporal, y nunca he podido ubicar la mía propia dentro de alguna corriente, si tuviera que circunscribirla a alguna tradición, diría que mi escritura se ha nutrido de una larga sucesión de poetas que han ligado el ser a la palabra y la naturaleza, y han exaltado el canto."
     Corre el riesgo esta poesía, y más así al por mayor, de convertirse en algo monótono, repetido, indistinto. A veces al lector le puede parecer que los poemas carecen de individualización, que adolecen de un desparramiento que resta intensidad, concentrada fuerza en un punto. Pero la poeta juega con el efecto acumulativo, no apuesta por la breve canción sino por la salmodia, aunque al comienzo de su carrera cultivó el poema breve en "Verano", libro al que pertenece este escueto 6:

El territorio, tu cuerpo.
Y sea mi tiempo
la duración de tu caricia.

Hay de toda su obra un poema también relativamente breve que me llevaría a una isla desierta o que haría llegar el primero a la orilla salvadora de una antología. Pertenece al posterior (pero también temprano) La dama de la torre. Es este:

OSTIA

El mar se hizo para tormentas y naufragios,
para gritos inútiles.
Pero me acuerdo de la arena:
tenía granos azules, negros y amarillos,
arena oscura.
Quedaba en la mano al sacudirla.
Me acuerdo de la calma en el paisaje:
intensa lentitud de la marea,
sombría, apasionada.
El mar me duele por motivos que no importan.
Arena pegajosa,
mala arena para hacer un reloj,
para indicar el paso de mareas y de lunas.
Arena fiel y torpe, deteniendo una tarde.



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