domingo, 12 de agosto de 2018

Un poema cubano



EN EL VEDADO

Cómo construyen estas casas
nuestra derrota.
Paredes descarnadas, son espejo
muy minuciosamente
de quien las mira,
lo sepa o no lo sepa, porque avanza
también su decadencia, como escupe
fumarolas de espuma el oleaje
que rompe el Malecón y avienta tapas      
de alcantarilla con las algas
que el mar no quiere ya bajo su techo.
                                 
Este salitre
es saliva de un viejo que relame
la piel de una mujer adolescente
–anciana hoy, de pronto cuarteada–.
Con su lengua despega la suela de zapatos,
corroe las columnas y el herraje,
descascarilla el sol de la madera.
La pintura se fue, ya solo queda
el macilento rostro de los años.

En los zaguanes,
los cables retorcidos e imposibles,
los contadores
que marcan tiempo antiguo en la penumbra
y rejas que parecen
no evitar al intruso:
                                 si acaso, prevenir
que el pasado se escape de estos patios.

Pero todo es lección de que el instante
igualmente devora a lo que huye:
en la vieja raíz, la exuberancia
que trepa por las ramas del ahora.

También una mulata, es la ciudad
–esta sangre mezclada–vida y muerte.

No hay comentarios: