Uno de esos autores que gozaron de fama y fortuna —es decir, lectores— en cierto tiempo, fue Somerset Maugham; su obra se nos antoja como una moqueta inglesa ya gastada por el uso y que sin embargo conserva un algo de mejores días. Maugham es sobre todo conocido por una novela muy de época, El filo de la navaja, que está en sintonía con el bullir espiritualista de los años veinte y la recepción en Europa de conceptos y creencias, bien que adulteradas, de la India. Nuestro autor fue viajero —cruzó mares y continentes que el Imperio Británico consideraba suyos— y conoció bien, todo lo bien que puede conocer un extranjero, aquellas tierras que son si no antípodas del mapa sí del alma nuestra occidental.
De Somerset Maugham —y lo he leído bastante— prefiero, por ser trasunto de mi propia circunstancia, uno de los cuentos perdidos entre los cuatro tomos de su narrativa breve y que no hubiera descubierto si no me hubiera obligado a ello un profesor de prácticas, cierta noción del deber que yo aún tenía, y la engañifa que fueron mis estudios universitarios. En pocas palabras, su asunto es éste: el protagonista del relato siente tanto fervor por determinado lugar que prefiere, aun acariciando la idea de un posible regreso, demorar el instante de ese reencuentro porque nunca la realidad puede equipararse a las ensoñaciones. Y siempre éstas van a la zaga de una idea o arquetipo —añadiría yo— que sólo alguna vez se nos revela. Cuando esto sucede, cómo nos sorbe el seso, cómo somos de la idea, del arquetipo, y cómo despreciamos a Aristóteles.
Irlanda es ese lugar particular mío, lo que en el relato de Maugham era China, Birmania, o la “happy England” del verso. En ella reconozco mi alma, lo cual no es sino una forma de locura menor, psicopatía aún leve (sólo de momento), sublimación de no sé qué trauma ocasionado por ignoro qué cosa.
En España, un caso más grave se dio en Juan Eduardo Cirlot (hace diez años yo hubiera afirmado que sin duda; hoy sugiero que, probablemente, el poeta más insólito del período abierto tras la guerra civil y hasta hoy). De él me he ocupado en otras páginas y no es cosa de soltar la brida del pensamiento que ahora me lleva: su obsesión por una doncella del siglo IX causa pasmo, vértigo, admiración; también terror por lo que tiene de inexplicable.
Pero yo no soy tan extremoso —ni tan sobrecogedor poeta, es evidente—. Sí albergo, no obstante, un amor desmedido por un país que sólo dos veces he pisado y cuya literatura , su arte, su música —¡su música!— son míos. No se me escapa que es tierra con magia que ejerce un poderoso encanto sobre muchos, pero yo hace tiempo ya que crucé el Rubicón —César contra los celtas— de lo razonable, y el sortilegio aumenta con los días como un amor no consumado en el pecho de un joven.
Regresando a Somerset Maugham y su rueda de reencarnaciones de El filo de la navaja, sería tentador figurarme que soy la reencarnación de algún bardo de la Isla Esmeralda, la tierra de santos y poetas (feliz armonía; raramente coinciden ambos estados en una misma persona). ¿Por qué no? Amergin, el primer poeta de los miles de Irlanda, dejó dicho —y alguien lo llevaría después a la letra—:
Soy el viento en el mar,
soy una ola destructora,
soy el rugido del océano,
soy un buey de siete combates,
soy un halcón en el acantilado (...)
Y aunque la idea de la metempsicosis o transmigración de las almas tuvo algo que ver —sólo algo, no seamos reduccionistas— con la religión celta, no me parece ésa sino una de las explicaciones en liza: otra, pero ya dije que no soy dado al racionalismo, es la mera patología que quedó esbozada arriba. La realidad insoslayable es esta devoción cuasi religiosa —pues se trata más de fe que de comprensión del intelecto—, esta incondicional entrega, este celo del converso.
¿Cuántas veces frente a un irlandés, ante su cara de asombro e incredulidad escrutándome como a un bicho raro de la exótica fauna de charlatanes e iluminados, no he despachado con tres gruesos brochazos el asunto de mi interés por su patria, repitiendo la más que ensayada y extraña cantilena? Aunque verosímil tal vez para otros, esta argumentación es para mí bien poco convincente porque elude —me provocaría rubor declararlo— la intensidad de este amor fou que me arrastra, esta pasión enfermiza.
Pero no, no puede haber nada morboso en esta afección o afecto tan hondo por una tierra y un pueblo que aúnan inseparablemente, como en un filtro de amor de las leyendas medievales, un pasado precristiano, en tantos aspectos vivo, y un catolicismo último y crepuscular en contraste con esta Europa agnóstica; que reina entre los paisajes hermosos por su belleza aún casi impoluta apenas se pone el pie fuera de sus pocas ciudades, fresca novia rural entre las solteronas y grises metrópolis de Europa; aromada de espliego y bañada —esquivando a los salmones y a las truchas bajo la llovizna fugitiva de la tarde— para su cita conmigo, a hurtadillas; que tiene a los suyos esparcidos por el globo —estrellas fugaces de un cielo cambiante y en el que querríamos ver otros signos—, vagabundos o establecidos en la añoranza, en la saudade nuestra, en Nueva York o en Nueva Gales del Sur, lejos.
Cuando he querido acercarme a su alma, he aprendido su lengua: el gaélico, no el inglés. Y lo he leído, y aún más, lo he escrito: desde 1992 llevo un diario intermitente en ese idioma. En el jardín de mi casa tengo una pradera de césped y trébol, su terruño mío o gran alfombra mágica aterrizada desde el condado de Clare. Y cuando me quedo a solas pongo ciertas tonadas que me hacen llorar, lo confieso.
El autor de Crónicas marcianas y Las doradas manzanas del sol (el eco de un verso de Yeats) lo es también de Cementerio para lunáticos (donde yo tal vez tenga un nicho). Ray Bradbury hubo de habérselas con el insoportable y genial John Huston durante la gestación del guión de Moby Dick, en Dublín; y en los meses de su estancia en el país tuvo tiempo de comprender algo del imaginario del lugar, de la capacidad del irlandés para pasarse horas hablando de sucesos menores que la cabeza de una aguja. Después, él seguiría viajando y le he perdido la pista. Su compatriota de ese reino de fronteras estelares que es la ciencia ficción, Arthur C. Clarke, se instalaría en otra isla muy de Maugham: Ceilán. Huston, por su parte, cerró la carrera de su vida en Irlanda, rodando ese hermoso canto del cine que es Los muertos.
Quien concibió el relato, Joyce, veía en su tierra nativa un mal endémico: la parálisis. Y tenía razón, y me diagnosticaba: ya no salgo de mi Irlanda de la mente y sus temas. No puedo dar un paso fuera de ella, y mis ojos padecen una forma irlandesa y aguda de daltonismo: todo lo veo verde.
Comentarios
Tengo el pellizco irlandés desde la película de John Ford, desde esa cabellera atardecida ("hay cosas que un hombre no olvida fácilmente"), desde ese casamentero ("aquí todo el mundo lo pronuncia Cohan"), y esa taberna con canciones ebrias. Es curioso: estuve en Dublín este verano, un visto y no visto, para escuchar a Clapton en Malahide Castle. Y aún estando sólo unas horas en un pub de suburbio (con sus músicos ocasionales, guitarra, mandolina y violín), y en la llanura lluviosa del castillo, no pude quitarme de la cabeza la ironía de que la primera visita a Irlanda fuera para escuchar a un músico de rock inglés. Las hadas tendrán que esperar, y Inisfree, y Yeats. Pero pude comprobar que Irlanda existe, que huele a Irlanda, que las piedras mojadas por los siglos reflejan un brillo juvenil, pagano y cristiano, sí.
Cuántas cosas nos haces recordar.
Pero lo mismo le pasa, por ejemplo, a Andalucía: en cuanto uno profundiza un poco más, queda atrapado.
Otra cosa: la mejor película que he visto sobre Irlanda –y una de las mejores de la historia del cine– es “El hombre de Aran” de Flaherty. Es impresionante. Os la recomiendo.
Yo estoy enamorada de la Irlanda rural, del Sudoeste, la península de Beara, un lugar que comparten Cork y "the Kingdom", el condado conocido más bien como Kerry.
Irlanda siempre ha superado mis expectativas, va más allá de la literatura, por lo menos esa Irlanda de la que yo conozco algo.
Hay un libro de viajes tronchante por esa zona "McCarthy's bar" de un mitad inglés mitad irlandés. Genial.
Pero de eso sólo te enteras si no vas en coche, si duermes en el campo, si no vas de hotel en hotel...
Así pasa con muchos lugares preciosos. Realmente tienen dos caras opuestas... también os puedo contar las distintas cualidades infernales de Escocia o Islandia.
Un beso.
Un beso.
También ocurre que vas a ver una construcción antigua, por ejemplo un clachan, y te sale una anciana echándote la bronca porque ver aquello "no es gratis".
O si preguntas: ¿no hay un prado por aquí para dormir?...te espetarán con cara de odio...NO, TODO TIENE DUEÑO
Un poco más adelante a lo mejor te encuentras una cala donde masacraron a un grupo de españoles... pero tranquilos, ocurrió en el siglo XVII o XVIII.
¡Qué maravillosa es Irlanda!...jeje