
Me llega un ejemplar de esta antología preparada por Antonio Manilla y Román Piña que alberga a 107 poetas (más un okupa, que soy yo), y que gira, como indica su título, sobre los techos que nos cobijan, bajo los que soñamos, sufrimos, conocemos a veces el amor. Unos inquilinos son muy conocidos y otros no tanto. Hallo en ella amigos con los que siempre es grato coincidir en un pasillo, junto al brasero, abriendo una cerveza en la cocina.
Mi colaboración son unos versos que escribí en una casa que ya no es la que habito.
LOS PASEANTES
De ocho a tres trabajan; por la tarde,
sacan su ocio al jardín o a nuevas obras.
O con lenta demora, paseando,
doran la tez junto a lustrosos perros.
Los trasluce mi seto ralo, el aire
de finales de mayo, los barrotes
del largo ventanal sin más cortina
que esta niebla cansada ante los ojos.
Me ven con mis juguetes —estos graves
diccionarios y los libros de notas—,
perdida la mirada en un azul
en el que adivino un bando de sílabas.
Me miran con furtiva indiferencia:
bicho raro que no ruge ni salta,
un hombre que está en su jaula del zoo.
Mejores son los tigres y los monos.
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