Camino de Shropshire




El doctor Samuel Johnson dijo con juicio célebre que quien se aburre de Londres es porque se aburre del mundo. En esta ocasión no voy a tener ni asomo de posibilidad de aburrirme de Londres, adonde llegué esta noche, porque no es mucho el tiempo que pasaré en la capital británica. Mañana mismo parto para el campo, a The Hurst, la residencia para escritores que tiene la Arvon Foundation, donde algunos traductores estaremos recluidos unos días trabajando sobre Ted Hughes.
     De Hughes no he traducido nada hasta la fecha, pero siempre me ha interesado por una vía doble: de un lado, por haber sido gran amigo de uno de mis poetas de cabecera, Seamus Heaney; de otro, como reacción al sambenito que tuvo que padecer en vida como supuesto asesino (en condición de inductor) de la suicida Sylvia Plath, acusación que se extendió como la pólvora, especialmente en Estados Unidos, y que hacía poco menos que imposible que cuando el poeta comparecía en público (cosa nada frecuente) fuera hostigado con gritos y aspavientos. No se trata de que fuera un santo, pero una cosa es cierta: no se pueden despachar las culpabilidades en una pareja de manera apresurada sin conocer a fondo, cosa que es prácticamente imposible, qué sucede tras la fachada de esa relación.
     En 1998, a punto ya de morir, Hughes publicó un libro relativamente extenso en el que reunió los poemas dedicados a su esposa tras la muerte de esta: Birthday Letters (Cartas de cumpleaños). Lo compré en la edición de tapa dura de Faber nada más salir. Algún tiempo después, Luis Antonio de Villena firmaba su traducción al español. 
     Escribí un artículo sobre Birthday Letters para el suplemento La Mirada, del recientemente desaparecido El Correo de Andalucía. Lo titulé "Tristísima Sylvia", y se puede leer en este enlace del blog, donde lo recogí más tarde. Al año siguiente publiqué en Culturas, suplemento del Diario de Sevilla, una reseña crítica de Cuervo, otro famoso libro de Hughes, traducido por Jordi Doce. Este otro texto se puede leer aquí
     Cuando dentro de unas horas tome el tren a Shropshire, me acordaré también de otro poeta, A. E. Housman, autor de un libro que lleva a su título el nombre de esa región occidental de Inglaterra, colindante ya con Gales. A ver si saco tiempo para traducir, aunque ya lo hizo estupendamente Juan Bonilla, algún poema de A Shropshire Lad (Un chico de Shropshire).


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