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Delante del acuario, una niña pequeña se queda extasiada a la vista de los exóticos peces. Su padre anda más pendiente de un barbo cercano —tal vez porque adivine en él su propia naturaleza—, y la niña sólo ansía una cosa en el mundo: poseer esos peces en los que cifra el secreto de sus muñecas rotas y de esa picadura de abeja que no fue dulce como la miel.
La niña se desnuda los brazos, levanta las manguitas de su hermoso vestido y, decidida, penetra con su dedo en el cristal, abriendo una vía de agua por la que escapan los peces. Ella abre la boca y los bebe feliz: juegan las aletas con su lengua, escudan las escamas a sus dientes, y uno de los peces más pequeños —el más atrevido— también quiere fecundar su campanilla. Finalmente la niña, horizontal y con la vista fija en un foco del techo, decora con algas y corales su desolada ingle.
Delante del acuario, una niña pequeña se queda extasiada a la vista de los exóticos peces. Su padre anda más pendiente de un barbo cercano —tal vez porque adivine en él su propia naturaleza—, y la niña sólo ansía una cosa en el mundo: poseer esos peces en los que cifra el secreto de sus muñecas rotas y de esa picadura de abeja que no fue dulce como la miel.
La niña se desnuda los brazos, levanta las manguitas de su hermoso vestido y, decidida, penetra con su dedo en el cristal, abriendo una vía de agua por la que escapan los peces. Ella abre la boca y los bebe feliz: juegan las aletas con su lengua, escudan las escamas a sus dientes, y uno de los peces más pequeños —el más atrevido— también quiere fecundar su campanilla. Finalmente la niña, horizontal y con la vista fija en un foco del techo, decora con algas y corales su desolada ingle.
Comentarios
Por cierto, disculpa el anonimato (o semianonimato).