De mis tiempos de la facultad recuerdo con cariño el latín, la emoción de Ovidio, la gracia de Plauto. Tradujimos su comedia Miles gloriosus: ya se sabe, la historia de un fanfarrón. Con igual jactancia, si no tan humorística, veo y pregono que este blog ha alcanzado un millar de visitar (esto de añadir una sílaba a “mil” parece que aumenta la cifra y la condecora). ¿Mucho para un mes? ¿Poco? Desde luego, más de lo que esperaba. Ahora -vanitas vanitatum-, si se tiene en cuenta la gran cantidad de posts o entradas, resulta ser una cifra bastante escuálida, menesterosa. Y además no ignoro que a diferencia de las visitas de antaño, tarde entera en torno a una taza de café y pastas, alrededor del brasero, las más de las visitas de esta casa habrán sido un apresurado correr por los pasillos, un asomarse un instante a la ventana abierta, un “hola y adiós, que voy de paso”.
Pero yo, con mis mil, digo, un millar, ufano y orgulloso de este blog. Palabra que, dicho sea de paso, se parece demasiado a bluff o bla. Bla, bla, bla...
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Ahora no perder el ritmo.