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Estaba dormida cuando llegaste, por eso no vi la sangre de tu frente ni el sudor helado que te chorreaba sobre el mármol. Sólo al acariciar tú mi espalda desperté a tu dolor, y vi, sí, entonces vi la marca del amor en cada gesto tuyo.
Me vestí, te di la mano y salimos al patio, grana con la luz del atardecer, aromado por las incontables glicinas del parterre. Lo recuerdo muy bien. Yo era feliz porque tú lo eras, juntos los dos contemplando al fin tu obra. No había sido tan dichosa en siglos. Tu dolor era nada bajo el machete.
Estaba dormida cuando llegaste, por eso no vi la sangre de tu frente ni el sudor helado que te chorreaba sobre el mármol. Sólo al acariciar tú mi espalda desperté a tu dolor, y vi, sí, entonces vi la marca del amor en cada gesto tuyo.
Me vestí, te di la mano y salimos al patio, grana con la luz del atardecer, aromado por las incontables glicinas del parterre. Lo recuerdo muy bien. Yo era feliz porque tú lo eras, juntos los dos contemplando al fin tu obra. No había sido tan dichosa en siglos. Tu dolor era nada bajo el machete.
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