IMAGINA UNA CIUDAD
Imagina una ciudad. No es una ciudad que conozcas.
Llegas a ella por río o por uno de cuatro caminos,
nunca por aire. El río corre a través de la ciudad.
Los caminos entran por los cuatro puntos cardinales.
Hay murallas, viejas, ya hace mucho en ruinas,
pero allí también continúan, trozos de un pasado que tuvo.
Llegas a ella -digamos- por el camino del este.
Puedes ver la derruida puerta a una milla,
y, tras la puerta, torres que pueden ser templos o tumbas.
Va a anochecer, y aquí y allá se alzan fumaradas.
Así que preparan cenas, supones, en millares de casas.
Hay un olor a asado, un suculento aroma.
Ahora entras en la ciudad, atraviesas la puerta del este.
Grandes pájaros, como buitres, se turnan sobre sus rotas tejas.
La calle frente a ti la oscurece el sol poniente,
una pelota bermeja de deslumbrantes tonos.
El adoquinado bajo tus pies es desigual. Tropiezas,
y te agarras a una puerta que cede al tocarla a tu mano.
Y ahora por vez primera te inquietas.
No hay nadie en la calzada ni en las bocacalles,
o asomado a las ventanas, o de pie en los portales.
La luz que desfallece conspira con el humo que el viento arrastra,
pero si aquí hubiese gente seguro que la verías,
o, al menos, la oirías. Pero hay silencio.
Y aun así prosigues, aunque sólo sea porque ahora
volver parece peor, peor -digamos- que lo que pueda
esperarte, mientras la calle se estrecha, y callejuelas
corren acá y acullá, una maraña sin salida
que se enreda adelante, a los lados, ni aquí ni allí, mas de algún modo
cambia de dirección como agua que el viento detiene bruscamente.
Y allí estás ahora. Podrías hallar la puerta del oeste,
debe estar en línea recta, el norte a tu derecha,
el sur a tu izquierda. ¿Pero dónde está el río
del que oíste -dirás- al principio?
Eso lo tienes que descubrir tú o no descubrirlo.
En cualquier caso, no podría servir de escapatoria.
Imaginaste una ciudad. No es una ciudad que conozcas.
Imagina una ciudad. No es una ciudad que conozcas.
Llegas a ella por río o por uno de cuatro caminos,
nunca por aire. El río corre a través de la ciudad.
Los caminos entran por los cuatro puntos cardinales.
Hay murallas, viejas, ya hace mucho en ruinas,
pero allí también continúan, trozos de un pasado que tuvo.
Llegas a ella -digamos- por el camino del este.
Puedes ver la derruida puerta a una milla,
y, tras la puerta, torres que pueden ser templos o tumbas.
Va a anochecer, y aquí y allá se alzan fumaradas.
Así que preparan cenas, supones, en millares de casas.
Hay un olor a asado, un suculento aroma.
Ahora entras en la ciudad, atraviesas la puerta del este.
Grandes pájaros, como buitres, se turnan sobre sus rotas tejas.
La calle frente a ti la oscurece el sol poniente,
una pelota bermeja de deslumbrantes tonos.
El adoquinado bajo tus pies es desigual. Tropiezas,
y te agarras a una puerta que cede al tocarla a tu mano.
Y ahora por vez primera te inquietas.
No hay nadie en la calzada ni en las bocacalles,
o asomado a las ventanas, o de pie en los portales.
La luz que desfallece conspira con el humo que el viento arrastra,
pero si aquí hubiese gente seguro que la verías,
o, al menos, la oirías. Pero hay silencio.
Y aun así prosigues, aunque sólo sea porque ahora
volver parece peor, peor -digamos- que lo que pueda
esperarte, mientras la calle se estrecha, y callejuelas
corren acá y acullá, una maraña sin salida
que se enreda adelante, a los lados, ni aquí ni allí, mas de algún modo
cambia de dirección como agua que el viento detiene bruscamente.
Y allí estás ahora. Podrías hallar la puerta del oeste,
debe estar en línea recta, el norte a tu derecha,
el sur a tu izquierda. ¿Pero dónde está el río
del que oíste -dirás- al principio?
Eso lo tienes que descubrir tú o no descubrirlo.
En cualquier caso, no podría servir de escapatoria.
Imaginaste una ciudad. No es una ciudad que conozcas.
Comentarios
Un saludo.
"La luz que desfallece conspira con el humo que el viento arrastra"
"Y aún así prosigues..."
Me gusta mucho.
Es verdad que el traductor tiene que ser poeta.