
En una de las asequibles colecciones de poesía que hacen algo más dignos a los grandes almacenes y a los drugstores que las expenden, acaba de aparecer este bellísimo libro, tan breve como largo es su título: Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan. Recoge medio centenar de textos de uno de los más emocionantes poetas de la China y, si muchas veces su traducción resulta mejorable en su prosodia, memorable resulta siempre el contenido.
El año próximo se cumplirán mil trescientos años del nacimiento de Li Po, y tocará celebrar ese feliz cúmulo de centurias, porque el poeta eremita y borrachín que firma estos poemas nos ha dejado, entre los mil conservados suyos, no pocos que son obras maestras de la concisión, la alusión elíptica, la nostalgia, la sabiduría de ciertos bebedores a los que luego no les falla el pulso para testimoniar esas certezas que todos, hasta cuando estamos insoportablemente sobrios, reconocemos íntimamente.
Son estos poemas, en general, muy breves y hermosos, y nos hablan de adioses y noches de ebriedad bajo la luna; también de tabernas donde se bebe vino y nostalgia, de campañas militares que no terminan nunca, de ausencias, del paso de las estaciones... A Chen Guojian, el traductor, le flaquea, es cierto, a menudo la expresión, y no todos los versos alcanzan a sonar con la fluidez y armonía que desearíamos en nuestro idioma (aunque esto es discutible, pues sabemos que Li Po rechazó las formas más estrictas de versificación, conocidas como lü shih, que corresponderían laxamente a nuestro metros clásicos como el heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino). Pero además, los sinólogos confiesan que traducir poesía china es harto difícil, porque ésta, por las peculiaridades de la lengua, permite diversas interpretaciones, todas posibles y, si el traductor es bueno, plausibles todas. Compárese, para ilustrar esto último, el poema “Quejas en las gradas de jade” con la versión que de este poema hizo Ezra Pound en Cathay, o el serenamente desolador “Despedida a un amigo”, o la delicada “Balada de Chancán”, igualmente con sus versiones poundianas.
Uno de los dos más grandes creadores de la dinastía T’ang, Li Po es hoy poeta de cabecera de jóvenes líricos españoles como Javier Almuzara o Martín López-Vega. José Ángel Cilleruelo lo homenajea en su reciente libro Salobre. Por su parte, José Luis García Martín ha publicado espléndidas recreaciones suyas como “Imitación de Li Po”, de su libro El pasajero, o las versiones de un particular jardín oriental recogidas en El taller de la memoria. ¿De qué está hecha la poesía, y esta de Li Po, que su aliento atraviesa siglos y razas e inabarcables distancias?
Publicado en La mirada (El Correo de Andalucía, 25-03-00)
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