Un banquete







De la gozosa tortura de traducir el griego, recuerdo el Symposion de Platón, El banquete. Era en los festines atenienses donde a la par que el vino y los manjares corría la conversación, el diálogo. Luego  visité con asiduidad los festines de la Edad Media irlandesa, con sus reglas de hospitalidad y sus poetas abusones que dejaban secas las bodegas y las despensas vacías entre amenazas de escarnio que allanaban todos los dispendios y la liberalidad de los anfitriones. Esa glotonería lingüística y literaria vino acompañada también de páginas de Julio Camba o Álvaro Cunqueiro, y también de Josep Pla y de Joan Perucho. 
    Banquete y festín, más amable cogorza comedida, y conversación de las buenas, es el más reciente libro de Ignacio Peyró, quien, cortés como nadie, no ha querido contradecirme en la cita que la editorial reproduce en la contracubierta y vuelve en verdad a hacer gala de "una prosa elegantísima", como ya tuve ocasión de declarar que era la del espléndido Pompa y circunstancia.
     Comimos y bebimos reúne una sesentena de capítulos de muy varada extensión, distribuidos a lo largo de los doce meses del año: evocaciones y reflexiones, entreverados de experiencias propias, siempre con buen humor y bonhomía, sobre el buen beber y el yantar. Predomina la nota festiva, pero no está ausente la elegía por lugares que han dejado de existir, por atmósferas perdidas entre la que se cuenta la de la juventud, aunque Peyró esté aún en la vigorosa plenitud de la vida, auqnue él afecte otra cosa, como cuando observa: "Cada vez más familiarizados con los triglicéridos que con los chuletones, ya lo que toca es agradecer esas compañías con las que alguna noche nos quisimos creer reyes del tiempo" (nótese el endecasílabo que cierra la cláusula, que no es el único que sabiamente administra Peyró). Norma de la casa, combina como nadie la erudición y la gracia, y junto a numerosas citas ajenas incluye felicísimas frases dignas de ser reproducidas por otros en el futuro.
     Hable de miel o de cócteles, de extrañas recetas o botellas carísimas, Peyró no es un señor estirado al que se le llene la boca con la palabrería al uso de la apabullante gastronomía posmoderna y deshumanizada: él prefiere la refinación con fundamento, los figones honrados y cordiales, los selectos clubs londinenses donde lo canalla se codea con la caballerosidad (hilarantes son, por ejemplo, los comentarios que dedica a estos). No desdeña un buen puro, por otra parte, y es capaz de hilvanar con elegancia y picardía alguna página de iniciación erótica.
     He dejado para el final el prólogo, como una suerte de postre o epílogo. Qué dechado de humanidad se transparenta en él, en la amenaza de un incendio que se conjura mientras la familia come junta. Escribe el autor: "Y también me pareció que, por una afinidad misteriosa, el santo manejo del fuego en el hogar -la civilización- había podido contra la crudeza del fuego como amenaza fuera de casa."
     No especifiqué anteriormente que el subtítulo de este libro admirable es Notas de cocina y vida. Mucho hay de ambas cosas aquí, pero sobre todo de la segunda, que incluye capazmente la primera. Comimos y bebimos es una obra suculenta. Muy mal estará la cultura de España, y no hablo ya de su gastronomía o su enología, si no alcanzan a venderse varias decenas de miles de ejemplares de esta joya, pequeña y delicada como una trufa, llena de personalidad como el primer trago del mejor whisky.

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