lunes, 12 de marzo de 2018

Un poema de hoy



UN CAMARERO

Salí con prisa, y no saqué las gafas
de lejos; las de cerca aún tenían
la lectura reciente en sus cristales
y con ellas puestas seguí
leyendo el manuscrito del mundo
también por calles y por plazas.

En el bar habitual, el camarero
de costumbre me puso lo de siempre.
Y comencé a beber, cuando de pronto
un camarero nuevo me pasó
por delante llevando unas cervezas.

Solo fue con la tercera mía
cuando me di cuenta de quién era
a pesar de mis ojos miopes
y una cierta ebriedad en la mirada:
un tipo al que le hice hace diez años,
o más bien quince, casi veinte,
una entrevista de trabajo
y al que ya rehuí otras veces al verlo
camino de otros bares o de este.

Yo era el culpable de que estuviera allí:
si pude contratarlo, no lo hice
y él siguió poniendo tapas, tintos,
la cara amable al dar la vuelta
y gesto ausente, ahora, al enfrentárseme.

No me reconoció, o bien caló muy bien
quién era yo y no quiso
mostrar que me identificaba.
No sé. Al otro lado de la barra,
una posibilidad no cumplida,
colado vino por el fregadero.

Hice el ademán de pagar, pero entonces
el camarero de siempre se metió
en la cocina, y este otro, más calvo,
más canoso, más triste, más espejo de mí
(también de mis fracasos),
me dijo cuánto era. Tierra, trágame
como media ración o como un vaso
de gazpacho en verano,
amargo su pepino
(que luego costará que se digiera).

Tampoco di señales de reconocerlo
y, antes de hacer mutis por el foro,
sobre aquella madera fronteriza
e igual de desgastada que nosotros
le dejé una propina, ya que no

le pude dar jamás el finiquito.

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