Cuando publiqué mi primer libro de poemas (llamarlo libro puede ser pretencioso, pero más altisonante será llamarlo plaquette), lo envié a varios poetas cuyas direcciones me había facilitado un amigo. Encontré casi siempre frases vagamente elogiosas y una crítica concreta, de José Luis García Martín, que me hizo mucho bien, porque atacaba lo que de ingenio fácil pudiera haber en mis poemas. Juan Luis Panero me envió acuse de recibo pero, como Pilatos, se lavó las manos asegurando que no me podía dar consejo, porque -aún recuerdo sus palabras-, “en este oficio uno ha de aprender a acertar o equivocarse solo”. Y aunque tenía buena parte de razón Panero (casi todo lo importante que aprende un poeta lo descubre solo, con el tanteo y la insistencia en sus propios poemas y la frecuentación de los grandes autores), también es mucho lo que se puede aprender de y con otros. En el peor de los casos, y esto ya es mucho, lo que se obtiene con un taller de poesía es mantener expedito el camino que lleva a la poesía, impedir que la maleza que a todos nos acecha termine cubriéndolo, hallar en la senda a otros caminantes, compañeros de viaje, que nos cuenten sus experiencias y en los que apoyarnos, y a los que apoyar, cuando estamos fatigados.
Comentarios
Coincido, si me permiten, con Luis Spencer, sabedor que los errores estan presentes siempre, lo que cambia es la intensidad.
Saludos.
Sergio Astorga