La tumba de Prados (un poema)





LA TUMBA DE PRADOS

                                    Cerré mi puerta al mundo;
                                    se me perdió la carne por el sueño…

                                                      EMILIO PRADOS


                                                     El cementerio aquel
                                    Descansa en codiciable olvido.

                                                      LUIS CERNUDA



Un cuajarón de sangre en la vereda
de este ajedrez de muerte inabarcable, 
el prisma de un coágulo tendido
o volcánica piedra que recuerda
erupciones antiguas.
Las letras ya no están: se regresaron
a la mina del robo, como el hombre
rapiña de la tierra sus metales.
Al cabo de los años, el poeta
se funde en la incontable cofradía
de los anónimos.
El que fuera impresor no tiene tipos
que compongan su nombre. Sepultado
con la tipografía de los huesos,
es un libro cerrado que no viene
a leer nunca nadie.
A unos pasos, la lápida de otro
que fuera amigo, y luego, enemistado,
mal lo quiso, le ofrece ya la espalda
para la eternidad.
Su nombre sobre el mármol sí reluce
bajo idéntico sol,
y también algo más hoy los iguala,
borrando diferencias que en la vida
los separaron:
los dos duermen en fosas extranjeras
el sueño que no pudo ver la patria.
El Panteón Jardín los reconcilia
como un tercer amigo que los une
con parecida luz a la del cielo
que un día los juntó con dicha y gozo.
Como calambres,
a veces los sacuden terremotos
en brusco galvanismo que no puede
resucitarlos. 
Su enterramiento
padece, sin embargo, las insidias
no de los temblores, del transcurso
de ruinas cotidianas que prosiguen
cuando él ya no cambia.
Una mata silvestre hace las veces
–la sequedad le clava sus espinas–
de las flores que nadie deposita:
antes de pensarlos se secaron
los pétalos de niebla no acaecidos
o que el tiempo marchita como al hombre.
En medio, oscuro núcleo de otra piedra
–la gris porosidad de lo que escapa–,
calla su tumba como voz
pisada por la afasia de los años.

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