Sucia, la lluvia en las cunetas sueña
con ser ríos caudales, los olivos
se han lavado la cara, y sus pupilas
enturbian cataratas blanquecinas.
Plomo, el cielo pesa, pero suelta
lastre y limaduras que acoge
el imán del cristal,
pródigas hijas de los trenes de antaño,
eco de la antigua carbonilla.
Campos nevados, luego: mansos dálmatas.
No sé si viajo al norte o vuelvo a días
en que llover era un fenómeno íntimo,
y la nieve un interno meteoro.
Cuando el cielo era espejo de mi alma.
Comentarios
Un abrazo.
Llega un momento en que uno hace siempre las dos cosas. Es sencillo dejarse empapar por el poema y sentir el peso de ese cielo.
Catulo ya lo estará traduciendo.
Un saludo.
Algunos versos son excepcionales: plomo, el cielo pesa, pero suelta lastre..Y, finalmente, el cielo espejo del alma. Cuánto dan de sí los espejos.
Mi aplauso, Antonio
Yo me coopero con un tequilita, os apetece?
(Y el poema me ha encantado, por acá llovió hace unos días, a fines de enero, las famosas cabañuelas)
Braenwyn / Gaela