Una mañana anglosajona


Aún no estaba en la Inglaterra rural, con la posibilidad de ser despertado por la campana de alguna iglesia o las esquilas o balidos de las ovejas, de modo que ajusté el despertador para levantarme temprano y aprovechar al máximo el día. Después de repasar el correo y las redes sociales, de enlazar alguna noticia y reseña de mi reciente traducción del volumen I de los Ensayos completos de Edgar Allan Poe, y tras de -ya mañana seré más frugal- confraternizar con la tierra que me alberga y dar cuenta de un full English Breakfast, salí a la cercana Waterstones de Gower Street.
     Lo que había visto desde la ventana del hotel, frente a la frondosa Tavistock Square, lo pude comprobar ya sobre el terreno: la calle estaba llena de decenas y decenas de ciclistas que concurren a las dependencias de la Universidad de Londres o del SOAS. En la librería, la que prefiero actualmente de la cadena, lo de siempre: el contacto con volúmenes que no compraré pero que me alimentan como una carga de energía inalámbrica; también su buena sección de revistas. Pero no me he querido cargar con compras, que ya vengo bien aprovisionado de libros. Luego, antes de que me diera cuenta, se hizo la hora de ir a otro templo, o mejor catedral, de lo mismo: la British Library. Desde hace décadas (¿cuánto ya, quince, veinte años?) ocupa un vasto edificio entre las estaciones de ferrocarril de Euston y Saint Pancras, al norte del barrio de Bloomsbury. Recuerdo, de un pasado para mí ya remoto, la Old Reading Room, donde tantos escritores y pensadores han trabajado, desde Marx a Vargas Llosa. Más amplia y funcional, la nueva Biblioteca acoge a muchos que serán también valores literarios o de otras disciplinas en ciernes. En las mesas de trabajo, sin embargo, y como ya es habitual en todas partes, muchos más ordenadores portátiles que libros.
     Había quedado en el vestíbulo con Jeremy Treglown, presidente de la Fundación Arvon, que en colaboración con la Comisión Cultural Europea, el British Council, la revista Modern Poetry in Translation y el Instituto Cervantes, con el permiso de los herederos de Ted Hughes, ha organizado estas jornadas de traducción del poeta y la posterior mesa redonda que tendrá lugar el próximo lunes. Treglown es un tipo cordial amén de cultísimo (fue director del Times Literary Supplement), que además habla no mal español. Ha sido tan amable como para invitarnos a los participantes a visitar la exposición sobre los reinos anglosajones que se acaba de inaugurar en la Biblioteca. No dio tiempo de que Júlia Lázar, la traductora húngara, se uniera a nosotros, recién aterrizada como estaba en Luton, de modo que Jeremy,
Jutta Kaußen (la traductora alemana) y yo mismo estuvimos recorriendo durante más de una hora la exposición.
     No dispongo ahora de tiempo para comentarla como merece, pero no puedo dejar de anotar de pasada que estaba allí expuesto nada menos que el Libro de Durrow, que una vez y otra me acordé de Borges y Cirlot, y que entre los reinos anglosajones de Mercia y Deira estuvo el céltico de Elmet, territorio del actual Yorkshire al que Ted Hughes dedicó un libro, Remains of Elmet (1979), que luego dejó, revisado, en el escueto nombre de Elmet a secas. Estuve recordando todo el tiempo el antiguo inglés, los poemas de esa lengua que traduje hace treinta años, mis lecturas artúricas en cuyas fuentes secundarias siempre salían Beda el Venerable y su Historia ecclesiastica gentis anglorum, tan presente en la exposición.
     Almorzamos ya con Júlia luego en la Members Room de la biblioteca (otra gentileza de Jeremy), y al cabo de un rato tomamos el tren que nos ha traído a The Hurst, la primera de las tres residencias para escritores de la Arvon Foundation. Esta casa en particular perteneció a John Osborne, autor de aquella obra de teatro que marcó época: Look Back in Anger (1956). Aquí murió, y está encerrado en el vecino cementerio de la iglesia de Saint George, en Clun, a una milla de donde redacto estas líneas. 
     Ya aquí se nos ha unido la poeta y profesora Yvonne Reddick, especialista en Hughes y en su vertiente relacionada con lo que se ha venido en llamar ecoliteratura. Hemos puesto en común algunas ideas sobre cómo transcurrirán los próximos días, charlado un rato, y después cada mochuelo a su olivo. Cuando llegábamos a la finca atardecía, y la luz era absolutamente maravillosa, llena de contrastes en el cielo y también en el follaje de los árboles que rodean la casa. Cada apartamento tiene el nombre de un escritor. A mí me ha tocado en suerte Bruce Chatwin. Estaré trabajando un rato y atacaré algunos poemas. Mañana me gustaría tener un primer borrador de varios de ellos.











Comentarios