
Aven, en bretón, significa río, lo mismo que Avon, el de Shakespeare. Por el río de Pont-Aven, junto al molino, la memoria de Paul Gauguin entre confiterías donde se expenden, harina, huevos, mantequilla, todas las especialidades de las galletas bretonas, a veces en cajas de lata que reproducen cuadros del artista. Su colorido intenso, como el que postulaban Gauguin y sus amigos que por aquí habitaron, es émulo del de las pinturas que se exhiben en las varias decenas de galerías de arte que salpican las calles de la villa. Sin duda, la Polinesia es, o soñamos con que sea, un lugar edénico, El paraíso en la otra esquina que da título a la novela de Vargas Llosa sobre Gauguin y su abuela, Flora Tristán. Pero una tarde luminosa de agosto, cuando Francia es sepultada por la canícula, en este extremo occidental, en esta otra esquina atlántica donde llega fluvialmente el frescor de la marea a casas y cabañas junto al bosque de Amour, uno renuncia a utopías y entre copas de muscadet y media docena de ostras toma, en la ribera, posesión de un paraíso próximo, cercano, íntimo, en esta tierra que a la noche se trasforma y se torna paseo de ánimas, solar del Purgatorio.
Comentarios
PD.Yo también dudo cada día y sigo perseverando, no sé bien por qué...