La variedad de la rutina





José Luis García Martín ha ido publicando una veintena de sus diarios en diferentes editoriales (últimamente lo hace en Renacimiento, con cuyo responsable, Abelardo Linares, discute a menudo en unos duelos dialécticos muy del gusto de los dos). Ahora acaba de publicar Sin trampa ni cartón, con prólogo de Juan Bonilla, quien no hace ninguna concesión y junto a los aspectos más brillantes del autor destaca también los menos favorables, en opinión que es generalizada en el medio literario, teñida de temor, y en algunos casos de rencor, pero que el jerezano se atreve a decir sin pelos en la lengua. Como tampoco los tiene el extremeño residente desde hace décadas en Asturias.
      Escribir un diario es trabajar para lo efímero, y de las jornadas ajenas es poco lo que interesa, lo que puede interesar si ese discurrir meses y años no viene acompañado de algo que trascienda lo singular. Hay una edad para asomarse a los cotilleos literarios, en la que uno busca un Diógenes con el farol o un Virgilio por los círculos y cielos celesteinfernales, y otra en la que se prefiere la sabiduría sin anécdota, la observación de la condición humana. Aposentado en una rutina consustancial a él, que cultiva y defiende, García Martín ofrece en estas páginas un variado catálogo de sus peripecias rutinarias: viajes a Nueva York, Sevilla o Lisboa, maledicencias sobre premios o autores, lecturas de café, tertulias. También, como suele hacer, algunas estampas narrativas signadas por la fantasía onírica, pequeños cuentos desapercibidos. Momentos de ternura y emoción también están presentes. Y el coro, ya con muchos sexenios, de sus escritores de cabecera, llámense Pessoa o Borges. Todo, como comprobará el lector habitual de sus diarios, rutinario en él, casi ritual.
     García Martín improvisa versos propios y de otros en cualquier rato de espera, una y otra cosa con las hechuras de lo perfecto y verosímil. Igualmente anota tiradas de aforismos que deja entre las hojas del diario como savia viva entre comentarios no tan interesantes sobre la actualidad política, casi siempre a la contra. Suelen ser aquellos de un narcisismo y egocentrismo en los que cuesta trabajo distinguir qué es atribuible al autor y qué a su voz literaria, la máscara que lleva décadas labrándose, confundida ya con la verdadera piel. Pero gusta su descaro, su aparente sinceridad que coquetea con el cinismo. Va aquí un puñado de ellos, vareados del árbol frondoso de Sin trampa ni cartón:

Hacer el amor con alguien a quien uno quiere resulta un poco incestuoso.

Cuando me desnudo de literatura, me quedo en nada.

Me gusta mandar y me gusta obedecer. Mandar a todo el mundo, obedecer solo a mí mismo.

Me gusta hablar mal de mí mismo, pero solo para elogiarme mejor.

Me fastidian esos poetas que se dedican solo a promocionarse a sí mismos en lugar de algo más importante, como por ejemplo promocionarme a mí mismo.

Si no fuera quien soy, me gustaría ser quien soy.

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