EL CULTIVO DE LOS ÁRBOLES EN NAVIDAD





Hacia la Navidad hay varias actitudes,
podemos prescindir de algunas de ellas:
la social, la torpe, la manifiestamente comercial,
la de la juerga (abiertas las tabernas hasta la medianoche),
y la infantil —no la del niño 
para el que la luz de la vela es una estrella,y el ángel dorado 
desplegando sus alas en la copa del árbol
es un ángel, no una decoración tan sólo.
Se maravilla el niño ante ese Árbol de Navidad:
que viva en el prodigio,
en la Fiesta que es un suceso, no un pretexto;
para que el resplandeciente embeleso, el asombro
del primer Árbol de Navidad, en su recuerdo,
para que la sorpresa, el encanto en sus nuevos dominios 
(con su olor peculiar y excitante cada uno de ellos), 
esperando el pavo o el ganso
y el temor ante su presencia,
para que la celebración y la alegría
nunca se olviden luego por otras experiencias,
en la rutina fastidiosa, el cansancio, el tedio,
el saber que morimos, la conciencia del fracaso,
o bien en la piedad del converso
que con su vanidad puede viciarse
ofendiendo a Dios y sin respeto a ios niños
(recuerdo ahora también con agradecimiento
a Santa Lucía, y a su villancico y su corona de fuego):
para que antes del fin, la Navidad ochenta
(por ochenta quiero decir cualquier última)
los acumulados recuerdos de la emoción del año 
puedan unirse en gran alegría
alegría que será también miedo, como en el momento 
en el que el miedo sobrevino a cada alma:
porque el principio nos recordará el fin
y el primer advenimiento el segundo advenimiento.


                                     T. S. Eliot (traducción de Claudio Rodríguez) 



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