
Compuse este poema a la vuelta de un reciente viaje a los Estados Unidos y el paso por el Parque Nacional de Yosemite y su cercano Mariposa Grove, donde se alzan las antiquísimas y magnas secuoyas. De Yosemite hablaré próximamente en el suplemento "El Viajero", de El País. Pero he aquí en verso la traslación de la experiencia:
LAS SECUOYAS
Bajas por el sendero que te deja
ante sus troncos gruesos, las columnas
del templo que sostiene un universo
en que el bosque era al tiempo altar y dioses.
En el fondo del valle, en otra era
árboles que habitan la memoria.
Éste brotó cuando Héctor
fue ocupando sus pies en los hexámetros;
aquél cuando en Judea un niño vino
para al cabo abrazarse a otros leños;
el más joven tiene la edad
del oro en las vidrieras góticas o el oro
acuñado en monedas que un día
jarcias compró para Colón y hombres.
Uno, derribado, es un grito
de raíces torcidas; otro, a horcajadas, un pórtico
que atraviesa un camino.
En el fondo del valle, en otra era,
todo aquí tiene otro compás y otra escala.
A la vuelta, regresas jadeando
como un animal que en minutos pasa
de pez a anfibio, y de éste a hombre,
y aún no le obedecen los pulmones.
Bajas por el sendero que te deja
ante sus troncos gruesos, las columnas
del templo que sostiene un universo
en que el bosque era al tiempo altar y dioses.
En el fondo del valle, en otra era
árboles que habitan la memoria.
Éste brotó cuando Héctor
fue ocupando sus pies en los hexámetros;
aquél cuando en Judea un niño vino
para al cabo abrazarse a otros leños;
el más joven tiene la edad
del oro en las vidrieras góticas o el oro
acuñado en monedas que un día
jarcias compró para Colón y hombres.
Uno, derribado, es un grito
de raíces torcidas; otro, a horcajadas, un pórtico
que atraviesa un camino.
En el fondo del valle, en otra era,
todo aquí tiene otro compás y otra escala.
A la vuelta, regresas jadeando
como un animal que en minutos pasa
de pez a anfibio, y de éste a hombre,
y aún no le obedecen los pulmones.
Comentarios
Un saludo.
Sergio Astorga
Jesús Cotta