Siempre supe que al marido de una tía abuela mía, maestro de la República, lo habían asesinado los “nacionales” en Fuente del Maestre (Badajoz) durante los primeros días de la guerra civil. Mi tía Guada estaba embarazada y poco después dio a luz una hija póstuma de Antonio Luján Núñez. La cría murió al año, y mi tía, que nunca se repuso del doble golpe, llevó uno de esos lutos perennes que no llegó a suavizar su innato buen carácter.
Y sólo hace dos años, porque de eso no se habló nunca en mi casa, me enteré de que por la otra parte de su familia mi padre también había perdido a un tío, Antonio María Rivero Sanz, asesinado por los “rojos” en Guadalcanal (Sevilla) igualmente durante los primeros días de la guerra. Su delito, tener posición acomodada y, quizá, ser gordo; como el otro tío, dicen, era de izquierdas y bizco.
Ambos Antonios murieron en el peor de los frentes de aquella guerra: la retaguardia. Uno sería de derechas; socialista, el otro. Pero no creo que el primero muriera “por Dios y por España”, como no creo que el segundo lo hiciera por la dictadura del proletariado.
¿Cuántos Antonios hay en los cementerios y las cunetas de España? ¿De cuántos de ellos confluye en nosotros -hijos, nietos, biznietos- la sangre o ese otro parentesco que llamamos “político”?
Si un español quiere hoy encontrar y honrar los restos de sus antepasados asesinados, mi apoyo y mi respeto. Las víctimas, por serlo, casi nunca tuvieron parte en las matanzas y los desafueros.
Comentarios