Poemas, poemas, poemas




Son las once y media de la noche, hora ya respetable para las costumbres del Reino Unido, y se puede decir que me he pasado todo el día trabajando, con breves interrupciones logísticas y de intendencia. Los poemas de Hughes que he traducido hoy son las cuatro secciones de "Lupercalia" ("Lupercales"), donde recrea la festividad pagana de mediados de febrero en la antigua Roma, más "Crow Alights" ("Cuervo se posa") y "Tractor", cuya facilidad de traducción se limita al título. "Lupercales" me ha parecido oscuro, y he tenido que leer sobre los ritos paganos. También me ha aclarado algunos puntos Yvonne, que luego por la noche nos ha leído un poema suyo, inédito, con gran capacidad declamatoria. Júlia ha hecho lo propio con un par de poemas de su autoría publicados en un libro ilustrado que se ha traído a la casa: excelente ritmo y poderosas onomatopeyas de pájaros, llenas de significado. Jutta, que solo escribe poesía para ella misma, le hemos sonsacado, ha realizado comentarios muy enriquecedores. Yo he leído un poema relativamente largo en el que he estado trabajando durante la primera parte del día y que se inspira en el paseo que dimos ayer por los alrededores. Aparecen en él animales, pero no tanto por influencia de Hughes como por lo visto y oído durante la caminata. Lo reproduzco aquí:


LA SANGUIJUELA

La escuchamos mugir, y luego el roce
de la cabeza con el seto. 
Tras de la cerca,
nos vino a saludar después su cara.

Galaxia de dos ojos, sus planetas
sin sol nos imploraban silenciosos.
En el rincón de aquel campo habría querido
seguir nuestro camino loma arriba,
hacia qué pastos no sé bien, mas con nosotros
camino de otro té y la chimenea
en que ardió, sin embargo, leña seca,
su remembranza,
que no es en mí cenizas sino brasas
que absorben mi calor hacia su adentro.

Allí junto al hocico, breve apéndice,
antena que transmite los mensajes
de un mundo que queremos olvidar,
hostil, oscura, húmeda, impasible,
intrusa en esta escena tan bucólica,
 como la muerte al borde de la vida,
la sanguijuela.

Fue un secreto que solo compartimos,
la vaca y yo (también aquel parásito).
No supe si el bramido al alejarnos,
los bramidos siguientes cuyas huellas
marcaron el sendero tras nosotros,
eran de dolor por el ultraje
de esa adherencia indeseada

(no la del ternero en la placenta
o, fugazmente,
el cálido vientre del toro
al engendrarlo,
sino la ávida ventosa 
sobre su boca),

o las molestias
de alguna enfermedad así tratada
por veterinario o granjero.

Vaca y sanguijuela en el prado inglés,
y este remordimiento persiguiéndome,
depredador,
sacándome la sangre de la duda:
¿tal vez pude ayudarla?

Cuervos sobrevolaban el camino
o graznaban en ramas de los olmos.
El eco de la vaca,
superpuesto
–parásito del ruido de las aves–,
también venía volando hasta el oído
como semilla
pasajera del buche de algún pájaro
hasta ser excremento
–el bramido que crece en esta página–
y arraigo en una tierra que la acoge,
como el hocico aquel la sanguijuela.

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