La casa del reloj





Cuando era pequeño, en la segunda mitad de los años sesenta del pasado siglo, había un programa infantil en la televisión llamado "La casa del reloj". Alojadas en la memoria están algunas cancioncillas e imágenes de aquella época. Me he acordado del programa porque estoy ahora en The Clockhouse, la casa del reloj, en The Hurst, la finca que nos acoge estos días para traducir a Ted Hughes. 
     Hoy pasé a limpio la traducción de "The Thought-Fox", que se sumó a la que ya había hecho directamente en el ordenador de "Lineage". Luego traduje en la pantalla algunos poemas más: "The Jaguar", "Roe-Deer", "Two", "Daffodils" y "Perfect Light". No todo ha sido traducir, claro, y después de un almuerzo ligero me calcé las botas, me abrigué y fui con mis compañeras por caminos rurales hasta el pueblo de Clun, el más cercano. El camino discurre al principio a lo largo de un riachuelo, rodea unas secuoyas y sale luego campo a través con vistas muy despejadas de las colinas de los alrededores. Pasado un gran roble y un vástago aún tímido que crece al otro lado del sendero, se avista, allá abajo, la localidad. Para llegar todavía queda un buen trecho entre granjas y pastos de ovejas y alguna vaca que sale, como también hace un perro aburrido desde otra casa, a saludarnos.
    Ted Hughes escribió muchos poemas sobre animales y tituló un libro suyo precisamente "Cuervo". Cuervos hemos visto y oído varios en nuestra caminata, como una salutación del poeta. También sobre nosotros ha pasado un águila ratonera, y en los setos, refugiando su tamaño minúsculo, hemos escuchado a algún pájaro que cantaba en versos de arte menor y que hemos decidido que debía tratarse de un reyezuelo, a wren



    Clun es pequeño, con pocas casas y tiendas. Tiene el encanto de lo genuino, la belleza de lo que siendo característico permanece retirado del turismo. Cuando ya de vuelta íbamos a tomar té en el establecimiento que hay junto al puente, el local había cerrado -eran las cuatro de la tarde- no sé si por falta de negocio. Atisbando entre los visillos, sin embargo, sentados a mesas que podrían ser de 1870 por lo menos, vi que algunos fantasmas se llevaban las tazas a los labios inexistentes y los apartaban enseguida, aún la bebida estaba caliente. Antes subimos al castillo, que conjuga el verbo divisar desde su explanada en la cima de un cerro al que trepamos como cabras. Se ve desde aquí buena parte de la comarca. Ya de nuevo abajo, visitamos el camposanto de la iglesia de Saint Georges. Me interné en él, buscando la lápida de John Osborne. No tardé en dar con ella, junto a la gemela de su esposa. Una viuda que había ido a visitar la tumba de su difunto esposo entabló conversación con nosotros y nos dijo que no había conocido al dramaturgo, pero sí a la señora Osborne, fallecida años después, con la que coincidió muchas veces cuando llevaba flores para dejar junto a la lápida.
    En el camino de regreso y antes de la cena aún saqué tiempo para traducir dos secciones de "Lupercalia", que me provocaron un hambre canina. Un guiso de carne y zanahoria lo palió, regado con sidra del país, hecha con estas manzanas pequeñas y silvestres que un cartel en la vicaría de Clun invita a recolectar uno mismo. En disquisiciones sobre traducción y poesía se nos fue la sobremesa.

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