Feliz Vanidad







Artículo publicado en la revista mexicana Inundación Castálida, de la Universidad del Claustro de Sor Juana: 



El ser humano puede blasonar de virtudes y también lamentarse de defectos. Sobrados motivos tiene para ambas cosas. Paradójicamente, ambos extremos se unen cuando el alardear de logros, bondades, fortalezas se vuelve excesivo, cosa en la que se incurre fácilmente y se convierte, antípoda de cualidad, en lacra. De este modo, la vanidad es el defecto de creerse con demasiada fe en uno mismo, en la posesión de una virtud. Además, en la palabra vanidad está, soldada al engreimiento, la futilidad de este, su carácter fatuo, aquello que encierra la frase bíblica vanitas vanitatum, vanidad de vanidades, consignada en el Eclesiastés. Está bien que una vanidad sea el envés de la otra, porque lo ufano es, a la postre, vano. En el mundo de la literatura la vanidad brota exuberante y lozana con un verdor que poseen también las malas hierbas.
      Muchas veces un escritor necesita del orgullo como acicate, como combustible de ese tesón testarudo que lo hace esforzarse en tallar un fantasma, que no otra cosa es la creación. Pero ese estímulo deviene vanidad en muchos casos, y esto pierde al autor, que queda como narcisista, pagado de sí mismo (como anoté una vez, el pagado de sí mismo recibe un cheque sin fondos). Los escritores poseen un ego muy marcado que es el que les mueve; el problema es cuando se convierte en egotismo o, como en eso que señalaba Baroja a propósito de la juventud: egolatría. Un poeta que murió joven y que fue consciente como ninguno de la impersonalidad del poeta, de que este es alguien que como el camaleón se mimetiza con sus temas, con lo observado, con el mundo exterior, fue John Keats. El autor de la “Oda a un ruiseñor” dijo en cierta ocasión, de manera privada que ahora es pública, I know that I shall be among the English poets after my death. Esa certeza de pasar a la posteridad no puede calificarse de vanidosa, sino de fría comprensión de su valor, de su singularidad.
       Shakespeare, que tuvo también esa seguridad cuando se expresó en primera persona en los Sonetos, empleó la palabra vanityen todas las acepciones que hoy reconocemos en ella. Recientemente he tenido la oportunidad de traducir un ensayo de Harold Bloom en el que el crítico y profesor emérito de Yale estudia el concepto de vanidad en las obras del Bardo sobre Enrique IV y Enrique V, que recibe el apelativo cariñoso de Hal. Allí, Bloom observa que la "vanidad" o "futilidad" es una conflagración perpetuamente dispuesta a estallar entre las fricciones que hay ente Falstaff y Hal, y recuerda, tirando de su origen judío y de etimología, que "vanidad" es una traducción errónea de la palabra hebrea hevel, un mero "vapor", un "aliento" y sí, finalmente, nada. Como en el verso final del célebre soneto de Góngora: "En tierra, en humo, en polvo, en nada". 
     Acerca del endiosamiento de los poetas, las extremeñas Ediciones Liliputienses, esa iniciativa de José María Cumbreño tan pendiente de la poesía hispanoamericana, publicó con buen humor hace pocos años la muestra Diva de mierda, donde se incluían más de setenta poetas con selección y prólogo de Fabio Betancour (el título fue propuesto por el poeta mexicano residente en España Luis Arturo Guichard). Varios decenios antes, Juan Ramón Jiménez propuso la creación de una revista que primando los textos sobre sus autores publicara las colaboraciones de manera anónima. Era su forma de poner en solfa el afán de protagonismo de los poetas de la Generación del 27, que tanto le debían a él y tanto deseaban eclipsarlo. Andando el tiempo, esa idea fue retomada por la editorial Pre-Textos en 2005, que sacó tres números de la misma. En vano se buscará en sus sumarios quién escribe en cada uno de ellos.
     El asunto de la vanidad fue el que prestó su tema al libro cuajado de anécdotas sobre el mundo editorial de Juan Cruz: Egos revueltos. Años antes, Juan Bonilla había publicado un volumen de cuentos y artículos titulado El arte del yo-yo, donde jugaba con el nombre del sencillo juguete, el yoyó, y con la obsesión yoística.
      Ezra Pound, que tenía una personalidad muy marcada y no sin motivo orgullosa desde sus tiempos de estudiante, pero rayana a menudo en la arrogancia, dedicó uno de sus poemas a la vanidad. Se trata del “Canto LXXXI”. Allí escribe: “Humilla tu vanidad / Eres un can golpeado bajo el granizo, / Urraca hinchada al veleidoso sol, / Medio negra, medio blanca / Y ni siquiera distingues el ala de la cola” (la traducción no es mía sino de José Vázquez Amaral, que sería vanidad hacerla pasar por propia aunque quizá parezca vanidoso, nadie está libre de ello, recordar que sí traduje una amplia antología del Pound anterior a los Cantos).
     Montaigne dedicó uno de sus ensayos a la vanidad, y lo hizo con espíritu autocrítico, como cuando escribió que “las leyes deberían ejercer alguna coerción contra los escritores inútiles e ineptos, igual que la hay contra los vagabundos y holgazanes. Se los desterraría de las manos de nuestro pueblo, a mí con ellos y a otros cien”. No coinciden con el señor de la Montaña muchos de los que usan las redes sociales para pregonar su mercancía escrita, siempre ávidos de un “me gusta” hasta grados enfermizos o poniendo junto a su nombre la prótesis vanidosa y rara vez merecida de “escritor”: Fulano Escritor, Mengano Escritor, Zutano Escritor. Huelga decir que cuanot mas se pregona menos calidad adorna al vanidoso. Los susodichos no han leído seguramente la opinión de Pascal al respecto: “Quieres que la gente hable bien de ti? No hables de ti mismo”. 


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