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Lo va depositando en jarrones antiguos. Sobre un lecho de húmeda tierra, el mantillo. Luego, el ritual del agua, vertida con la morosidad que en las grutas, sin prisa porque no existe el tiempo, se enseñorea caprichosamente de las formas.
En la cámara, el frío intenso hace el resto. Ni unas cuantas velas encendidas —pocas— con su tímido arder quiebran la penumbra. Crecen, despaciosamente crecen. Imperceptiblemente van añadiendo materia a su materia. Y hay quien cree que esto es vida. Cómo engaña la muerte.
Lo va depositando en jarrones antiguos. Sobre un lecho de húmeda tierra, el mantillo. Luego, el ritual del agua, vertida con la morosidad que en las grutas, sin prisa porque no existe el tiempo, se enseñorea caprichosamente de las formas.
En la cámara, el frío intenso hace el resto. Ni unas cuantas velas encendidas —pocas— con su tímido arder quiebran la penumbra. Crecen, despaciosamente crecen. Imperceptiblemente van añadiendo materia a su materia. Y hay quien cree que esto es vida. Cómo engaña la muerte.
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