Limaduras y libros





A partir de cierto momento, si uno se dedica a escribir -y en eso es en lo que me empleo desde hace ya varias décadas-, los libros le llegan de manera natural, casi por una ley física, lo mismo que las limaduras a un objeto imantado. No quiere decir esto que uno sea imán, pero sí que con el contacto permanente con otros, a través de su obra, se modifican algunas de las características propias. Por ejemplo, contactos, relaciones literarias. Sirva esto para decir que recibo muchos libros, no todos los cuales tengo tiempo de leer, naturalmente.
     Pero que no pueda leerlos todos, y mucho menos escribir de ellos, no significa que no desee dejar constancia de algunos. Y a eso voy a dedicar esta entrada de hoy. Predomina en ellos la poesía.
     De José Luis Morante leí en fechas recientes A punto de ver (Polibea), una colección de haikus y anotaciones sobre este género de origen japonés con palabras preliminares de Susana Benet. Son estas sabias, como corresponde a tan alta haijin, pero también en los apuntes aforísticos de Morante hallamos motivos para la reflexión. Van dos ejemplos: "El haiku teje el silencio, sin dogmas; cuando la poética se aleja de la emoción se refugia en el laboratorio"; "En la voz tripartita cada verso es único".
    La lectura del primer libro de Juan Álvarez (Alcalá de Guadaíra, 1974) la hice en un hotel de Granada, y luego releí algunos de sus mejores poemas, que son muchos, en el viaje de autobús desde aquella ciudad a la mía. Por qué cortarse una oreja (Valparíso) es un libro relativamente extenso (un centenar de páginas sin secciones o páginas en blanco de relleno), y en él brilla la infrecuente alianza entre impecable factura formal y denso pensamiento, con un tono pesimista a veces y con un coloquialismo que no chirría en las composiciones clásicas. Álvarez reivindica en sus versos la vuelta a la tima, y ese regreso lo hace por la puerta grande. Su escuela es la de Manuel Machado, Gil de Biedma, Fernando Ortiz y Javier Salvago. Pero no le cuadra el epíteto de mero discípulo o émulo, porque estos poemas tienen personalidad propia y el libro, inserto en esa tradición, también será eslabón de una cadena que llegue a otros. Se trata de una obra que merece un hueco en la atención de los lectores.
    De Nicolás Corraliza es Abril en los inviernos (Chamán Ediciones), su quinto libro. Se trata de una colección de cien poemas breves sin título, algunos de gran, rotunda expresividad, como el XIII:

Sin besos en la lengua,
la vida es un pelo en la sopa fría.


    A veces poseen un aire de sentencias a lo Marco Aurelio:

XXXV

Los que están de pie
odian a los sentados.
Con la felicidad ocurre lo mismo.
A ser posible no la muestres.


     Y son abundantes las referencias a la poesía.

LV

Si el poema se corta,
se nota. Por mucho que te empeñes
en salvar la salsa, 
el suave puré se transforma en caldo.


     De Pedro Sánchez Sanz, también en la misma editorial, es Refugio en el vuelo. "Ley de vida" es un poema excelente, pero no me resisto a copiar aquí "In itinere":

El camino está siempre por hacer
así se erigen ciudades y vidas

un arrullo debajo del asfalto
es fiel guía de pasos indecisos

otear el horizonte, el avance
anclado a la convicción de un destino

la mirada en los círculos del cielo
el gesto en unas alas sugeridas

quizá rozar una luz más amable
al final del trayecto, que es el inicio.


      El granadino Guillermo Olagüe ofrece en Mapa (Ediciones en Huida) su primer libro de poemas. Me ha gustado especialmente este poema, "Ushuaia", ahora que estoy a punto de publicar, en octubre, un diario de un viaje austral que también pasó por la ciudad que queda más al sur del planeta y en estos versos:

En esa línea hay un árbol
doblado por el viento.

(Tan sólo es necesario
un paso atrás
que sea al mismo tiempo
un círculo en su huella.

O un paso hacia delante
que borre lo que ha huido de nosotros)

     Un Calcetín de lana rojo es la última novela por el momento, que siempre tiene algo en la recámara, de José Antonio Ramírez Lozano; ganó con ella el Premio de Narrativa Camilo José Cela, y la publica Menoscuarto. Desarrolla la divertida peripecia entre chinos del común y poetas chinos de un traductor que vive en un piso de estudiantes en Triana. Al margen de la historia que desarrolla hay, aquí observaciones de interés sobre lo que es traducir e interpretar y algunos otros juicios de enjundia como este: "Pasa con los solitarios que, a veces, apenas saben de sí, que desconocen cualidades que solo la compañía de otro puede descubrirles".  

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