
Creo que la actualidad nada tiene que ver con el calendario. Recojo aquí una necrológica que pertenece al presente eterno eliotiano:
Ha muerto Somhairle Mac Gill-Eain. Su nombre no le dirá nada a nadie. Para su pueblo, sin embargo, era el poeta, más que ningún otro; el depositario de su tradición y su lengua antigua, de las más antiguas de este viejo Occidente.
Ha muerto Somhairle Mac Gill-Eain, cuyo nombre gaélico ni siquiera en su versión inglesa (Sorley MacLean) suena a nada más allá del territorio de Alba, el hermoso topónimo de Escocia en el idioma vernáculo e íntimo que es de una tribu, del clan.
Ha muerto Somhairle MacGill-Eain. A él pueden aplicarse, palabra por palabra, muchos de los versos que escribió para su hermano Calum y que hora duele traducir: “Aún es hermoso el mundo / aunque no estés en él”.
Con Escocia e Irlanda, España constituía la tríada de sus países amados. La nombra —con el temblor de un amante al hablar de su amada— en una decena de poemas de su escasa obra, y sobre su representación, como sobre la de Eimhir, su amor de juventud, gravita un sentimiento de culpa y amargura. Tenía que sostener a su familia, que dependía económicamente de él, y no pudo venir a España con las Brigadas Internacionales, como le exigía el corazón. Tenía veinticinco años en 1936; las responsabilidades y el remordimiento le echaron años encima y, como su malograda relación con Eimhir, España le dolió hasta la muerte.
Aquí, como en otras partes de Europa, el conocimiento de la poesía de su patria se limitó al fenómeno del osianismo, que, si no las cuitas de Werther, aquí inspiró a Vicente Risco y a Pondal en Galicia, y no sólo a ellos; también el meridional Bécquer se hizo eco de las recreaciones de Macpherson. Pero esta munificencia del romanticismo tardío no era sino la capa más epidérmica y exportable de la rica poesía gaélica, esa fuente de aves canoras, de la que él bebe y se aparta, trascendiéndola, como el autor del Romancero gitano hace con el flamenco.
Cuando Catriona Zoltowska y yo le escribimos hace una década para decirle que queríamos verterlo al español, el hombre nos respondió con una emocionada carta contra la que el tiempo hoy conspira, para hacer de ella, fríamente, el espécimen manuscrito de una lengua ya muerta. Entrevistado hoy por la BBC, sólo he sabido hilvanar unas cuantas torpezas de las que salvaría la expresión de su admiración y afinidad a ciertas facetas de Lorca, con su maridaje de lo popular y lo culto, lo local y lo universal; también el reconocimiento de una deuda de ejemplo moral y magisterio bárdico.
Recuerdo los acantilados de su isla contra el mar de Irlanda, y un aire de gaita, elegíaco, que se hace paso entre el crespón negro de las nubes bajas.
Ha muerto un gran poeta. Éste es un indigno tributo pero sí un sincero lamento, un lamento por Sorley MacLean, cumha Shomairle MhicGill-Eain.
Ha muerto Somhairle Mac Gill-Eain, cuyo nombre gaélico ni siquiera en su versión inglesa (Sorley MacLean) suena a nada más allá del territorio de Alba, el hermoso topónimo de Escocia en el idioma vernáculo e íntimo que es de una tribu, del clan.
Ha muerto Somhairle MacGill-Eain. A él pueden aplicarse, palabra por palabra, muchos de los versos que escribió para su hermano Calum y que hora duele traducir: “Aún es hermoso el mundo / aunque no estés en él”.
Con Escocia e Irlanda, España constituía la tríada de sus países amados. La nombra —con el temblor de un amante al hablar de su amada— en una decena de poemas de su escasa obra, y sobre su representación, como sobre la de Eimhir, su amor de juventud, gravita un sentimiento de culpa y amargura. Tenía que sostener a su familia, que dependía económicamente de él, y no pudo venir a España con las Brigadas Internacionales, como le exigía el corazón. Tenía veinticinco años en 1936; las responsabilidades y el remordimiento le echaron años encima y, como su malograda relación con Eimhir, España le dolió hasta la muerte.
Aquí, como en otras partes de Europa, el conocimiento de la poesía de su patria se limitó al fenómeno del osianismo, que, si no las cuitas de Werther, aquí inspiró a Vicente Risco y a Pondal en Galicia, y no sólo a ellos; también el meridional Bécquer se hizo eco de las recreaciones de Macpherson. Pero esta munificencia del romanticismo tardío no era sino la capa más epidérmica y exportable de la rica poesía gaélica, esa fuente de aves canoras, de la que él bebe y se aparta, trascendiéndola, como el autor del Romancero gitano hace con el flamenco.
Cuando Catriona Zoltowska y yo le escribimos hace una década para decirle que queríamos verterlo al español, el hombre nos respondió con una emocionada carta contra la que el tiempo hoy conspira, para hacer de ella, fríamente, el espécimen manuscrito de una lengua ya muerta. Entrevistado hoy por la BBC, sólo he sabido hilvanar unas cuantas torpezas de las que salvaría la expresión de su admiración y afinidad a ciertas facetas de Lorca, con su maridaje de lo popular y lo culto, lo local y lo universal; también el reconocimiento de una deuda de ejemplo moral y magisterio bárdico.
Recuerdo los acantilados de su isla contra el mar de Irlanda, y un aire de gaita, elegíaco, que se hace paso entre el crespón negro de las nubes bajas.
Ha muerto un gran poeta. Éste es un indigno tributo pero sí un sincero lamento, un lamento por Sorley MacLean, cumha Shomairle MhicGill-Eain.
(Sorley Maclean murió el 24 de noviembre de 1996)
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Saludos.