Sobre Julián Rodríguez





Han pasado ya varios días desde que muriera el editor y escritor extremeño Julián Rodríguez. Decir solo dos facetas de su múltiple paleta de actividades, como acabo de hacer, es una grosería, pues fue además galerista, restaurador y no sé cuántas cosas más, como sus amigos han recordado a lo largo de esta semana y media. 
     Al editor de Periférica lo conocí durante mi etapa en Casa del Libro. Era la época en que surgieron buena parte de las editoriales independientes que con inusitada calidad vinieron a revolucionar el panorama a principios de siglo. Así, la de Julián y las de sus colegas de Contexto. Creo que solo nos vimos una vez, una ocasión en la que había venido a la librería para una presentación. Me regaló libros de su editorial, en los que se notaba que había puesto un mimo y un interés que quería contagioso. Luego, años más tarde, tuvo la amabilidad, la inteligencia y el tacto de rechazarme como debe hacerse un original. Y se lo agradecí, por la profesionalidad y la no empañada por ello calidad humana que mostró.
    A raíz del obituario que Andrés Trapiello escribió en El País, Manuel Cañedo Gago, un lector habitual del autor del Salón de pasos perdidos recordaba que este ya se había referido al restaurante de Rodríguez en las páginas 460 y siguientes de Siete moderno, volumen correspondiente al año 1998. Efectivamente, he releído ahora el pasaje, en el que sale my bien retratado el difunto, descrito con exactitud y al detalle. De sus varios párrafos extraigo estos, consecutivos:

La vida podrá ser con X más o menos generosa. Talento tiene de sobra para salir adelante y llegar donde quiera. Sólo tendrá que descubrir el valor de estos tiempos difíciles suyos y llevárselos con él, no para explotarlos o exhibirlos, como haría el proxeneta, ni para torturarlos, como el desesperado. Sólo como si fuesen un perro de compañía con el que uno puede no hablar, pero sí sentir, jugar, reírse y, llegados al caso, llorar desconsoladamente.
    Creo que ha sido la cena de más raro exotismo de nuestra vida, si unimos todo, el lugar, el decorado y las viandas, y, claro, la dicha de haber sido restaurados por uno de los espíritus más finos de la Extremadura. Como un Francis Jammes, pero moderno.






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