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Un hombre de mediana edad, vestido con sus mejores galas, recorre las calles sombrías que conducen a un templo. Al llegar a la puerta, mete una mano en el bolsillo interior de su chaqueta, saca un papel que lee pese a la escasa luz, lo aprieta, arrugándolo en su puño, y penetra en el edificio.
Enseguida le sale al paso el sacerdote, que lo mira desafiante a los ojos, le escupe, y le ofrece asiento sobre sus rodillas. El hombre se deja toquetear y escucha horrorizado los bisbiseos del muecín. Labios besan el lóbulo de una oreja. Manos buscan su camino entre la ropa.
La hembra del rabino, veinte años más joven que su esposo, pálida y tal vez hermosa, entra con pasos apresurados. “Ya está la cena”, asegura. Su marido no la cree, y sigue susurrando —acelerado el respirar, temblándole las piernas— las grandezas de su dios.
Un hombre de mediana edad, vestido con sus mejores galas, recorre las calles sombrías que conducen a un templo. Al llegar a la puerta, mete una mano en el bolsillo interior de su chaqueta, saca un papel que lee pese a la escasa luz, lo aprieta, arrugándolo en su puño, y penetra en el edificio.
Enseguida le sale al paso el sacerdote, que lo mira desafiante a los ojos, le escupe, y le ofrece asiento sobre sus rodillas. El hombre se deja toquetear y escucha horrorizado los bisbiseos del muecín. Labios besan el lóbulo de una oreja. Manos buscan su camino entre la ropa.
La hembra del rabino, veinte años más joven que su esposo, pálida y tal vez hermosa, entra con pasos apresurados. “Ya está la cena”, asegura. Su marido no la cree, y sigue susurrando —acelerado el respirar, temblándole las piernas— las grandezas de su dios.
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