Una lección de poesía (que no doy yo)






La poesía opera desde el sentimiento y la reflexión, pero ha de ser ayudada por la inteligencia y el dominio verbal, que es a su vez de uno mismo en tanto que material palabra. Edgar Allan Poe le exigía una frialdad compositiva exagerada, pero algo hay de eso, de intervención consciente del poeta en el raudal de las palabras aún no organizadas, la diferencia entre una masa de tipos caóticos, enardecidos, con sus aperos rústicos como armas, y un ejército dispuesto en orden de batalla, bien pertrechado y con una táctica en la mente de su general.
      Y para que el poema funciones y no se quede en vaguedad, ha de tener un asidero plástico, algo visible, objetivado. Lo sabían Cernuda y Heaney, y ambos tienen palabras al respecto (yo creo recordar ahora que las tienen, que también hay lecciones impresas en la imaginación). Viene esto a cuento de Hogares de paso, un libro de poemas de José Manuel Soriano Degracia (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018). Allí, un poema titulado "Rabia", bordeando el peligro de lo manido -el conflicto interior-, la sima que es uno para sí, como dejó escrito, desde otro flanco, Mário de Sá-Carneiro: "Me perdí dentro de mí / porque yo era laberinto". "Mi enemigo" es algo que casi todos podríanos decir de nosotros mismos, y hay poemas y volúmenes enteros que desarrollan el tema (Jesús Aguado tiene un libro que es así, "Mi enemigo"). Soriano salva el riesgo del tópico con ese detalle no ya plástico sino contundente, inmediato y y en verdad amenazante frente a lo vago, del último verso:

No sé
de qué defenderme.

Mi enemigo
soy yo
con una piedra en la mano.

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