De nuevo en Londres





Mañana de despedida de un territorio que ha sido el nuestro durante una semana. Adiós a los enseres de la cocina, a la trabajadora mesa del estudio, a la descansada cama. Adiós a los campos paseados, al bosque, a las ramas desnudas y las de frondosidad perenne. Adiós al árbol cuyo follaje rojo me ha acompañado estos días al otro lado de la ventana. Ahí queda con sus hojas. Me llevo sus raíces.



     Nos recoge el taxista a la hora estipulada, y nos conduce por la mañana oscura entre campos cubiertos de escarcha hacia la estación de Craven Arms. Transbordo luego en Crewe, con otro rato de espera en un andén no menos gélido que el anterior. El tren va lleno y dos botarates, epítomes del hooliganinglés, ocupan nuestros asientos reservados y se niegan a cederlos. Uno de ellos duda al principio, pero el que lleva la voz cantante rehúsa balbuciendo la excusa, a todas luces falsas, de que él también ha hecho la reserva. Le pido, politely, que se levante. Nones. Llamamos al revisor, un tipo bajito y más bien pusilánime que de mala gana se dirige a ellos pero nos pide que esperemos en el otro vagón, quizá para que no seamos testigos de su blandenguería con el gamberro. Lo vemos por el cristal hablar pero, coincidiendo con sus conversaciones de paz (de capitulación, me atrevería a decir), algo ha sucedido: el tren se ha parado en medio del campo porque un tipo ha dado la señal de alarma y se ha marchado tan tranquilo por las vías. Como no se nos soluciona nuestro asunto, nos vamos al vagón de primera clase y se lo hacemos saber el apocado revisor, que da el nihil obstat. Hemos salido gananciosos, pero no deja de preocupar la extremosidad de la sociedad inglesa, tan proclive a las buenas maneras y al mismo tiempo a la proliferación de rufianes. Uno no quiere abusar de la situación y deja pasar con un No, thanks al camarero que lleva el carrito con las comidas y bebidas gratuitas para los viajeros del vagón privilegiado.
      Privilegio es poder visitar luego la exposición de Burne-Jones en la Tate Britain, una maravilla sobre la que escribiré más detenidamente en otro momento. De propina, un paseo por la colección permanente, con paradas especiales en los cuadros de Turner y en la sala de Blake de la planta superior. Blake me servirá luego en la mesa redonda sobre la traducción de Hughes para comparar su oscuridad a veces, su sentido mítico y su reelaboración del relato bíblico, cuando hay que comentar el poema “And the Owl” (“Y la Lechuza”). El acto saldrá a pedir de boca, y leeremos nuestras traducciones antes de entrar en diálogo con los asistentes. Me siento suelto y desembarazado, tras la primera aprensión provocada por el hecho de hablar en inglés ante el numeroso público. Pero hago juegos de palabras, puns, y hasta respondo a una señora que saca a colación el manido epíteto del traductor como traidor y digo que más que betray, lo que el traductor es be a tray, ser una bandeja en la que se sirve al lector la comida que de otro modo quedaría sin degustar en la cocina, en el horno del texto original.
     Finalizado el acto, pasamos a la copa de vino. Copa de vino español, de Tarragona, cuya calidad alaba un más que entendido en la materia, Ignacio Peyró, director del Instituto Cervantes en Londres y autor del reciente Comimos y bebimos (Libros del Asteroide), una pura delicia. Charlo brevemente con Clare Pollard, directora de la revista Modern Poetry in Translation; querría haberlo hecho también con el poeta Christopher Reid (editor además de las cartas de Hughes), que estuvo sentado en primera fila entre el público, pero lo perdí de vista en los corrillos. Luego, cena en el restaurante de un pub cercano. Regreso al hotel con la efervescencia aún de la conversación. Las palabras abrigan con sus rescoldos en la frialdad de la noche.

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